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Full text of ""Pandereta" (España)"

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UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



PQ6039 

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UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 

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in 2013 



http://archive.org/details/panderetaespaaOOorre 




SANTIAGO 
IMPRENTA CERVANTES 

BANDERA, 73 

DCCCXCVI 



^PAIBIIBTA^ 



~S=@=!- 



.o G 



LUIS ORREGO LUCO 



"PANDERETA" 



( ESP-A.ÍT ¿l.) 



SANTIAGO DE CHILE 

IMPRENTA CERVANTES 

Bandera, 73 

1896 



17,486. — Imp. Cervantes, Bandera, 73. 



CAUTA DEDICATORIA 

(Stf señor c/on (¿aspaz ^/¿úñe'Z cée (Strce 



Tal vez no habrá olvidado que, cuan- 
do V. era Presidente del Congreso Li- 
terario Hispano- America?to de 1892, yo- 
tenía el honor de figurar como uno dé- 
los Secretarios del Congreso, y el honor, 
para mí todavía niás alto, de figurar 
entre los amigos personales de V. 

El tiempo no apartará jamás de mi 
memoria los cariñosos recuerdos que tra- 
je de la madre patria, de sus hombres 
y sus cosas, de sus artes y su vida. Los 
azares de la carrera diplomática me lie- 



LUIS ORREGO LUCO 



varón d la hermosa tierra de España, 
donde permanecí por un espacio de tiem- 
po demasiado breve para mis deseos. No 
diré que aprendí á quererla, pues ya, 
desde antiguo, experimentaba por ella 
la simpatía más vivaz. Aprendí, en 
cambio, á interpretar á sus hombres y d 
explicarme sucesos de su historia que has- 
ta ese punto no acertaba d descifrar. 

No pretendo, por cierto, conocer d Es- 
paña; mi libro es el fruto de una crítica 
impresionista. He recurrido d la a?iéc- 
dota, al colorido y d las líneas, para ex- 
presar elementos psicológicos y inórales 
dando vida d los conceptos críticos, todo 
d un tiempo; ha sido ésta la mejor 7na- 
fiera de poner en claro ciertos matices de 
costumbres y de caracteres que, expresa- 
dos de manera descarnada y fría, no 
hubieran tenido la fuerza de espansibn 
y de penetración indispensable d las 
obras literarias. 

Este libro, escrito hace dos años y no 



CARTA DEDICATORIA 



publicado por diversos é inesperados con- 
tratiempos^ es, en su forma actual, el 
fruto de una especie de tra?isacción entre 
dos opuestas corrientes literarias que lu- 
chan en mi espíritu como en el de casi 
todos los que en América se i?iteresan 
por cosas de Bella-Literatura. La una 
nos lleva hacia las cosas modernas, ha- 
cia los nuevos modos de sentir el arte, 
de expresar ciertos matices psicológicos, 
ciertos afectos que antes pasaban desa- 
percibidos por completo o no eran ava- 
lorados co?i entera exactitud; la otra co- 
rriente nos vuelve hacia el pasado, nos 
inclina á sostener con energía y á per- 
petuar aquellos tan pintorescos y elegan- 
tes modos empleados en el decir antiguo, 
del antiguo período castellano que tiene 
la majestad de un vestido de Corte al 
dejar caer su larga cola. 

Conservar las antiguas tradiciones 
de lenguaje es, sin lugar á duda, un 
estricto deber. No se nos oculta, sin 



LUIS ORREGO LUCO 



embargo, que si queremos guardar rela- 
ciones de armonía en nuestro medio \ de- 
bemos usar, en muchas oca dones, ciertas 
voces y ciertos giros impropios y locales 
que tienen su equivalente castizo y ele- 
gante, descuidado, á sabiendas, muy á 
pesar nuestro. Si el arte obedece á las 
leyes de la ?iaturalidad, afiles que todo; 
si es menester el empleo de voces inco- 
rrectas, pero jeneralizadas, en una so- 
ciedad y en un país, con exclusión de los 
términos propios, que en ciertas ocasiones 
ni siquiera señan comprendidos; si que- 
remos apropiarnos á nuestra atmósfera 
moral, ser penetrados por los nuestros 
en las intimidades y repliegues de las 
almas; si queremos el uso de un lenguaje 
vivo, ya que muchas voces y giros exis- 
tentes en España están muertos para 
nosotros, forzoso nos será el empleo de 
ciertas incorrecciones con gran dolor de 
nuestro ser. 

Por otra parte, el lenguaje y el arte 



CARTA DEDICATORIA 



de la América siguen audazmente su ca- 
mino. No es posible que ?iosotros vaya- 
mos á ponernos á navegar en contra de 
la corriente. Lo que debemos hacer es 
despertar ó reavivar los impulsos de 
simpatía que nos ligan al espíritu de la 
madre patria, dirigir nuestras miradas 
á su grande y noble literatura para for- 
talecernos en ella y solicitar indulgencia 
para con nuestras culpas literarias. Hay, 
en el alejamiento de los escritores de 
A?nérica y su ifidiferencia para con los 
asuntos de España, una razón de vani- 
dad, en que nosotros no incurrimos, y 
que es más poderosa de lo que á prime- 
ra vista pareciere. España nu?ica se ocu- 
pa en los escritos de la America. Las 
Cartas Americanas de don Juan Va~ 
lem forman, e7i tal sentido, una excep- 
ción, que ha creado cierta corriente de 
simpatía hacia el autor y hacia la ma- 
dre patria. 

Hace algún tiempo, en mis "Páginas 



IO LUIS ORREGO LUCO 

Americanas^, expresaba yo algunos con- 
ceptos que creo preciso repetir ahora: 

"Los americanos tenemos, sin darnos 
cuenta de ello, un aire marcado de fami- 
lia. No se trata ya del parecido natural 
entre personas de una misma raza y de 
origen común, sino de caracteres propios, 
de maneras de vivir y de pensar entera- 
mente peculiares á nosotros, y que ?io 
existen en la madre patria, ó porque se 
han borrado con el trascurso de los tiem- 
pos, ó porque son productos exclusivos 
del medio americano, u 

"Esto se hace patente, de manera es- 
pecialísima, en cuanto concierne á pro- 
ducciones literarias. La influencia de las 
literaturas francesa, inglesa y alemana, 
arrastrada y aumentada en las podero- 
sas corrientes del comercio, ejerce entre 
nosotros acción omnipotente. Mientras 
Kspaña ha conservado, con más ó 
me?ws firmeza, las tradiciones literarias 
de antaño, el culto permanente de sus 



CARTA DEDICATORIA 



viejas glorias, nosotros, con la audacia 
de los pueblos jóvenes, sin tradiciones y 
sin pasado, nos hemos lanzado en busca 
de los dioses nuevos, de los dioses futuros. 
Circulan en 7iuestras venas, transfundi- 
dos y transformados, Musset, Richepin 
y Enrique Hei?ie, Zola y Elliot, Dic- 
kens, Carlos Lamb y Macean lay, Tols- 
toy, Dowstowiesky, Fierre Lo ti, Bour- 
get y Stendhal. Y de tal manera se ha 
verificado esta extraña y, al parecer, in- 
compatible asimilación, que toda la lite- 
ratura americana tiene, á la hora pre- 
sente, carácter marcadamente propio, 
tendencias nuevas por nuevos rumbos, n 
"No entro á discutir ahora si es para 
bien ó para mal, vengo sólo á señalar 
un hecho, obra de las condiciones espe- 
ciales d que se e?icue?iira sometida la 
raza española en América, obra del me- 
dio, obra de las leyes de selección y de 
lucha que rigen así en el mundo espiri- 
tual como en el mundo material, m 



LUIS ORREGO LUCO 



Con esto, y pidiéndole me excuse, acabo 
una breve y sumaria explicación para los 
que me tachan b me hubieren tachado 
de incorrecto en la madre patria. Le 
ruego, al mismo tiempo, se sirva aceptar 
la dedicatoria de esta mi »» Pandereta w, 
así llamada porque ante todo y sobre iodo 
es un recuerdo, como las " Pandere- 
tas n de la calle de las Sierpes \ en Sevilla: 
ostenta una mancha de color, un boceto 
y una nota de la tierra de España. 

Al dedicar este libro á V., junto con 
manifestarle m } i profunda admiración y 
sincera simpatía, he querido saludar á 
los grandes ingenios españoles que sirven 
de sólida cadena de utiión de la madre \ 
patria con la tierra a?nericana. 

Aprovecho la ocasión de reiterar d 
V. las seguridades de consideración más 
distinguida. 

Su servidor y amigo 

J_,uis Prrego puco 

Santiago de Chile > Marzo de 1896. 






POR LI GALLE DE llffií 



Al caer de la tarde, volvíamos del Retiro, 
centro hasta, esa hora del bullicio y la alegría 
de Madrid. La calle de Alcalá resonaba con 
el estrépito de una doble fila de coches que 
volvían del paseo, milords y victorias, dockarts 
y four-in-hand, caballos ingleses á gran trote 
y uno que otro vehículo arrastrado, á la anti- 
gua, por pacífico tiro de muías. Las señoras, 
indolentemente reclinadas, lucen trajes claros, 
á pesar de encontrarse avanzada la estación de 
otoño, porque el día ha sido hermoso como 
ninguno. 

Hemos dejado á nuestra espalda la Puerta 
de Alcalá y avanzamos en dirección á la Puerta 
del Sol. Un gentío enorme compuesto de mu- 
jeres, estudiantes, nodrizas, militares, emplea- 
dos, gente respetable y gente cursi, cesantes y 



14 LUIS ORREGO LUCO 

políticos, toreros y cómicos, se deja caer como 
un torrente desbordado en oleajes negros que 
hormiguean á nuestra vista por la rápida pen- 
diente de la Puerta de Alcalá á Recoletos. 
Acabamos de pasar frente al Nu¿vo Club, uno 
de los centros aristocráticos de la Real Villa, 
y nos encontramos junto á la casa de la Mar- 
quesa de la Laguna, frente al Palacio de su 
hermana la Duquesa de Bailen. 

Un poco más allá, se extienden los hermosí- 
simos jardines del Buen Retiro, á donde van 
á tomar fresco, en verano, los desdichados 
que no pueden salir de Madrid en esa época. 

Seguimos andando, con esa alegría expan- 
siva de las horas de buena charla y de alegre 
humor, hasta llegar á la esquina de Recole- 
tos, donde nos vemos obligados á detenernos 
para dar paso á un torrente que viene de 
vuelta de la Fuente Castellana. Estamos al 
pie del hermosísimo palacio de los Marque- 
ses de Linares, decorado maravillosamente, 
con techos pintados por Placencia, el grande 
artista, y primorosamente puesto. 

El espectáculo que se desarrolla á nuestros 
pies tiene algo de extraño y de grandioso. La 
calle de Alcalá sube al frente, en dirección á 
la Puerta del Sol. Millares de luces de faroles 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 1 5 

como antorchas de un cortejo fúnebre, trepan 
á nuestra vista formando un arco ascendente 
que termina alo lejos á los pies del altísimo 
edificio de La Equitativa, y entre las luces de 
los faroles se mueve un verdadero océano, ne- 
gro, agitado, sordamente bullicioso, bajo un 
cielo de palidez moribunda manchada á tre- 
chos como con tinta. 

Madrid se ha modernizado por completo en 
los últimos años. Quedan ya muy pocos pala- 
cios de la antigua nobleza, que lleven impreso 
y vivo su carácter señorial, como el palacio 
de Liria, residencia de los Duques de Alba; 
el de Cervellón, de la duquesa de Fernán Nú- 
ñez: el de Oñate, que habita la Condesa de 
Castañeda y de Añover de Tormes; el de los 
Condes de Revillagigedo, restaurado por el 
Marqués de San Esteban; la antigua propie- 
dad de los Duques de Frías, hoy de los Du- 
ques de Béjar; el palacio de Valmediano, en 
el que los Duques del Infantado conservan su 
valiosísima colección de tapices; el antiguo 
palacio del autor de Don Alvaro, soldado va- 
leroso, que en una acción de guerra de la in- 
vasión francesa cayó herido con veintitrés 
sablazos; el de los Marqueses de Mondéjar; 
el de los Condes de Superunda. 



l6 LUIS ORREGO LUCO 

Siéntese una pena profunda al ver abando- 
nado y en ruinas, en la Plaza de las Cortes, el 
antiguo y nobilísimo palacio del cardenal 
Duque de Lerma, ocupado, hasta hace poco, 
por la Duquesa Angela de Medinacelli, hoy 
Duquesa de Denia. Las grandezas se mueren 
y se van; la grave austeridad de la fisonomía 
de los viejos edificios desaparece, y da paso á 
las alegrías juveniles y coquetas de los edificios 
nuevos. El nuevo palacio levantado por la 
Duquesa de Medinacelli parece la obra del 
renacimiento florentino: grandiosa escalera de 
piedra ejecutada por Suñol; soberbias galerías 
en las cuales se destacan las obras maestras de 
los clásicos, en su fondo vetusto, oscurecidas 
por la acción del tiempo. Una soberbia colec- 
ción de faroles dorados ilumina las amplias 
galerías. Los hermosos patios, encubiertos en 
cristal, sirven de asilo á estatuas y á palmeras. 
El salón de armaduras encierra curiosísimos 
ejemplares antiguos y gloriosos trofeos de fa- 
milia que recuerdan hazañas de los antepasa- 
dos. Entre las maravillas antiguas dan la nota 
moderna los decorados y pinturas de Domin- 
go, Moreno Carbonero y otros grandes pin- 
tores. Es un palacio moderno, elegantísimo... 
pero no tiene el sello majestuoso de los siglos. 



POR LA CALLE DE ALCALÁ I 7 

La aspiración á lo moderno se impone; las 
gracias ligeras y las elegancias de París dictan 
su ley, y la luz eléctrica refleja sus claridades 
en las habitaciones suntuosas, de refinado 
gusto parisiense, de la Marquesa de Squila- 
che, donde se reúne los viernes la sociedad 
escogida de Madrid. No menos primoroso es 
el palacio de Villagonzalo, con sus telas de 
matices pálidos, sus antiguos retratos aristo- 
cráticos y sus muebles vetustos. 

El viejo Madrid se va alejando para ceder 
el paso á lo moderno, que bien puede ser más 
elegante, pero de seguro nunca tan poético 
ni tan sentido. 

A nuestra derecha mueven su ramaje ama- 
rillento y dejan caer sus hojas á millares los 
árboles del Paseo de Recoletos, sacudidos por 
viento de otoño. A nuestra izquierda se ex- 
tiende el paseo del Prado; un poco más allá 
el monumento fúnebre á los héroes del 2 de 
Mayo, y por último el Real Museo de Pintu- 
ras, uno de los primeros de Europa, donde se 
alzan las telas de Murillo y Zurbarán, Velas- 
quez y Ribera, Goya y tantos otros pintores 



1 8 LUIS ORREGO LUCO 

eminentes. Los faroles de gas, arrojan su luz 
desmayada y pajiza entre las claridades del 
día que muere y los árboles del Prado forman 
negras y apretadas manchas, en el fondo, sobre 
un cielo violeta. 

Aprovechamos un momento favorable para 
atravesar el Paseo de Recoletos; una vez de- 
tenido el torrente de coches, pasamos la gran- 
de avenida aristocrática y seguimos por detrás 
de la asendereada estatua de Cibeles que ha 
corrido más aventuras que Alí-Baba y los cua- 
renta ladrones, en manos del Alcalde Boschy 
los Municipales. Por fin, logramos poner el 
pie en la esquina del Ministerio de la Gue- 
rra. 

En la esquina opuesta, levanta su masa gris, 
cuadrada, imponente, el Banco de España, 
que ha gastado casi todo su capital en edificio. 
No me extraña; en Andalucía oí hablar de 
un torero que vendió su casa para hacerse 
traje. 

Subimos lentamente y pasamos delante del 
Ministerio de la Guerra, antiguo palacio deí 
Príncipe de la Paz, el célebre Ministro de 
Carlos IV. El edificio se levanta en lo alto de 
una colina. Vastísimos jardines extienden un 
manto de verdura y de árboles ásus pies, has- 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 19 

ta morir en la calle del Saúco, por la espalda, 
y caer á la de Alcalá, por el frente. 

La multitud de gente que nos rodea pasa 
charlando, gesticulando y moviéndose, con 
esa amplitud de gestos, esa alegría, esa ani- 
mación constante, peculiares á la raza españo- 
la y que tanto contrastan con el reposo de las 
razas del Norte. 

Pasa un oficial de ejército, vestido con el her- 
moso uniforme azul de "Húsares de la Prince- 
sanj capa blanca y guantes blancos también, 
pantalón ceñido y largas botas de charol. Y una 
serie de señores envueltos en capas, largas 
capas negras, y más capas detrás. Luego es- 
tudiantes, y un chico pregonando "El Toreon 
número ilustrado; y dos mendigos nos asaltan 
á un tiempo, uno por la derecha y otro por 
la izquierda. En el corto espacio que hemos 
recorrido ya, quince mendigos nos han pedido 
limosna. Aquí la mendicidad es una carrera 
como cualquiera otra, quizás más lucrativa 
que la de Ministro. Sólo un mendigo ha lo- 
grado conmoverme de veras: un ciego que to- 
caba el violín en el Paseo de Recoletos, á me- 
dia noche, en invierno, con frío polar y después 
de pesadísima lluvia — sus notas desafinadas 
crugían y sollozaban en la noche silenciosa. 



LUÍS ORRF.GO LUCO 



Á la verdad, cuando pienso en ei porve- 
nir de la raza española, siento que honda me- 
lancolía se apodera de mi espíritu. No cabe 
dudar que en punto á nobleza y generosidad 
de espíritu, á valor indomable, claridad de 
inteligencia y lozanía de imaginación, ninguna 
la aventaja, y quizás no sea mucho decir que 
ninguna la iguala. Posee en grado eminentísi- 
mo las cualidades del arte. La pintura españo- 
la que tan grandes eminencias alcanzó con 
Velázquez y Murillo, con Ribera y con Goya, 
no ha desmedrado, por cierto, con el transcurso 
de los tiempos: Madrazo y Fortuny, Pradilla 
y Domingo, Rico y Jiménez Aranda están ahí 
para demostrarlo victoriosamente. Su poesía 
toca en estos momentos á términos tan altos 
como en el Siglo de oro> con Zorrilla, Campo- 
amor y Núñez de Arce, á la par que su lírica 
dramática se eleva en brazos de Adelardo 
López de Ayala y Echegaray, sobre todo con 
el último, al estudio de los problemas trascen- 
dentales de la vida, con no menos brío que 
Enrick Ibsen y Schiller. La novela y la 
crítica, animadas por criterio científico, y por 
anhelo infatigable de verdad, llegan á produ- 
cir obras dignas en un todo del encomio, en 
que á la vez que se revela y analiza con nove- 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 21 

dad los estados de alma, se sugiere vastísimas 
ideas y amplios horizontes. 

Esta raza española, que tan vigorosa y tan 
fértil se muestra en todo cuanto á las artes 
pudiera referirse, y que, tocante á este punto, 
rivaliza triunfalmente con las razas del Norte, 
no puede luchar con ellas, ri siquiera por 
asomos, en tratándose de industria. Parece 
que en España todas las energías de la raza se 
hubieran concentrado en la imaginación, en 
las facultades artísticas productivas de lo bello,, 
con detrimento de lo útil. 

Diríase que vive en pleno siglo XVIII, a lo 
gran señor, ocupada en las cosas de ornamen- 
to y en poesías sutiles, en tanto que las razas 
del Norte luchan y se afanan en la creación 
de nuevas máquinas, en el engendro de vitales 
industrias, en laexpansión de sus fuerzas vivas. 

Este hermoso pueblo de artistas no ha sabi- 
do penetrarse de la idea de su nueva situación,, 
creada á principios del siglo por el doble de- 
sastre de la invasión napoleónica y la segrega- 
ción de sus colonias de América, ni ha sabido 
comprender tampoco que una vez menoscaba- 
da su riqueza con la pérdida de las rentas y 
del monopolio de las Indias, era preciso, antes 
que todo, preocuparse de su porvenir indus- 



LUIS ORREGO LUCO 



trial y económico. En el desarrollo de fuerzas 
sociales que constituye el progreso, habernos 
menester de la esquisita ponderación de ele- 
mentos que canta Schiller en su poema La 
Campana; á la par que poetas necesitamos 
industriales; con los sabios y los artistas, de 
hombres de acción y de empresa. . . 

Pasamos por delante del Palacio del Presi- 
dente del Consejo de Ministros, donde alter- 
nativamente se suceden los señores Cánovas y 
Sagasta, con la regularidad de un péndulo, 
entrando y saliendo casi todos los empleados 
públicos de los respectivos partidos, de Mi- 
nistro á portero. Contábame un amigo, no 
há mucho, que viendo en la calle, de vende- 
dor de verdura, á un pobre diablo que había 
conocido de portero, le manifestó su extrañeza. 

— "Así es la vida, mi señor, respondióle 
con aire atribulado, los conservadores hemos 
caído, u 

Cánovas había presentado su renuncia pocos 
días antes. 

A poco andar, nos encontramos en la esqui- 
na de la calle de Peligros. Ahí precisamente 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 23 

está el Café de Fornos, en la esquina opuesta 
el Café Suizo, un poco más allá el Diván; si 
vamos á la Carrera de San Jerónimo ó á la 
Puerta del Sol, encontraremos mil... por to- 
das partes cafées y nada más que cafées. Esta 
zona central de Madrid puede considerarse 
como un solo y bullicioso café, poblado á to- 
das horas, especialmente de noche. En parte 
alguna del mundo existen los cafées en núme- 
ro tan considerable, dada la población, como 
en Madrid. El madrileño vive al aire libre, 
como los pájaros; en el teatro ó en el café; en 
todas partes podemos encontrarle, menos en la 
propia casa. El que no es club man, es de fijo 
hombre de café. 

Entremos á uno, al primero que se encuen- 
tre á mano. Después de abrir doble puerta de 
cristales nos hallamos en sala inmensa de 
atmósfera candente, que por lo excesivamen- 
te calefaccionada contrasta con el aire frío de 
ía calle que abandonamos no há mucho. Una 
espesa humareda de miles de fumadores llena 
el ambiente, pues, no debemos olvidar que 
todos los españoles nacen, como alguien decía, 
con el cigarro en la boca y la guitarra en la 
mano. El humo sube en espirales caprichosos 
y forma un segundo y extraño techo, de gasa, 



24 LUIS ORRKGO LUCO 

encima de nosotros. Todo el mundo charla á 
gritos, para reforzar sin duda sus razones; al- 
gunos agitan los brazos como aspas de moli- 
no, con la excesiva fogosidad meridional que 
necesariamente completa su frase con un ges- 
to. Los gritos atruenan el espacio, y para com- 
pletar el tumulto, circulan entre las mesillas 
de mármol blanco vendedores de diarios y de 
boletos de lotería: "¡Quién quiere el premio 
gordo!... sólo por cinco pesetaslu Otro indi- 
viduo pasa vendiendo cuadros á cuatro, cinco 
y ocho duros. Así son ellos, por supuesto; hay 
paisajes que parecen caballos y casas que pa- 
recen coches, pero siempre una nota colorida, 
vibrante, de tal manera hay el instinto del 
arte en el pueblo. Las puertas se abren y cie- 
rran incesantemente, para dar paso á una mul- 
titud que bulle con afán inquieto, bajo la luz 
pajiza de los quinqués. 

Allá en el fondo, sobre el rojo terciopelo 
del sofá, veo dos mujeres de miradas provoca- 
doras, pintadas las mejillas, en los labios un 
sonreír postizo, en los ojos un mirar cansado; 
los parroquianos del Café entran y salen, 
sin mirarlas. En el fondo veo un grupo algo 
apartado en que se discute acaloradamente y á 
grandes voces la existencia de Dios y la ley de 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 2$ 

consumos, todo á un tiempo. Un poco más allá, 
otro grupo; las sillas se multiplican y se aprie- 
tan en torno de dos mesas: es un círculo repu- 
blicano federalista, en el cual veo dos oficiales 
de ejército, con grandes capas negras forradas 
de rojo vivo. 

A la derecha, también hay otro círculo y 
otro á la izquierda y otro adelante y otro le- 
jos. Los militares tienen el suyo, también los 
periodistas, los cómicos, los toreros, todos de 
diversas clases, de muy distintas categorías 
sociales, como si el café, en realidad, fuese el 
centro práctico de una gran democracia. 

— "¡Mañana sale..., último día..., ¿quién 
quiere el número premiado?n 

Y nadie lo quiere, por lo cual pasa el chico 
agitando su paquete de billetes de lotería sobre 
las cabezas de los concurrentes. El café, lleno 
de humo, ensordecido por el estrepitoso ru- 
mor de la charla, satúrase del necesario y cons- 
tante producto de fermentación humana que 
se desprende de toda multitud, en particular 
cuando la agrupación es numerosa. — Continúa 
lleno hasta las dos de la mañana, y sirve de 
punto de citas para todos los que no van á 
Club. 

El café, en España, se ha elevado, por de- 



26 LUÍS ORKEGO LUCO 

cirio así, á la categoría de institución nacional 
tan importante y quizás más útil que el Con- 
greso. Se va á charlar, á fumar, á discutir; se 
conspira, se escribe un artículo, se hacen y 
deshacen reputaciones; conviértese en torneo 
á favor ó en contra del Gobierno, como el 
célebre café Procopio en el siglo pasado, cuan- 
do la época de los Enciclopedistas. En el café 
comienza el hervor indignado de las muche- 
dumbres que levanta ó derriba, así á los parti- 
dos como á los tronos; siéntese allí, como si 
fuera barómetro moral, la trepidación precur- 
sora de los grandes momentos políticos. Casi 
todas las glorias literarias y políticas de Espa- 
ña, con escasísimas y contadas excepciones, 
han pasado de los bajo-fondos bohemios del 
Café hasta el Congreso, el Ministerio y la 
Academia Española, y de seguro encuentran, 
al terminar de su carrera, que esas primeras 
horas de alegre despreocupación, fueron las 
mejores sin duda. 

El café es la casa de todos, algo así como 
una fosa común de los vivos, si me es lícito 
emplear tan lúgubre comparación tratándose 
de lugar donde todo es alegría y bulla. 

Séame lícito señalar aquí algo que debería 
servirnos de lección á los americanos: en los 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 2*J 

cafeés no se bebe, se toma café, se charla y se 
fuma. El español es singularmente sobrio, y 
nada es más raro que hallar un borracho por 
las calles de Madrid. No existen ni asomos 
de la fatal tendencia á la bebida que predo- 
mina por desgracia en algunos pueblos de la 
América del Sur, tendiendo al desmedro de 
la raza alcoholizada, á la descendencia raquí- 
tica y anémica, á las perturbaciones mentales 
y nerviosas que llevan á la degeneración y á 
la ruina. Sin la sobriedad, que es una de sus 
grandes virtudes, no habrían podido resistir los 
españoles á tantas miserias, guerras civiles, y 
calamidades como han tenido que sufrir durante 
medio siglo largo. A ella deben su vitalidad 
nacional inagotable y sorprendente. 

-#~ 

A poco de salir del café, tomamos nueva- 
mente por la calle de Alcalá. No lejos de 
Fornos se encuentran los tres círculos más 
aristocráticos de Madrid: el Club de la Peña, 
el Casino y el Veloz. Este último ha sido 
ingeniosamente llamado, por la Infanta Isa- 
bel, la Dirección de la Deuda. Á la verdad 
que esta definición podría en rigor extenderse 



28 LUIS ORRRGO LUCO 

á los otros dos, con igual acierto. Retínense 
allí, efectivamente, junto con los hombres de 
alta posición y de fortuna, multitud de bohe- 
mios, titulados muchos de ellos, de mucha 
sangre azul, mucho blasón y poquísimo dine- 
ro, y como viven, tal vez ni ellos mismos lo 
saben. Para sostener una situación social y un 
nombre, se recurre al tapete verde, á la mesa 
de juego, á los empréstitos usurarios á cuenta 
de futuro matrimonio y en ocasiones, á la 
ayuda pecuniaria de una amante. Mientras 
tanto, no faltan coches, ni teatro, ni diversión 
alguna de las que constituyen la vida elegante; 
vuelan los billetes de mil pesetas con la rapi- 
dez del humo. . . . ¿De dónde sale aquel di- 
nero? Nadie lo sabe, ni nadie tampoco lo 
averigua. La juventud aristocrática española 
atraviesa, por el momento, una situación difí- 
cil en extremo. Acabados y extinguidos por 
completo los antiguos mayorazgos, se han di- 
suelto las grandes fortunas en insignificantes 
patrimonios que por sí solos no bastan, ni con 
mucho, á sostener la posición social que un 
título exige. El trabajo, por antiguas tradicio- 
nes, ha sido proscrito de los linajes nobiliarios: 
no pueden consagrarse más que al cultivo del 
campo y al ejército. Los sueldos en este últi- 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 29 

mo son excesivamente reducidos; contados 
son los que pueden cultivar una heredad. Que- 
da, pues, una situación en extremo precaria, 
dadas las preocupaciones que apartan del ca- 
mino de trabajo y de independencia personal 
á parte numerosa de la sociedad española. 

-*- 

Bruscamente, doblamos por la calle de Se- 
villa que comunica la de Alcalá con la Carrera 
de San Jerónimo. Casi todos los elegantes ca- 
rruajes que vienen del Retiro tuercen por esa 
calle; numerosísimas damas se dirigen donde 
Lhardy á tomar una tasa de té. 

El frío es intenso; una ligera bruma, corre 
como un velo que rompen á trechos los escapa- 
rates de las tiendas, con torrentes de luz, á cho- 
rros, y el relumbrar fugitivo de las linternas de 
carruajes que pasan y pasan continuamente, al 
acompasado son del trotar de sus caballos. La 
multitud, envuelta en sus capas y abrigos, vie- 
ne de la calle de Alcalá, y tuerce al llegar á la 
de Sevilla. En la esquina veo estacionados al- 
gunos chulos, de afeitado bigote y pelo echado 
sobre las sienes. Agrúpanse los cómicos sin 
contrata, que esperan allí pacientemente el 



30 LUIS ORREGO LUCO 

advenimiento del Mesías, en forma de empre- 
sario de teatro de provincias ó de ultramar, 
ya que todas las compañías madrileñas se en- 
cuentran organizadas al presente. Pobres sé- 
res obligados á soportar el desagrado del frío 
y quizás las angustias del hambre, mientras 
llega la contrata. Ese grupo de bohemios re- 
produce, de manera real y verdadera aquel 
cómico personaje del "hambriento que no come 
caliente hace seis dtas, h tan divertido en las 
tablas como dolorosamente lúgubre de ver en 
la vida. Más allá, diviso algunos toreros que 
discuten á propósito de una corrida extraordi- 
naria, verificada no há mucho. 

Yo no sé por qué razón, pero ha sido siem- 
pre á mis ojos un tipo esencialmente simpá- 
tico el torero. Un es-sritor humorístico decía, 
al hablar del español: "si quieren ustedes 
conocerlo, rásquenle un poco la piel. . . y sal- 
ta un fraile; si nó, un soldado. . . por lo menos 
un torero. h Esa es la verdad, en honor de ella 
sea dicho, y á mi entender en honor suyo, y 
para enaltecimiento de las cualidades ya nós- 
ticas, ya viriles de la raza ibérica. 

No es la corrida de toros el acto salvaje que 
imaginan los que no la conocen; es, por el 
contrario, el espectáculo magnífico de la lucha 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 3 I 

entre la fuerza imponente, y al parecer inven- 
cible, del toro, contra la destreza y el valor de 
un hombre que expone á cada instante su vida. 
No se aplaude, en ocasión tan señalada, la 
muerte del toro, sino el brío del torero, su arro- 
jo, su sangre fría. El espectáculo tiende á des- 
pertar emulación en las facultades más viriles 
y más nobles del hombre: el desprecio al peli- 
gro, el olvido de la conservación personal por 
el aplauso ajeno, la habilidad, la ligereza, el 
golpe de vista. El toreo educa y perfecciona la 
raza española, sin lugar á discusión, tendiendo 
á propagar y mantener sus elementos conser- 
vadores y viriles. 

Nada más hermoso que una capa que se 
agita, y un toro que pasa rozando con sus cuer- 
nos los hombros de Lagartijo, Guerrita ó Es- 
partero, mientras el torero permanece inmó- 
vil, como estatua, insensible, al parecer, al 
peligro que acaba de pasar. Los trajes elegan- 
tes de torero, que siembran la arena parda de 
manchas verde-pálido, rojo, amaranto, gris, 
negro, con bordados de oro que relucen al 
sol en movimientos rápidos como rayos; el 
infinito garbo, en el momento en que el toro 
embiste; la despreocupación elegante en los 
momentos de peligro; las banderillas clava- 



32 LUIS ORREGO LUCO 

das de frente, medio á medio, metiendo el 
cuerpo entre ambas astas del toro, entre so- 
nidos melancólicos de clarín, á la vista de 
millares de personas, mujeres hermosísimas, 
ojos negros, cabellos rubios, cabellos castaños 
con flores rojas, mantillas blancas que caen en 
cascadas sobre trajes claros que ciñen gracio- 
samente los tailles airosos, todo eso es bellísimo 
y deslumbrador por todo extremo. Si á esto 
se agrega las emociones y los variados lances 
de la lucha, la sensación del combate, la vista 
de los caballos muertos y de las grandes man- 
chas de sangre roja, el clamor estrepitoso de 
la muchedumbre que llena las galerías á la 
manera de un anfiteatro romano, las marchas 
triunfales tocadas en instrumentos de bronce 
ai ser sacado el toro muerto de la arena, y á 
más de la sensación individual una sensación 
colectiva intensa, uno como soplo de calor me- 
ridional que sube de las muchedumbres y que 
se apodera inconscientemente de nosotros, se 
comprenderá las corridas. De aquí proviene 
el papel importantísimo del torero en España. 
Hay, por otra parte, en el espectáculo de 
las corridas de toros, á más del aspecto artísti- 
co y dramático, suficiente por sí sólo á justifi- 
carlas, otro no menosimportante, consideradas 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 33 

como necesidad social. Panes et circens, decían 
los Romanos, pan y circos deben de ser a los 
ojos del legislador puntos que nunca debe per- 
der de la mirada. A la vez que alimento mate- 
rial, hay que darlo á la imaginación del pue- 
blo. Las fiestas populares ocupan lugar consi- 
derable en las sociedades europeas. En todas 
partes y en distintas épocas del año hay ferias, 
verbenas, fiestas á donde va el pueblo á diver- 
tirse de modos varios, teatros populares, donde 
tienen espectáculos, si no muy selectos ni pri- 
morosos, á lo menos baratos y morales. En 
España, la corrida de toros ocupa un lugar 
especialísimo entre las fiestas del pueblo, é 
irremplazable por decirlo así. Hé aquí por que 
soy su partidario. 

Sigo por la calle de Sevilla. En la esquina 
está la del Príncipe que conduce al Teatro de 
3a Comedia, donde representa Emilio Mario, 
y cerca la que lleva hacia el Teatro Español, 
donde trabaja Vico, tan distinguidos actores 
el uno como el otro, aun cuando radicalmen- 
ie distintos en su escuela, en su género dra- 



34 LUIS ORREGO LUCO 

mático, en condiciones artísticas. Romántico 
el uno, de inspiración genial en ocasiones, 
mediocre por lo general; correcto, inspirado, 
realista el otro, con mayor sentimiento de la 
vida y del poder de la verdad. Pero. . . de- 
jemos el teatro para mejor ocasión y conti- 
nuemos nuestro camino por la Carrera de San 
Jerónimo, á la cual acabamos de llegar. En 
recorrer un espacio de doscientos metros nos 
demoramos media hora, es tal y tan numeroso 
gentío que se aprieta en las estrechas veredas. 
Y continuamos, siempre acompañados por 
el rumor de los coches y del trotar de los ca- 
ballos que tiene algo de sordo, de subterráneo 
en calles como estas, pavimentadas con ma- 
dera; diríase, para usar la expresión de un 
amigo mío, que los coches andan con zapa- 
tillas. . . 

Hemos llegado, por fin á la Librería de 
Fernando Fé, habitación reducidísima donde 
se reúnen al cerrar la noche numerosos literatos 
y aficionados. La tertulia se halla concurrida: 
Don Manuel del Palacio, don Gaspar Núñez 
de Arce, Novo y Colson, Emilio Ferrari, el 
Marqués de Bogaraya hijo del gran Duque 
de Rivas, autor del Don Alvaro, el Conde 
de Esteban Collantes que ha sido perio 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 35 

dista de chispeante ingenio, con ribetes de 
escritor todavía, á pesar de hallarse lanzado 
en la política Veo, también, de codos contra 
una mesa y el cuerpo recostado sobre un mon- 
tón de libros, á Luis Taboada, uno de los 
escritores más exquisitamente humorísticos de 
la España contemporánea. En ingenio aven- 
taja con mucho al aplaudido Armand Silves- 
tre, sin ninguna de las groserías de que éste 
adolece, y que tanto menoscaban el mérito de 
sus obras. Taboada, concentra y desparrama, 
una masa enorme de ingenio cómico, de chispa 
genuinamente española, de frases que trazan 
al golpe una caricatura exacta, de novedad 
imponderable. Su humor se extiende á todo, 
no se perdona á sí mismo, y hasta en sus pro- 
pias desgracias se pone como de relieve aquel 
intenso á la vez que inagotable buen humor. 
Hace ya tiempo, un cohete, al reventar, le dañó 
un ojo. Esto, que habría bastado para depri- 
mir el ánimo del más fuerte, ha sido para 
Taboada motivo de un nuevo caudal de inge- 
nio: ocho días después de sanar, publicó la 
narración burlesca de cómo había perdido 
el ojo. 

No hace mucho, me contaba un amigo que, 
pasando por el Teatro Español, vio á Taboada 



36 LUIS ORREGO LUCO 

parado, mirando, con aire doliente, cómo 
sacaban de ciertas demoliciones carretadas de 
ripios. 

— ¿Qué hace V. ahí, tan triste, amigó Ta- 
boada? preguntóle. 

— Veo que sacan los ripios. . . de Pina Do- 
mínguez. 

Taboada charla animadamente con su voz 
ronca, eternamente constipada, impasible la 
fisonomía, su cuerpo flaco, delgado , endeble, 
inmóvil como si fuera de mármol y dice las 
cosas más divertidas del mundo y todos se 
sacuden de risa, de tal manera la fortaleza 
del ingenio y el vigor del espíritu nos domi- 
nan y se sobreponen á nosotros así como 
hacen olvidar y vencen las estrecheces de la 
vida, las injusticias de la suerte y los contra- 
tiempos de la propia fortuna. 

Anda, por ahí, un personaje muy simpático, 
en extremo parecido á Taboada por la natura- 
leza de su ingenio humorístico, audaz, inimi- 
table en sus originalidades y en su crítica esen- 
cialmente impregnada en vis cómica, hablo 
de Zahonero. 

'•A mí me es muy simpático el autor de La 
carnazctu, decía mi excelente amigo Emilio 



POR LA CALLE DE ALCALÁ 37 

Bobadilla. ¿Dónde le conocí? En la calle. 
Por cierto que estuvimos á pique de reñir. 
"Esa crítica de V. no es crítica !n gritaba 
moviendo los brazos como las aspas de un 
molino y el clac porque ese día llevaba clac, 
embutido hasta el cogote. "¡Valiente crítica 
que no da explicaciones nunca !n Advierto á 
V., le dije, que todo el mundo va fijándose 
en nosotros y nos va a tomar por locos. No 
soy crítico, ni chispa, estamos conformes; pe- 
ro.... baje V. la voz. M Y seguimos charlan- 
do tan amigos. Me contó sus luchas con 
los editores, sus estrecheces pecuniarias... Con 
franqueza: yo esperaba resignado el sablazo-,. 
pero Zahonero no pide; es un bohemio con 
vergüenza.M 

"Ya he dicho que no es orador; pero en- 
tretiene con su causarle incorrecta, discordan- 
te y graciosa. ¿De qué habló en el Ateneo? 
De nada y de todo. Dijo muchas verdades y 
dio muchas voces. — "Señores, hay que con- 
vencerse, mal que nos pese: estamos atrasa- 
dos y somos muy rutinarios. (Risas). Yo sé de 
una escuela de cadetes donde sé enseña quí- 
mica en verso y con música. ¿Qué no? (Mo- 
viendo la cabeza y Jinjiendo que guitarrea )\ 



38 LUIS ORREGO LUCO 

"Los sulfatos,»! 
"que son indisolubles, n 
"se obtienen por doblen 
"descom-po-sición. ir 

" ¡ Prron !n ( Grandes risas. ) 

Lo que necesitamos es hacer hombres, 
educarles, quiero decir. Una prueba entre 
muchas, de que somos rutinarios, es que te- 
nemos dos notabilidades consagradas para ca- 
da cosa: en política, no salimos de Cánovas y 
Sagasta; en el teatro, de Vico y Calvo; en la 
novela, de Galdós y Pereda; en la poesía 
lírica, de Campoamor y Núñez de Arce; en 
la tauromaquia, de Lagartijo y Frascuelo » 

Tal es Zahonero, el ingenioso pendant de 
Taboada. 

Al salir de la Librería, una ráfaga de aire 
helado nos hace estremecernos en una gran 
sensación de frío. A la izquierda brillan en 
semicírculo las luces de la Puerta del Sol á 
manera de arco luminoso en que forman las 
distintas calles unas como bocas negras. El 
rumor de los coches va disminuyendo poco á 
poco. 



POR LA CALLÉ DE ALCALÁ 39 

— "¡Ultimo día!.. . ¿quién quiere el pre- 
mio gordo por tres pesetas?!* 

Grita un chico de voz desafinada y aguda. 
"¿Quién quiere el premio gordo?n 



9t 



mmn 



Doña Emilia Pardo Bazán me había invita- 
do amablemente á tomar esa noche "una taza 
de chocolate.M Tras de aquella invitación 
modesta, vi muy agradables momentos en 
compañía de la eminente escritora y de los 
literatos más eminentes de la España del día, 
esas horas de alegre expansión en que las 
almas se abren, junto á la copa de champagne 
y los corazones fraternizan con la intensidad 
de sentimiento característica de nuestra raza 
en que la palabra sigue, como un relámpago, 
á la emoción. No me había engañado, en 
efecto. 

Sus salones eran estrechos para contener 
ese mar de fracs que iban y venían. La con- 
currencia, que aumentaba por momento?, 
pues eran las diez y media— hora en que prin- 



42 LUIS ORREGO LUCO 

cipian las noches de Madrid — se componía de 
Núñez de Arce; Marcelino Menéndez Pelayo, 
de cabello corto y barba negra, mirada lumi- 
nosa, aire modesto y buen muchacho, sonrien- 
te, con esa sonrisa de los buenos, que salta al 
rostro, como para hacerse perdonar las exce- 
lencias y superioridades del espíritu; Don 
Federico Balart, el gran crítico, con la doble 
nieve de su cabello y de su barba, que sirve 
de marco á unos ojos penetrantes, á un mirar 
profundo, que involuntariamente se esfuerza 
en descubrir lo íntimo de aquellos á quienes 
trata. Más allá veo multitud de literatos dis- 
tinguidísimos que se codean con algunos de 
los más distinguidos títulos de Castilla, por- 
que no debemos olvidar que estamos en casa 
de la señora condesa de Pardo Bazán. Los 
americanos abundan por los salones. Ricardo 
Palma, enjuto, alto, delgado como un hilo, 
contraídos los labios, malicioso el mirar, tras 
de sus gafas que siempre lleva puestas, pasa 
lentamente, encorvado el cuerpo y saluda á 
Rubén Darío, inmóvil contra una puerta, las 
manos atrás, que observa y analiza todo con 
su fisonomía inmóvil y seria, indiferente al 
parecer, pero de extraordinaria actividad in- 
telectual. 



CASTELAR 43 



Un poco más allá me detengo á conversar 
con un escritor amigo mío. Junto á nosotros 
pasa don Luis Vidart, militar y literato dis- 
tinguido que últimamente ha llamado ruido- 
samente la atención en el Ateneo tratando de 
levantar á Bobadilla en contra de Colón, 
cuyo centenario se celebra justamente ahora. 

"Es curioso, díjome, lo que pasa con este 
pobre Colón. Alguien ha dado una conferen- 
cia en el Ateneo demostrando que nunca fué 
otra cosa que un bellaco; otro probó hasta la 
evidencia que Bobadilla fué el verdadero des- 
cubridor de América, y no hace mucho, un 
tercero, salta con la noticia de que fué... 
Raimundo, Lulio. Uno ya no sabe á qué ate- 
nerse y se pregunta ¿seré yo quien ha descu 
bierto la América? 

"La verdad es que vivimos en una época 
locamente ávida de curiosidades y de sensa- 
ciones. A toda costa habernos menester de lo 
imprevisto, sea que se nos demuestre la ino- 
cencia de Lucrecia Borgia ó que Napoleón 
nunca pasó de militarote afortunado. El cri- 
men sólo es perturbación cerebral hereditaria, 
fruto de alcoholismo y de neurosis como Lom- 
broso lo demuestra; la virtud, cuestión de 
temperamento; el éxtasis, una enfermedad ner- 



44 LUIS ORREGO LUCO 

viosa en Santa Teresa de Jesús. Por encima 
de nosotros está el medio, la atmósfera social 
que nos rodea, la época en que vivimos y que 
nos mueve como corchos en la cresta de una 
ola. ...M 

En este punto de la conversación estábamos 
cuando mi companero se detuvo, paró la frase,, 
miró la puerta y dijo: "Ahí viene Emilio Cas- 
íelar.n 

¿Qué idea se han formado Vds. de don 
Emilio Castelar? Cuando uno piensa en el 
grande orador que ha conmovido tan honda- 
mente y por tantos años las Cámaras Españolas; 
en el hombre que con tanta elocuencia hadefen- 
dido las libertades democráticas, la igualdad 
y libertad de cultos, la de imprenta, la exten- 
sión del sufragio hasta hacerlo universal, la 
transformación del gobierno hasta convertirlo 
en República y todo eso con una pasión digna 
de los tiempos en que Pedro el Ermitaño se 
paseaba por Europa defendiendo y propagan- 
do las Cruzadas, uno se forma la idea de un 
personaje austero, cargado de laureles y de 
canas, encorvado y gastado por la lucha, des- 
preocupado en el vestir. Creemos que debe 
de tener algo del anacoreta y algo del apóstol, 
y pensamos involuntariamente en la frase con 



CASTELAR 45 



que alguien pintaba áSavonarola: "la nieve de 
setenta inviernos pesaba sobre su espíritu. n 

Quien hubiera pensado de esta manera, ha- 
bríase engañado redondamente; su sorpresa 
hubiera sido extrema al ver cruzar los salones, 
con paso ligero, á un señor joven todavía, per- 
fectamente afeitado, que llevaba el frac con 
soltura, como acostumbrado á pisar los más 
distinguidos salones, elegante, vivo en sus mo. 
vimientos, de ojo alerta y simpática fisono- 
mía, con la movilidad de una gota de azogue y 
la gracia expansiva de un temperamento legíti- 
mamente meridional en todo y por todo. 

Había tenido ocasión de conocerle en casa 
de la Marquesa de N. . ., donde habíamos 
cruzado esas frases de cortesía que nada signi- 
fican y que nada revelan, desde que son igua- 
les en todas las personas de buen tono; así, 
pues, le había visto, pero no le conocía. 

Atravesó el salón directamente á saludar á 
doña Emilia que lo recibió con la sonrisa afa- 
ble y el ademán cariñoso de todas las personas 
verdaderamente distinguidas. 

En la concurrencia, parte de la cual se com- 
ponía de americanos enviados á representar á 
sus países en las fiestas del Centenario de Co- 
lón, hubo un ligero movimiento. La llegada 



46 LUIS ORREGO LUCO 

de un hombre como Castelar, á pesar de que 
todos le conocemos, tiene siempre algo de nue- 
vo. Los americanos, especialmente, hallan en 
su nombre un prestigio secreto, una faz com- 
pleta de la historia de España, la República 
con sus agitaciones incesantes, sus desbordes, 
sus derroches de elocuencia y de savia moral 
que fueron á complicarse en tempestades aho- 
gadas en el golpe de Estado de Pavía, 

¿Quién es Castelar? Una frase de un políti- 
co chileno, el primero y quizás el último de 
los atenienses de la América, nos le pintará 
dándole su valor exacto. 

Preguntábale una dama andaluza qué era 
lo que más había llamado su atención en Es- 
paña: — "Los ojos de las españolas, señora, 
con perdón de don Emilio Castelar. . .•■ 

No será de extrañar, de consiguiente, el 
interés vivísimo con que los americanos veía- 
mos cruzar á ese hombre con paso elegante y 
ademán risueño, los salones de nuestra distin- 
guida amiga. Toda una época desfilaba ante 
nosotros. 

-*~ 

En el salón de la derecha, conversaba ani- 
madamente un grupo de hombres de letras, 



CASTELAR 47 



algunos de los cuales habían conquistado ya 
su puesto en la historia de las artes españolas. 
Es, aquel salón, un retiro delicioso, de ex- 
quisita elegancia, adornadas las paredes con 
primorosos tapices en que se mueven gra- 
ciosamente figuras que fueron el encanto de 
nuestros abuelos y el orgullo de la Real Fá- 
brica de tapices de Madrid. Una gran vitrina 
con abanicos antiguos pintados en cabritilla, 
tabaqueras y cajas de bombones de Sajonia, 
de Capodimonte, y esas mil baratijas de moda, 
á que los años han dado enorme precio y que 
parecen contarnos con lenguaje mudo las son- 
risas y las coqueterías de las grandes damas de 
otro tiempo, una gran vitrina cubría uno de 
los costados laterales. En el fondo, un grande 
espejo reflejaba y reproducía las luces con 
centelleos alegres. 

Hablábase, en aquel grupo de hombres, de 
una encantadora pintura antigua descubierta y 
comprada por la señora de Pardo Bazán. Cas- 
telar terció en la conversación con todo el en- 
tusiasmo con que se ocupa de las cosas de arte. 
— ¡Qué lástima, dijo, que no tengamos ahora 
esa gracia ligera, borrosa, en que se mezclan 
á la par los colores desmayados del verde y 
del celeste con el oro viejo en cascadas de lu* 



LUIS ORRRGO LUCO 



ees que vibran; puede que hayamos olvidado 
la poesía incógnita, perezosamente oculta del 
color. Nunca se consigue, en las imitaciones 
modernas, dar á los tapices nuevos aquel sello 
primoroso de los viejos tapices. ¡Cómo gozo 
con ellos! Hay dos tapices que particular- 
mente me deleitan y me encantan y que nun- 
ca me canso de mirar. 

— ¿Dónde están? preguntó don Federico 
BalarL 

— En la iglesia donde oigo misa los domin- 
gos, respondió el gran tribuno. 

Castelar oyendo misa, observé para mí, ha- 
bría sido una gran sorpresa para los que saben 
de memoria sus discursos en favor de la liber- 
tad religiosa, en que vibraba con resplandores 
siniestros el recuerdo de la Santa Inquisición; 
sus apasionados discursos en defensa de las 
teorías liberales y democráticas. El Cxstelar 
elegante habría sido una sorpresa y otra sor- 
presa mayor el Castelar religioso. Para el que 
estudia tranquilamente su fondo de artis- 
ta, aquel aspecto es un complemento nece- 
sario. 

España nos presenta la mayor fuerza de su 
grandeza en el pasado, en aquel pasado reli- 
gioso, de altísimas y primorosas catedrales 



CASTELAR 49 

como las de Sevilla, de Toledo, de Granada 
con sus rosetas y sus encajes de piedra; sus 
agujas grises que se pierden en lo infinito del 
espacio azul; sus vírgenes y ángeles arranca- 
dos á lo ideal por el pincel de Murillo, sus Cris- 
tos pintados por el trágico pincel de Zurbarán 
con avasalladora grandeza ó esculpidos en 
madera con el profundo sentido realista de 
Montañez. La religión católica tiene, espe- 
cialmente en España, algo que domina invo- 
luntariamente, que sobrecoge y embriaga el 
espíritu como el hanschich oriental embriaga 
el cuerpo. Una delicada naturaleza artística 
debe necesariamente reflejarlo, es algo que 
está en la atmósfera y que nos invade suave- 
mente, deliciosamente, como en arrullos invo- 
luntarios de ensueño. 

— ¡ Y qué cálices antiguos conservan en 
aquella iglesia, añadió Castelar, y qué hermo- 
sísimas vestiduras y albas! 

A poco rato de esto se habló del teatro clá- 
sico español y no faltó quien recitara estrofas 
de Tirso de Molina y de Calderón, primorosas 
y elegantes de corte, sueltas como los trajes 
que por aquellos tiempos envolvían holgada- 
mente los cuerpos de caballeros y damas. El 
Teatro Español acababa justamente de llevar 



50 LUIS ORREGO LUCO 

á la escena una comedia clásica de capa y es- 
pada. Esto dio margen á que se discutiese y 
encomiase á los actores, en especial á Vico, 
de desiguales vuelos, unas veces de senti- 
miento delicado y honda intención que le colo- 
caban en posición sobresaliente, otras ramplón 
y adocenado. Luego se habló de crítica y de 
prensa, por último. 

— A propósito de diarios, me preguntó Cas- 
telar, ¿conoce V. á un señor Lagarrigue, 
compatriota suyo? 

— Sí, señor. En mi país tiene la reputación 
de ser una excelente persona, de condiciones 
morales intachables, de inteligencia aventa- 
jada... 

— Pues he recibido un diario de Santiago 
en que me atacan duramente, agregó Castelar, 
y creo que el articulo es de dicho señor. En- 
tiendo que es profeta ó cosa parecida, del Po- 
sitivismo, y de la Religión de la humanidad. 
Este caballero ha tenido la sabrosa idea de 
escribirnos á todos largos folletos-cartas para 
convertirnos á su credo religioso. A la señora 
Pardo Bazán le proponía, no há mucho, que 
aceptase el papel de Santa Teresa de Jesús 
del positivismo, y á mí me proponía el puesto 
en extremo halagador, de San Pablo... 



CASTELAR 5 1 

Al decir estas palabras Castelnr, todos se- 
echaron á reir á mandíbula batiente. 

— Lo más curioso es que firmaba J. E. La- 
garrigue, nacido el año tal, tal día, el número 
y nombre de su casa, la fecha de la era positi- 
vista: Diógenes 25 del 104, si no me equivo- 
co... Me parece que á Valera le reservaba el 
puesto de San Mateo y á Núñez de Arce el de 
San Crisóstomo. Ese caballero debe de gozar 
de una imaginación estupenda... 

— Estoy convencido, le dije, de que el señor 
Lagarrigue no puede haber escrito en contra 
deV.;es una persona que puede permitirse 
sus fantasías religiosas, pero de un fondo ente- 
ramente sano y honrado. 

— Me parece, sin embargo, que él fué quien 
escribió el artículo. Me ataca justamente á 
causa de Vds. los Congresistas, y sostiene que 
si yo los he apoyado en España con mi pluma 
es porque me agrada andar siempre con los 
victoriosos. ¡Cómo si mi vida entera no estu- 
viese protestando contra eso! ¡Cómo si yo no 
figurase desde hace veinte años entre los ven- 
cidos, después de una victoria de un segundo I 
Si yo he defendido al Congreso y escrito en 
su favor, fué porque su causa representaba la 
causa de la libertad y del gobierno parlamen- 



52 LUIS ORREGO LUCO 

tario contra esas desgraciadas dictaduras que 
tan á menudo imperan en América, con detri 
mentó de esos hermosos países que yo quiero 
como hijos de nuestra raza y como nacidos de 
la propia sangre de España. Verdaderamente 
la guerra civil de Chile, con sus sangrientas 
hecatombes y con sus desastrosas consecuen- 
cias, tiene para todos los hijos de raza española 
un hermoso aspecto, la consagración de los 
derechos parlamentarios del gobierno repre- 
sentativo, del gobierno del país por el país, en 
contra de una personalidad dominadora y ava- 
salladora. No se trata ya de una guerra fratri- 
cida como las que todos los días presenciamos 
en aquellos mundos, sino de una lucha en que 
figura un Congreso, un poder público represen- 
tativo de un país, una idea, en contra de la fuer- 
za material con todas sus brutalidades y sus des- 
potismos depresores de la dignidad humana! 

En ese momento Castelar revestía su aspecto 
de gran tribuno, asumía involuntariamente esa 
actitud de defensa del derecho, noble y de- 
sinteresada, que constituirá, con el tiempo, 
una de las más sólidas bases de su gloria. El 
diapasón de su voz no se había levantado ni 
un momento; nada de teatral había en ese 



CASTELAR 53 



arranque brotado en medio de una conversa- 
ción y mantenido en ese mismo nivel. Pero el 
acento, las palabras, el corte de la frase, la 
pausa elocuente, la palabra sugestiva que se 
imprime en el espíritu y que lo hace meditar, 
nada faltaba. 

— Es cosa extraña, agregó, y por todo extre- 
mo desagradable, esto de no verse compren- 
dido. Dos veces me ha sucedido encontrarme 
en el curso de mi vida con esas interpretacio- 
nes falsas, que suelen ser, alas veces, en extre- 
mo cómicas. 

Recuerdo cierta noche, en los tiempos tre- 
mendos de crisis política que oscurecía nues- 
tra atmósfera. Sobre nuestras cabezas pesaba 
ya como plomo la tempestad que avanzaba 
por momentos y todos sentíamos un malestar 
indecible, una angustia suprema. Yo acababa 
de pronunciar un discurso en contra de la Re- 
gencia del Mariscal Serrano, tratando de resu- 
mir todas nuestras cóleras, nuestras amargu- 
ras, nuestros recelos, las faltas acumuladas que 
nos llevaban á un abismo, y cuando bajaba de 
la tribuna los amigos me rodearon para darme 
una palabra de aliento, un apretón de manos 
que tanto se agradece en ciertos instantes. Un* 



54 LUIS ORREGO LUCO 

general se acercó á mí y estrechándome la 
mano me dijo al oído: 

— Don Emilio, V. ha estado elocuente como 
nunca, magnífico, deslumbrador, tanto que 
yo pensaba votar en contra de la Regencia. 
Pero después de oírle á V 7 ., voy á votar á fa- 
vor de ella. 

En otra ocasión, agregó Castelar, me pasó 
algo parecido. Vds. saben lo que yo he hablado 
y escrito en favor de la libertad religiosa, de 
la igualdad de cultos y en contra del poder 
temporal del Papa. Pues bien. Cierto día, al 
salir del cementerio, terminado el entierro de 
Adelardo López de Ayala, se acercó a mí un 
Obispo que había conocido en otro tiempo, 
hacía muchos anos. — Permítame V., don Emi- 
lio, que vuelva á saludarle después de tan lar- 
go espacio que no nos vemos. Yo he seguido su 
vida desde lejos y leído sus discursos y sus 
obras. Le admiro tanto que hasta he pensado 
en levantar una'suscripción entre los sacerdo- 
tes de mi diócesis para la publicación de las 
•obras completas de V. 

Ese hombre no había leído ni una línea de 
mis obras. 

Hubo un momento de pausa y mientras to- 
dos celebraban el caso, creí ver pasar por la 



CASTEf.AR 55 

frente del grande orador algo como una som- 
bra, como si se dijese interiormente: "esa es 
la vida y así es el mundo por el cual lucha- 
mos y por quien nos sacrificamos, n Diríase 
que por aquella alma de tan vigoroso temple 
solían pasar unas como ráfagas de desconsuelo 
por la vanidad y nulidad de las cosas de 
este mundo, delicadamente expresadas en el 
Cantar de los Cantares con toda la suprema 
poesía del santo libro. En vano es el esfor- 
zarse por la conquista de altos y lejanos idea- 
les si á la postre nadie nos comprende, si 
nuestras acciones han de pasar rápidas y des- 
apercibidas por aquellos arenales batidos 
constantemente por las olas, donde los rumo- 
res del oleaje aprisionan y encubren nuestros 
suspiros, nuestras lágrimas y nuestros sudo- 
res. No por eso debemos dejarnos vencer por 
la fuerza de las cosas, ni olvidarnos tampo- 
co del inmenso poder de las pequeñas fuer- 
zas agrupadas, sino para darnos el triunfo 
inmediato y completo, á lo menos para mos- 
trarnos los albores de mejores días. En la 
lucha diaria, cada movimiento es un triunfo; 
cada fracaso, cada sacrificio es piedra que 
sirve de base á construcciones nuevas. La 
Grecia vencida lleva sus dioses y sus letras, la 



56 LUIS ORREGO LUCO 

lozanía de sus artes, la belleza incomparable 
de sus templos y la honda idealidad moral de 
sus filósofos, á Roma vencedora. 

-*• 

Dejé á Rubén Darío que discutía con la 
señora de Pardo de Bazán sobre los poetas 
romanistas i que tratan de llevar á la nueva 
poesía francesa una como resurrección del arte 
antiguo, adaptando al lenguaje moderno, en- 
volviendo en las coloridas y gráficas expresio- 
nes del lenguaje popular contemporáneo, la 
resurrección de las fábulas mitológicas de la 
época antigua, con sus faunos, sus sátiros, sus 
Venus y sus dríadas. Un amigo me sacó de 
aquella compañía y me llevó al comedor para 
que bebiéramos juntos una copa de champag- 
ne. 

Allí había dos grupos. Uno se componía de 
Echegaray y don Federico Balart, rodeados 
de unos cuantos amigos. Allí se discutía sobre 
los dramas de Enrick Ibsen que ha surgido 
repentinamente como una grandiosa neblina 
del Norte, oscureciéndolo y trastornándolo 
todo con el enorme poder de su psicología 
dramática, tan absurda á primera vista, y tan 



CASTELAR 57 

tremendamente verdadera y dramática en el 
fondo. 

El segundo grupo se componía de una do- 
cena de personas, entre las cuales estaban la 
señora Soledad Acosta de Samper, viuda del 
inolvidable literato colombiano don José Ma- 
ría, de Samper que tan gratos recuerdos ha 
dejado entre nosotros, dos ó tres políticos de 
nota, algunas señoras madrileñas y, por ulti- 
mo, don Emilio Castelar. 

Un ligero movimiento de agrupación en 
'torno suyo me hizo volver la cabeza. — V. 
tiene fama de prodigiosa memoria, le decía 
una señora. — ¡Oh nó!.. en otro tiempo la 
tuve. Allá en m ; s mocedades gozaba de ella 
y de tal manera, que en más de una oca- 
sión me aconteció el acudir á las Cortes y 
recitar, de seguida, en la noche misma, á 
personas que me interrogaban sobre la sesión, 
ti discurso entero que acababa de oir. Recuer- 
do, por ejemplo, uno que oí á Ríos Rosas y 
que nos conmovió á todos hondamente. 

Sin más ni más el gran tribuno se puso á 
recitar trozos enteros del discurso que Rios 
Rosas había pronunciado treinta años antes. 
Todos estábamos sobrecogidos no tanto por 
su prodigiosa memoria como por aquella ma- 



58 LUIS ORRRGO LUCO 

ñera inimitable de cortar las frases, por aque- 
llos silencios que hablan; por tas entonaciones 
que revivían apasionadas con el calor de las 
tempestades de otro tiempo; y por aquella 
pasmosa manera de agrupar las ideas más 
complejas reuniéndolas y condensándolas en 
una armonía que termina á media voz levan- 
tando en el alma recuerdos de cosas soñadas 
que ignorábamos existiesen en nosotros. 

Comprendí, en ese momento, el poder de 
fascinación que ha hecho de ese hombre el 
más grande entre los oradores españoles, colo- 
cándolo entre los grandes escultores y los 
grandes músicos de la palabra. Todos le es- 
cuchábamos con delicia, especialmente las 
señoras, entre las cuales cuenta con grandes 
admiradoras y con grandes amigas. 

Cosa extraña y que manifiesta uno de los 
aspectos morales más interesantes del alma 
de Castelar, más reveladores de su tempe- 
ramento y de su vida: casi todas sus relacio- 
nes figuran entre lo más aristocrático de la 
Corte madrileña. Diríase que su espíritu busca 
lo más escogido, lo más exquisito, lo más refi- 
nado. El fundador de la república española 
tiene un miedo tremendo á la igualdad; un 
terror secreto per lo que siente á pueblo y 



CASTELAR 59 

democracia, como el que los domadores sien- 
ten por las fieras. Es que su naturaleza inven 
siblemente delicada y artista, le ha llevado por 
instinto á los ideales de belleza moral que la 
libertad y la república encierran, á esos eternos 
y fascinadores sueños de Platón, para estrellar- 
le en seguida contra la pequenez de las cosas y 
1as asperidades de los hombres, para enseñarle 
al fin de su agitada y brillante carrera, en su 
propia vida, la contradicción entre su ideal y 
su temperamento que vence y se sobrepone á 
su ideal. Un compañero de política decía al 
general Prim en 1870: — "¿Cómo sería posible 
tener monarquía sin un rey?n — "Más fácil- 
>mente que república sin republicanos^ res- 
pondió el caudillo de mirada profética, ese 
que debía caer, poco después, misteriosamente 
asesinado en la calle del Turco. En realidad 
de verdad, los jefes de movimientos, los gene- 
rosos y levantados soñadores que buscan la 
república en España tratan de levantar un 
edificio sin tomar en cuenta que no han naci- 
do aún sus habitantes. 



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El mi M ÍÍM 1 ME 



Llegamos á la calle de Sacramento número 
10, donde vive el señor don Gaspar Núñez de 
Arce, y no sin cierta emoción y lentamente 
subimos la escalera que conduce al primer 
piso, en el cual habita. 

Es curioso: no es la primera vez que le visi- 
to, y sin embargo, cada vez que vuelvo, siento 
repetirse la misma sensación extraña, íntima, 
algo como una mezcla de simpatía y de respe- 
to, de extraordinaria confianza y de solemnidad 
austera. 

Voy en compañía del señor don Augusto 
Matte, que se apresura á pagar una visita que 
le ha hecho recientemente el gran poeta. Nos 
introducen al primer salón sumido en la pe- 
numbra; apenas si dos grandes transparentes 



62 LUIS ORREGO LUCO 

blancos permiten infiltrarse, como á hurtadi- 
llas y sin que nadie lo sepa, un poco de luz 
que baña pálidamente una corona colocada 
sobre un caballete. Los muebles, las colgadu- 
ras, todo predispone al ánimo, á cosas obscu- 
ras, á esas entre-sombras del espíritu que 
tanto se parecen á las tristezas dolorosas det 
crepúsculo. 

Aunque nadie nos lo hubiese dicho, si hu- 
biéramos sido transportados de repente á ese 
lugar, y sin saber lo que era, habríamos afir- 
mado con entera convicción que estábamos en 
casa de un poeta. 

Pasando al segundo salón, la impresión se 
acentúa más aún, si es posible. Hermosísimos 
muebles de color de grana, obscuro, sangrien- 
to, grave, que tan bien cuadra al sentimiento 
que allí reina; objetos artísticos, sin profusión 
y con gusto; un retrato de don Gaspar, como 
aquí le llamamos, firmado por Giménez Aran- 
da, el gran pintor, todo eso atrae la atención, 
en un principio. 

Más luego, uno se siente impresionado al 
ver una gran luz blanca en un rincón. Es una 
estatua: la Visión de fray Martín. Un ángel 
extiende sus alas sobre el pobre fraile como 
en éxtasis. El mármol resalta intensamente,, 



EN CASA DE NÚÑEZ DE ARCE 63 

luminosamente, con reverberaciones de seda, 
en la penumbra. Sentimos algo como la at- 
mósfera de un templo, algo sagrado, solemne, 
profundo. 

Las estrofas del gran poeta vienen á la me- 
moria: versos del Idilio, del Vértigo, de la 
Selva obscura se agolpan y vibran, proferidos 
por aquella tristeza, por aquellos mármoles, 
por aquellos cuadros. Núñez de Arce es el más 
artista, el más sentido, el más profundo de los 
poetas españoles. Quizás Campoamor sea más 
original, Zorrilla más español; pero ninguno 
más humano, más sincero, más conmovido en 
presencia de las cosas que canta. Las grandes 
voces del mar, del viento, del bosque; las 
ingenuidades y los desfallecimientos del alma, 
los amores y las dudas, todos los sentimientos 
que nos engrandecen y nos enflaquecen, ha- 
llan en su alma un eco, una emoción, una lá- 
grima sincera... 

~*~ 

El porvenir es de la poesía, sin lugar á du- 
da. En medio de las convicciones que vacilan, 
de los antiguos principios morales que sir- 
ven de base al orden social rudamente soca- 
vados, del principio de las antiguas jerarquías 



64 LBIS ORREGO LUCO 

minado por la democracia triunfante, sólo so- 
brenada, en el extenso derrumbe moral, el 
principio religioso. Si este principio sobrevive, 
como atinadamente señalaba un filósofo in- 
glés, débese principalmente á la cantidad de 
poesía que 11 ¿va encerrada en sus entrañas. 
La religión es, para la masa, una forma de 
poesía inconsciente. La dosis de sentimiento y 
de imaginación que todo ser humano posee, 
de igual manera que la fuerza nerviosa, nece- 
sita de alimento, de expansión, de acción y 
de gasto, que no puede hallar en grado sufi- 
ciente una vez limitada á la mera acción hu- 
mana. De aquí la influencia avasalladora del 
principio religioso en las almas, particular 
mente en aquellas en que el sentimiento pre- 
domina. La poesía del principio religioso, la 
dulzura del concepto moral, el velo de ensue- 
ño que se apodera del espíritu, son cosas to 
das que corresponden á necesidades verdade- 
ras en el ser humano. Por eso alguien ha 
dicho que el futuro es más de la poesía que 
de la ciencia, ya que esta última siempre nos 
deja vacíos insondables, arcanos por resolver, 
problemas insoluoles, en tanto que el senti- 
miento se complace por entero y se satisface 
en alas de poesía. 



•EN CASA DE NÚÑEZ DE ARCE 65 

No es dable afirmar, para nosotros, con la 
certeza del filósofo inglés que "sin poesía, la 
ciencia habrá de ser incompleta y que la 
mayor parte de lo que ahora pasa como obra 
de religión y de filosofía, habrá de ser reem- 
plazado por poesía. La ciencia no será com- 
pleta sin ella. 11 Más, si esto fuera así, el señor 
Núñez de Arce, habría de ser uno de los 
sumos pontífices de la religión futura. Pocas 
veces ha producido la raza latina un tempe- 
ramento poético más finamente equilibra- 
do, que mejor corresponda por su naturaleza 
propia á las necesidades de un período de vi- 
da social, que el temperamento del señor 
Núñez de Arce^ Pocas veces también la in- 
fluencia de un período histórico se ha hecho 
sentir más vivamente en un poeta, influen- 
ciándolo, dominándolo, imprimiendo su sello 
y su carácter sobre el tono y sobre la forma 
de la poesía. Para apreciar debidamente al 
autor de Los Gritos del Combate, es menester 
volver la vista á las convulsiones de los últi- 
mos veinte años de la España, recordar los 
horrores de la guerra Carlista en las provincias 
del Norte, la caída de la monarquía, el des- 
concierto de la república, el cantonalismo, el 
orden perdido y el principio de autoridad me- 
5 



66 LUIS ORREGO LUCO 

noscabado por sublevaciones de ejército y de 
turbas. En medio de las tristezas de lo desco- 
nocido y de lo inesperado, en tanto que nubes 
de tempestad cubren el cielo dolorosamente, 
cuando los hombres de Estado amontonan 
sus faltas y agravan con la acción del hombre 
la acción desastrosamente fatal de la natura- 
leza, es la hora en que el vidente, el profeta 
de las muchedumbres, acerca el oído al cora- 
zón de las masas, repite lo que vibra en el 
espíritu de todos y entona esos himnos ente- 
ros que viven todavía después de muerto el 
instante social que los produjo. Esas horas 
de grandes cóleras y de grandes condenacio- 
nes son necesarias para el desarrollo de cier- 
tos espíritus. Sin esas horas, Mirabeau, con 
todo su genio, jamás hubiera sido Mirabeau, 
sino, cuando más, un noble alzado, un fron- 
dista como se les llamaba en Francia en otra 
época. Sin esas horas, el señor Núñez de Ar- 
ce no hubiera producido sus acentos más vi- 
brantes, ni se hubieran desarrollado en toda 
su plenitud esas cuerdas indignadas que tan 
bien corresponden á la protesta viril, al eco 
simpático de las facultades nobles. 

Uno de los grandes secretos del éxito, en 
poesía, es que sea genuinamente la hija de su 



EN CASA DE NUÑEZ DE ARCE 6j 

época. Si la duda le ha inspirado en ocasio- 
nes, es porque viene á corresponder á un es- 
tado de alma hijo de los sucesos, del derrum- 
be social, de la desgracia de la patria, de las 
incertidumbres de un porvenir nebuloso, de 
causas que dominan al poeta, le preocupan, 
le sojuzgan y le impiden contemplar de otra 
manera los sucesos de la vida. Esta semilla 
moral, que ha caído en terreno favorable, co- 
rrespondía también al temperamento moral 
del señor Núñez de Arce y al temperamento 
social de la raza española en ese instante. 
Hay mucho de Hamlet en nosotros; compren- 
demos las amarguras de esta hora; nos senti- 
mos vencidos por el vuelo superior de otras 
razas, hay ocasiones en que en vez de adelan- 
tar notamos el retroceso visible. Comprende- 
mos la necesidad inmediata de la acción y no- 
tamos, al mismo tiempo, que nos faltan las 
fuerzas y los bríos. Hé aquí lo que pasa con 
nosotros: de aquí viene la duda. 

El señor Núñez de Arce comprendía, como 
Hamlet, las necesidades del momento, sin 
tener los medios, ni ocasión de remediarlas: 
de esto resulta el nihilismo del sentimiento 
poético, el sentirse abrumado, la postración 
del ánimo, el desconfiar de la vida. En vano 



68 LUIS ORREGO LUCO 

le reprocharán algunos críticos este carácter 
de su poesía, expresando que para ser com- 
pleta debería negar como Leopardi ó como 
Shelley. Estos eran pesimistas de naturaleza; 
Núñez de Arce lo es más por obra de las cir- 
cunstancias, de sucesos históricos extraños á 
•él, que le dominan y que le obligan al reco- 
nocimiento de su impotencia y á la insignifi- 
cancia de las fuerzas humanas. Al hablar de 
su pesimismo, debemos hacerlo en sentido 
relativo, ya que no es un pesimista propia- 
mente tal, por obra de su propia naturaleza, 
sino mas bien un temperamento naturalmente 
optimista, á quien la corriente de la vida, la 
fuerza mayor de los sucesos coloca entre ma- 
les que no puede remediar y que debe presen- 
ciar forzosamente, entre fuerzas morales es- 
tenuadas y la acción anémica. 

Á los pocos momentos vimos entrar á don 
Gaspar Núñez de Arce. Es de estatura menos 
que mediana — diríase que el inmenso desarro- 
llo de su espíritu ha perjudicado el desarrollo 
de su cuerpo; de pelo. entrecano, grandes ojos, 
sumidos en hondas ojeras de esas que trazan 



EN CASA DE NÚÑEZ DE ARCE 69 

en los hombres de corazón los años, las emo- 
ciones, las luchas, los vendábales de una vida. 
agitada. 

El señor Núñez de Arce nos recibió con 
sumo cariño, ofreciendo al señor Matte el 
asiento de honor, y sentándose, á su vez, jun- 
to á su mesita de trabajo, de nogal tallado,, 
sobre la cual se levanta una elegantísima lám- 
para cubierta con una enorme pantalla, al< 
estilo parisiense. 

Lo primero que hizo fué preguntar por Chi- 
le al señor Matte, pidiéndole detalles y noti- 
cias. Comprendía que lejos de la patria lo 
que más se ama es el recuerdo de la patria. 

— Muy pronto, dijo, se repondrán Vds. de 
la guerra civil que han sufrido últimamente; 
no sólo por la vitalidad propia de los países 
jóvenes sino también porque Vds. no están su- 
jetos á las enormes cargas que nos abruman y 
nos aplastan en Europa. Vds. no tienen la paz 
armada, los enormes ejércitos que devoran las 
riquezas y la vida, junto con los mejores años 
de las generaciones jóvenes, paralizando el 
trabajo y sobrecargando á la industria de im- 
puestos. 

Tampoco tienen Vds. la otra plaga terrible 
que consume á la Europa, el socialismo... 



70 LUIS ORREGO LUCO 

En América disponen todavía de inmensos 
territorios no cultivados, donde hay campo y 
facilidades para todos, donde la lucha por la 
vida casi no existe. Entre Vds., las preocupa- 
ciones y los errores no tienen tan hondas raí- 
ces como acá, y son, por el contrario, fáciles 
de combatir y de extirpar por completo... 

Núñez de Arce tiene gran fe en el porvenir 
de la América. 

Conoce á muchos de nuestros literatos más 
distinguidos. 

Nos habló de don Miguel Luis Amunáte- 
gui, cuya muerte nunca será suficientemente 
lamentada. Preguntó con interés por don Gre- 
gorio Amunátegui, que tan íntimamente se le 
unía por las semejanzas del espíritu. 

La historia de don Diego Barros Arana, le 
mereció grandes alabanzas al talento serio de 
los chilenos que indiscutiblemente, nos dijo, 
se han distinguido en el cultivo de la historia 
americana. Después del señor Barros Arana 
habló de don Crescente Errázuriz, de Soto- 
mayor Valdés y de Vicuña Mackenna. 

El señor Matte le preguntó si había cono- 
cido personalmente algunos literatos chilenos. 
Hizo recuerdos entonces de don Guillermo 
Blest Gana 



EN CASA DE NÚÑEZ DE ARCE 7 1 

— Si no es indiscreción, señor, le dije ¿por 
qué no escribe V. ahora? Los americanos con- 
sideramos su silencio como una pérdida para 
nosotros. 

— Estoy enfermo... mal... luego nunca fal- 
tan preocupaciones de diversos órdenes. 

— La política, tal vez... 

— ¡Oh! ¡nó!... le diré á V. que estoy can- 
sado con ella, y si no la dejo del todo, es por 
consecuencia para con mi partido y con mis 
antiguos compañeros políticos. 

El señor Núñez de Arce ha sido Ministro de 
la Corona varias veces. 

— Me extraña, señor, le dije, esas expresio- 
nes en V... el poder debe tener fascinaciones 
para espíritus como el suyo. 

— Por el contrario... nada hay más triste 
que esos puestos, desde los cuales pueden ver- 
se de cerca las miserias y vanidades de los 
hombres, sus dentelladas de lobos hambrientos, 
las terribles exigencias de la lucha por la vida. 
El ánimo se contrista en presencia de tantas mi- 
serias como le muestra la naturaleza humana. .. 

Al oir su voz grave, triste, se comprende que 
el poeta suele obedecer á las melancolías inte- 
riores del hombre. 



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MIBCEIIIO MIl'iM I PEL1T0 



Observa Matthew Arnold, con justicia, á 
mi entender, que el principal esfuerzo de las 
literaturas, así en Francia como en Alemania, 
y en la inteligencia de Europa en general, 
tiende al sentido crítico, de algunos años á 
esta parte, y procura, en todas las ramas del 
humano entendimiento, ver los objetos como 
son de por sí, en historia como en filosofía, 
en arte como en teología y en ciencia. Diríase, 
en presencia del poderoso movimiento crítico 
de este siglo, que nos sentimos sobrecogidos 
y dominados por un ansia de verdad y de sin- 
ceridad, por una sed profunda de comprensión 
de la vida, que exige en arte y en ciencia, en 
poesía tanto como en filosofía el soplo de lo 
viviente, la animación propia del ser humano, 
la vibración de los nervios, el bullir de la 



74 LUIS ORREGO LUCO 

sangre en las arterias, algo que palpite y que 
se mueva con organismo propio. Podemos 
decir de la crítica, sin faltar un punto á la 
verdad, que no ha sido antes ni sombra de lo 
que es ahora, aumentada poderosamente su 
importancia, transformado en un todo su con- 
cepto, radicalmente diversas las ideas de hoy 
de las que antes la informaban, más vibrante, 
más humana, más dominada por la influencia 
del medio y en hora histórica más favorable. 

En este punto, es menester que insistamos 
con particular detenimiento, ya que el poder 
crítico, así como el poder creador, ni en todas 
las edades, ni en todos los momentos sociales 
se mantiene con un mismo vigor ni con igual 
lozanía. Acontece á las sociedades lo propio 
que á los hombres: si bien la unidad del tem- 
peramento se mantiene, las sacudidas de acti- 
vidad, de impresión, de creación y de ensueño, 
se alternan con decaimientos y pobrezas, con 
horas en que el poder vital aparece menosca- 
bado, con horas de laxitud, con días de cata- 
lepsia moral que no son la ruierte, pero tam- 
poco responden á las muestras de la vida. 

Volviendo los ojos al pasado, encontramos, 
al iniciarse la época moderna, un afán inquie- 
to de mundos nuevos, un ansia de horizontes 



MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO 75 

ignorados, el amor al azar llevado á la locura, 
un valor moral sobreexitado : esa época ha 
«ido llamada la de los grandes viajes y los 
grandes viajeros. Vasco de Gama, Cristóbal 
Colón, Hernando de Magallanes, se daban á 
la mar en condiciones que hoy día no alcan- 
zamos siquiera á concebir. No se trataba, en- 
tonces, de un movimiento meramente indivi- 
dual, -sino de un movimiento colectivo, que 
obedecía á una tendencia intelectual y mate- 
rial de la sociedad en esa hora. 

Esa tendencia nerviosa que se traducía en- 
tonces por una como locura y afán de activi- 
dad, toma en los diversos momentos históricos 
una forma diversa. En el siglo diez y ocho 
se halla encarnada en sentimiento crítico, de 
tendencias crítico-religiosas, vagamente gene- 
rales, desprovistas del sentimiento de la reali- 
dad de las cosas, con mucho de subgetivo en 
sí, durante el siglo pasado; en el siglo presente 
ha revestido nueva forma, de mayor consisten- 
cia, más cercana á la vida y más informada en 
la naturaleza de las cosas. La crítica de ayer, 
generalizadora de por sí, parecía envuelta en 
anchos círculos ideales, vagos, indefinidos, que 
obedecían en parte al soplo de la fantasía in- 
telectual, inconscientemente demoledora; la 



76 tUIS ORREGO LUCO 

crítica del día, ha emprendido un camino más 
modesto, analizando el hecho, tomando cami- 
nos de experiencia con paso lento y seguro, 
para avanzar constantemente, sin verse en la. 
dolorosa y desalentadora necesidad de retro- 
ceder lo adelantado. 

Junto con hacerse el arte más social y más 
humano, por ley derivada de la naturaleza de 
las cosas, el análisis y la crítica han asumido 
por derecho propio un lugar que antes sin 
duda no tenían. Compréndese que en los tiem- 
pos de creación de las literaturas y de las so- 
ciedades fueran posibles los poemas de Ho- 
mero, los Niebelungen, el Ramayana y los 
poemas indios; iniciado el espíritu crítico,, 
perdida la florescencia primaveral de las so- 
ciedades y la poesía sencilla de las costum- 
bres primeras, debía la literatura asumir otra 
forma que, de variación en variación, por evo- 
lución lenta, ha venido á dar en la moderna. 
Á cada paso dado en el sentido de la nueva 
evolución, se avalora la influencia de la críti- 
ca, se extiende y se amplía su poder, hasta el 
punto de que haya podido exclamar con justi- 
cia un crítico célebre: 

»'Es obra del poder crítico esto de investi- 
gar en todas las ramas de los conocimientos, 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PEI.AYO 77 

en teología, en filosofía, en historia, en arte, 
en ciencia, lo que realmente existe. De este 
«iodo se tiende á intelectualizar las situacio- 
nes de manera que el poder creador pueda 
eficazmente aprovecharlas. Tiende á estable- 
cer un orden de ideas, ya que no absoluta- 
mente verdadero, á lo menos exacto en com- 
paración con aquél que desarraiga, produ- 
ciéndose de manera que prevalezcan los modos 
<ie pensar mejores. Al presente, las nuevas 
ideas informan la sociedad, el toque de ver- 
dad es el toque de vida, y el moverse y el 
crecer en todas partes; de este crecimiento y 
de esta actividad provienen las grandes épocas 
creadoras de la historia, n 

Ahora bien, limitando nuestras observa- 
ciones, y dejadas ya estas consideraciones 
sobre la marcha general del ingenio y de la 
sociedad—consideraciones que tienden á con- 
vertirse en excesivamente abstractas é impal- 
pables — es de observar que un poeta, por 
ejemplo, ha de conocer la vida y el mundo 
antes de expresarles en poesía; y siendo la 
vida y el mundo en los tiempos modernos 
cosas por extremo complejas, la creación de 
un poeta moderno, para que algo signifique, 
ha de implicar un grande esfuerzo crítico 



78 LUIS ORREGO LUCO 

antes de ella; de otro modo, será cosa estéril,, 
breve y relativamente pobre. De aquí pro- 
viene que la poesía de Byron tenga tan poca 
duración en sí, en tanto que la de Goethe 
posea mucha; así Byron como Goethe, tenían 
gran poder de producción, pero Goethe lo 
alimentaba con un grande esfuerzo para asimi- 
larle materiales verdaderos, en tanto que 
Byron no lo hacía. Goethe conocía la vida y 
el mundo, asuntos necesarios del poeta, mu- 
cho más comprensiva y más intensamente que 
Byron. Sabía mucho más de ellos, y mucho 
mejor lo que eran en la realidad.,! 

La importancia del sentimiento crítico en 
la producción moderna se encuentra justa- 
mente avalorada en esas líneas. Pero sólo es 
exacta á nuestro entender, en cuanto se refiere 
á la nueva crítica de alcances artísticos y 
sociales, compleja, empapada en elementos 
modernos, informada y refinada por exquisi- 
tas sensaciones que antes no se comprendían 
y que ahora parecen necesarias, envuelta en 
infinitos hilos y tejidos. Sería inexacta si se 
refiriese á la crítica árida, pedantesca y demo- 
ledora de otro tiempo. 

Esa crítica, encerrada principalmente en los 
estrechos moldes de la forma y de un deter- 



MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO 79 

minado criterio, sea científico, sea literario, 
fuera del cual no había salvación, ha caído en 
desuso. El papel de la crítica se ha extendido 
y se ha humanizado; encamínase ahora, más 
que en otro tiempo, á la solución de proble- 
mas morales que antes parecían indignos y 
extraños á las preocupaciones del hombre de 
pensamiento. 

Parece que el raro bullir de las masas, 
que los vapores de dolorosa exhalación de 
sentimientos, que el humilde y desconocido 
sufrir de los anónimos, que los fermentos 
sociales, antes descuidados, hubieran con- 
cluido por adueñarse lentamente de las almas 
pensadoras y por cobrar á los ojos del filósofo 
la importancia que la célula tiene á los ojos 
del naturalista; de aquí proviene, sin lugar á 
duda, esa marea creciente de la crítica, dueña 
y señora hoy de la ciencia y del arte. 

Hay que atribuir ese dominio á otro factor 
que sería injusto dejar en el silencio; no sólo 
es debido á necesidades sociales más estensas 
y mejor comprendidas, sino también á que la 
crítica asume nuevas formas. Admite hoy, 
más que nunca, elementos humanos y ele- 
mentos artísticos, bnsca no solamente la ver- 
dad, sino la manera plástica de expresarla, el 



80 LUIS ORREGO LUCO 

medio más adecuado para ponerse en comu- 
nidad de almas, para hacer vibrar á las de- 
más al propio diapasón nuestro. De aquí 
también la importancia del arte y de la ima- 
ginación en la crítica moderna. 

La falta de estos elementos modernísimos 
ha privado á Kant, á Fichte, á Krause, de la 
influencia á que tenían legítimo derecho, es- 
trechando, junto con su influencia, la esfera 
de su acción. Si hubiéramos de citar nom- 
bres, para hacer más claro el valor de este 
concepto, nos bastaría con citar á Renán, á 
Taine, á Brandes, á Ruskin y Arnold que 
han introducido de manera triunfal las nuevas 
formas. Se dirá que los primeros, Kant y He 
gel, Hartmann y Schopenauer, ante todo 
eran generalizadores y metafísicos abstractos 
en tanto que los últimos se encuentran infor 
mados por la escuela positiva y objetiva, par 
ten de los hechos aislados para llegar á las 
conclusiones y á las generalizaciones, tienen 
por la fuerza de su propio método que ocu- 
rrir á las realidades de la vida en busca de 
elementos, y de aquí la mayor vitalidad y 
emoción de sus obras. 

Con ser esto así, no podría discutirse tam- 
poco el estraordinario progreso de la imagina- 



MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO 8l 

ción y del arte en la crítica, acortándose la 
distancia que la separa de la novela, como si 
hubiera de correr por ambas un mismo soplo 
escapado al alma social. El crítico tiene que 
ser ahora un analizador á la vez que un poeta. 
Si el progreso no es más, como sostiene Spen- 
cer, que una mayor complejidad y refina- 
miento de las cosas que pasan del molusco al 
ser vertebrado y nervioso, el progreso en la 
crítica tiende a llevarle mayor cantidad de 
creación, de fantasía, de vida y de plastici- 
dad al análisis que desentraña lo más hondo 
de las cosas y las reconstruye. La parte ma- 
temática, química y filosófica del vivir se 
envuelve en manto de poesía, en velo sutil 
de imaginación y de arte. Cuánto va de este 
concepto al antiguo concepto de la crítica, 
en que ésta era un simple guardia civil gra- 
matical o filosófico, es difícil de medir. 

La teoría darwiniana, ó más bien el con- 
cepto del transformismo, que domina por en- 
tero en la ciencia, informa, por un proceso 
análogo, el arte y la crítica modernas, impone 
el estudio del medio, la adaptación á él, la 
selección, la herencia y junto con los hilos 
analíticos levanta el papel de la anécdota, del 
detalle personal, del documento. Ese colorido 



82 LUIS ORREGO LUCO 

de las anécdotas pasadas, de cosas rancias, 
de papeles amarillentos; esa luz de pergami- 
nos cubiertos de polvo y roídos de gusanos; 
ese olor de añejo; ese ansia de cosas vividas; 
ese extraño residuo de generaciones olvidadas 
y de cosas que no son, exije un especialísimo 
y original temperamento de artista para dar 
su nota, su bajo relieve, su jesto, en la crítica 
moderna. Es de advertir que con tales jestos, 
bajos relieves y notas únicamente, pueden 
reconstituirse las maneras de ser y los estados 
de alma ya pasados. 

Sin esas menudas, y al parecer insignifi- 
cantes observaciones, sin esos detalles ínfimos 
no habría sido posible, á historiadores como 
Taine, la ejecución de su retrato de Napo- 
león I, tan lleno de vida- y de complejidad 
grandiosas, elaborado como resumen de una 
masa social, de una época, de las aspiraciones 
y flaquezas de una raza, con todo lo que tiene 
de frájil, deleznable é impuro, mezclado á la 
savia robusta y viril de ciertos impulsos no- 
bles. 

Todo esto acude involuntariamente á mi 
espíritu, quizá por vía de sujestión, al consi- 
derar las tendencias de Marcelino Menéndez 
y Pelayo que, en compañía de don Juan Va- 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO 83 

lera y don Antonio Cánovas del Castillo, 
marca de una manera poderosa, y con sello 
personal, las nuevas corrientes del espíritu 
español en las postrimerías de este siglo. 

Es digno de ser considerado, y ofrece lugar 
á muchas y muy hondas cavilaciones, el he- 
cho de que Menéndez Pelayo encarne de ma- 
nera tan cabal y completa las teorías novísi- 
mas, las corrientes últimas del modo de pensar 
contemporáneo. Esto no habría de extrañar, 
si se tratara de un espíritu desarrollado en el 
centro filosófico de las escuelas alemanas, ó 
en el medio positivista del mundo científico 
inglés; pero es digno de observación cuando 
se considera que Menéndez Pelayo ha nacido 
y se ha vivificado en un centro católico, que 
palpita y alienta abrazado en las ideas ortodo- 
jas, en las creencias más sinceras y en la fe 
más pura. El espíritu evolucionista que infor- 
ma las corrientes del espíritu en la vida mo- 
derna, ha penetrado en él por manera verda- 
deramente maravillosa, le ha vencido, le ha 
dominado y ha concluido por hacerlo suyo. 
Diríase, á primera vista, que Menéndez Pela- 
yo es un ejemplo vivo de lo que llamaba 
Hartmann las ideas y los sentimientos refle- 
jos, de esas evoluciones y movimientos que se 



84 IUIS ORREGO LUCO 

verifican en el alma como á hurtadillas, sin 
que tenga ésta la conciencia de lo que sucede 
en sus dominios. El campo de la psicología 
es tan inmenso; tan ilimitados los horizontes 
que á poco andar se nos ofrecen; tan comple- 
jos esos resortes ocultos que mueven nuestro 
ser, que no es de extrañar en los hombres más 
sinceros y de mejor buena fe esas tan raras y 
al parecer, inconcebibles anomalías, esas per- 
sonalidades morales dobles encerradas en una, 
como las cajas chinas, pero en la inconsciencia 
absoluta la una de la otra, como dos locatarios 
que habitasen una misma casa sin hallarse ja- 
más, hasta ignorando su existencia mutua. 

Al recorrer las obras de Menéndez Pelayo, 
al admirar la multiplicidad de puntos de vista 
nuevos, lo hondo y exacto de sus apreciacio- 
nes psicológicas, al ver cómo penetra en lo 
íntimo de un escritor y en los caracteres de 
una época por caminos derivados de la ciencia 
positiva, sin lugar á duda, no sabemos qué ad- 
mirar más, si el vigor poderoso de su ingenio, 
ó si la frescura y lozanía de su espíritu. 

Ha recorrido el sendero peligroso, y al pa- 
recer insalvable, sin atravesar por las agonías 
dolorosas de Renán en San Sulpicio, cuando 
atormentaba su espíritu la duda, perdido en 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO 85 

sombría oscuridad entre las para él, inconci- 
liables contradicciones de la hexégesis hebrai- 
ca. El alma de Menéndez Pelayo, inundada 
en claridades y optimismos, no ha cruzado 
esas crueles cimas de la agonía moral, ni dirá 
con el grande incrédulo: 

H ¡ Felices los niños que no hacen más que 
soñar y dormir y no piensan en comprometerse 
en esa lucha con Dios mismo !m "Veo, en torno 
mío, hombres sencillos y puros, á los cuales 
el cristianismo basta para ser felices y vir- 
tuosos. ¡Ah! Que Dios les preserve de que 
nunca despierte en su interior aquella facul- 
tad miserable, aquella crítica fatal que reclama 
tan imperiosa satisfacción y que, una vez sa- 
tisfecha, deja en el alma tan escasa dulzura en 
el goce. ¡Pluguiera á Dios que dependiera 
de mí el suprimirla! No habría de retroceder 
ante la amputación, dado caso que fuera lícita 
y posible. El cristianismo basta para satisfa- 
cer todas mis facultades exceptuada una sola, 
quizás la más exigente por ser como el juez de 
todas las demás. ¿No habría por acaso con- 
tradicción palmaria en imponer la convicción 
á la facultad misma de la cual la convicción? 
emana? Sé, de antemano, que el ortodojo 
puede decirme que por culpa mía he caído en* 



86 LUIS ORRRGO LUCO 

semejante estado. No discutiré; nadie sabe 
si es digno de amor ó de odio.n 

"Con gasto diría: "Fué mi culpan si hubieran 
de compadecerme los que bien me quieren. n 

Menéndez Pelayo, con sentido crítico extre- 
madamente poderoso, ha recorrido, sin embar- 
go, los mismos caminos, conservando intacta 
y viva esa como florescencia del alma, tan 
frágil y delicada que una vez trizada ya está 
rota. Es de admirar, en la vida, cómo espíri- 
tus de grandes vuelos, sometidos á una disci- 
plina moral que tiene mucho de análogo, 
templados en fuentes parecidas, sometidos á 
una misma escuela entre escolástica medioeval 
y teológica, llegan á resultados por todo 
extremo distintos. No se dirá, por ejemplo, 
que haya grandes divergencias de origen y de 
medio, en el sentir, entre un Renán, nacido 
en el misticismo soñador y religioso de Bretaña, 
en aquella ciudad de Treguier fundada por San 
Tudwaldo entre las emanaciones monacales de 
un medio esencialmente católico, donde las 
tradiciones reinaban omnipotentes, consagra- 
das ya por la oración y el sacrificio, entre 
horizontes de catedrales y una atmósfera como 
de la Edad Media, por una parte, y el sentir 
de Menéndez Pelayo, nacido en pleno corazón 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO 87 

de la España católica y ortodoja por la otra. 
Lo que ha llevado á estos dos grandes críti- 
ticos á resultados tan diversos, es principal- 
mente debido á divergencias íntimas en el 
temperamento personal y en el temperamento 
de raza. Acaso también Menéndez ha com- 
prendido el cristianismo de la manera más 
especialmente artística y clásica de la escuela 
de Monseñor Dupanloup, en tanto que Renán 
prefería la ruda y sólida escuela de San 
Sulspicio y esto por divergencia de fibras 
morales, por movimientos instintivos y nó 
razonados del espíritu. Hay algo de más apa- 
sionado, más resuelto, más vigoroso, en el 
espíritu de Menéndez, que le inclina á lo 
absoluto, que avalora en su espíritu el coefi- 
ciente de la fe; eso echamos le menos en el 
espíritu de Renán, envuelto en brumas de va- 
guedades, atemorizado en sus audacias, flotante 
é incierto en sus horas de resolución — á tener 
esas fibras quizás hubiera resultado un místico. 
De aquí, el punto de divergencia en dos carre- 
aras tan diversas, que parten de un mismo 
oríjen relijioso, en dos temperamentos críticos 
tan fuertemente pronunciados. 



88 LUIS ORREGO LUCO 

Tenía vivísimos deseos de conocer personal- 
mente y de tratar á Marcelino Menéndez y 
Pelayo. Los primeros tomos de su Historia 
de las ideas Estéticas en España le habían 
señalado uno de los gt andes puestos en la 
crítica moderna, aun entre nosotros, tan poco 
dados al estudio de las cosas de la madre 
patria, que no apreciamos en todo su valer 
más por ignorancia que por falta de afecto 
cariñoso. Dije, pues, á Francisco de Icaza, 
que uno de mis mayores deseos era conocer á 
Marcelino Menéndez, á quien admiraba desde 
hacía mucho tiempo. 

— Pues nada más sencillo, me repuso, espe- 
cialmente hoy que es Domingo, único día en 
que recibe. Pretender hallarle otro día en su 
casa sería pretender lo excusado. Pongámonos 
en marcha. 

Dicho y hecho. 

Subimos por la calle de Alcalá hasta la 
Puerta del Sol, cruzada por innumerables 
tranvías preparados á partir en distintas direc- 
ciones, transeúntes que se codean, chulos, có- 
micos, toreros, estudiantes, mozos de cordel, 
chicos vendedores de periódicos, Manuelas,, 
coches íle gala. En suma: por todo un resumen 
cómico y alegre del Juicio final tomado á lo 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO 89 

flamenco. Las puertas de los innumerables 
cafées se abren y se cierran incesantemente, 
entre aquel rumor sordo, aquel tumultuoso 
clamoreo humano, que tiene mucho de preci- 
pitado y rápido, algo de comedia improvisada, 
de movimiento y zumbido de colmena, con un 
vago recuerdo como de punteo de guitarra ó 
tañer de pandereta en sordina. Los edificios 
de cinco pisos, cuajados de ventanas» enseñas 
de barberías ó rótulos dorados de fondas, limi- 
tan y encajonan los vastos ámbitos de esa vasta 
plaza llamada Puerta del Sol, que tiene algo de 
Foro y algo, á la vez, de circo. 

De aquí parte la Calle del Arenal, donde 
se halla situada la Fonda de las Cuatro Nacio- 
nes, residencia ordinaria de Marcelino Menén- 
dez y Pelayo. 

Es de advertir, por vía de paréntesis, que 
al señalar detalles tan menudos é insignifican- 
tes, al parecer, tomo en cuenta lo mucho que 
influyen unas impresiones en otras; como los 
detalles preparan el ánimo y producen cierto 
estado previo de espíritu, á la manera del 
fondo y de las pinceladas rudimentarias de un 
cuadro. Las ideas y los sentimientos se des- 
prenden de una sensación indefinida y confusa. 

El Hotel en que vive Menéndez, bien po- 



90 LUIS 0RREG0 LUCO 

dría figurar entre los de quinto orden en 
cualquiera parte; en España es, solamente, 
de segundo. La entrada es sórdida, obscura, 
mezquina, algo así como yo me figuro que 
debía ser la casa de pensionistas del Papa 
Goriot, de Balzac. Después de recorrer unos 
corredores obscuros como socavones de mina, 
llegamos á las habitaciones de Menéndez Pe- 
layo. Cuanto va, pensé yo entre mí, de las 
casas lujosas de los escritores franceses, llenas 
de cuadros y de bibelots, que los aplausos, la 
admiración del público y el éxito han amon- 
tonado en sus palacios, al cuarto modestísi- 
mo, casi monacal, en que me recibe en este 
instante una de las glorias de las letras espa- 
ñolas. Volví á mirar el cuarto, las murallas em- 
papeladas con papel barato, la mesa ordinaria, 
el sofá desvencijado, el mobiliario modesto, y 
luego la fisonomía risueña, franca, alegre de 
Menéndez, el desenfado cariñoso, la soltura 
plácida. Ese mismo aire risueño, amable y 
sencillo tenía también cierto gran señor que 
me hizo los honores de su palacio. La verda- 
dera superioridad es modesta y sencilla en lo 
íntimo. 

Por extraño proceso del espíritu, juntando 
la sensación de estrépito, de bullicio, de final 



MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO 91 

de acto en la Opera, que había despertado en 
mí la travesía de la Puerta del Sol, con la 
■expresión de plácida tranquilidad impresa en 
la fisonomía del escritor con quien me hallaba, 
la sentí más fuertemente, á la vez que algo así 
•como si yo me hubiera contagiado con ella y 
fuese más dueño de mí, más señor de mi pro- 
pia persona, penetrado del sentimiento qu* á 
mi interlocutor dominaba, por uno de esos 
procesos morales que no nos explicamos á 
nosotros mismos. 

Menéndez Pelayo es de mediana estatura, 
más inclinada á baja, de color pálido, larga 
barba negra, con ese brillo excesivo propio 
del azabache; de aquí resulta, entre la negru- 
ra de su barba y la palidez de su color, una 
fuerza de contraste que imprime carácter á 
toda su fisonomía. Su frente, vastísima y ter- 
sa, frente de soñador y de pensador, más que 
temperamento de sabio revela el temperamen- 
to de un artista. Sus ojos tienen expresión de 
suavidad y de bondad, con ciertas alternativas 
de inquietud, de nerviosidades ocultas, de 
anhelos que se abren paso involuntariamente 
y que luchan con la aparente placid ez. 

Luego conversamos de varias cosas indife- 
rentes; al hablar, parecía que las ideas se 



92 LUIS ORFEGO LUCO 

atropellaban las unas a las otras, de lo cual* 
resultaba cierta dificultad, cierta vacilación en 
su palabra. Desde que le vi me pareció co- 
rno que sentía una revelación sobre el fondo 
mismo de su carácter. Hay en su alma un 
fondo de pasión velado por las arideces y por 
las frialdades del crítico, dominado al parecer,, 
pero fácil de percibir. Y luego, al considerar 
atentamente su fisonomía, que tiene algo de 
los retratos de monje de Zurbarán, creo vis- 
lumbrar un fondo como de místico; nacido en 
otra época y lejos del movimiento mundanal 
y moderno que le envuelve, tal vez hubiera 
sido un asceta ó un soñador religioso. Ese 
tinte de pasión oculta, poderosa y activa, ha 
sido tal vez lo que ha dado á su existencia 
rumbo tan diverso del tomado por Renán, ese 
gran crítico educado igualmente en un medio 
religioso. La fisonomía de Menéndez, es la 
fisonomía de un creyente, y deja fácilmente 
columbrar, nó sólo que ese hombre cree, sino 
que debe necesariamente de abrigar una fe 
sincera, ardorosa, batalladora, una de esas 
creencias que dan carácter á una vida y que 
llegan á convertirse en fuerza irradiante y en 
motor incontenible. Hay en el brillo sombrío 
de sus ojos, en el carácter ascético de su fiso- 



MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO 93 

nomía una resurrección medioeval, con sus ar- 
dores, sus entusiasmos y sus ensueños. 

Vestía Menéndez Pelayo un traje de ameri- 
cana á cuadros plomos y negros todo salpicado 
de manchas de tinta; mordía entre sus dien- 
tes un mango de pluma que se había comido 
casi por entero, probablemente mientras me- 
ditaba una de esas interesantes y admirables 
páginas que hemos saboreado todos. Es, no 
sólo despreocupado, sino también distraído, 
se absorbe por entero dentro de sus propias 
ideas y olvida el mundo exterior, para seguir 
por esos caminos imaginarios, tanto más agra- 
dables y más nobles que estos que por todas 
partes nos rodean. Señalo estos destalles ni- 
mios porque ayudan á esclarecer y á compren- 
der una fisonomía moral, más por lo que su- 
rgieren que por lo que dicen. 

Conversamos algo de Chile, por el cual 
manifestó Menéndez curiosidad y simpatía Le 
interesaba particularmente cuanto se relaciona 
con Arauco y con la heroica lucha mantenida 
por los indios en contra de las fuerzas espa- 
ñolas, exigiendo al Rey más dinero y más 
hombres que el resto de la América junta. 

— Dígame V. ¿se encuentran actualmente 
sometidos los indios? 



94 LUIS ORRRGO LUCO 

— Sí, señor, á lo menos en parte. Pero es 
menester que lo confesemos, para vergüenza 
nuestra. No les hemos vencido y esterminado 
por la fuerza de las armas sino... por medio 
del aguardiente. A la verdad, nosotros hemos 
descubierto medios más feroces de destrucción 
que los rifles Mauser, los proyectiles de dina- 
mita y la pólvora sin humo: el aguardiente de 
grano basta para borrar pueblos enteros de la 
superficie de la tierra. Así hemos vencido á 
los indios. Esto, no obstante, aun quedan 
algunos millares que vagan con sus tribus por 
los bosques, envueltos en perpetua guerra, 
independientes y soberanos, tratando de po- 
tencia á potencia con el Gobierno de nuestra 
República. 

En seguida hablamos de Pedro de Oña, de 
Alonso de Ercilla y Zúñiga y de la Araucana. 
Confieso que me sorprendió el vastísimo cau- 
dal de conocimientos de Menéndez, aquel 
nutrido arsenal de su memoria, en donde todo 
se halla tan bien clasificado como bien distri- 
buido, con una claridad de criterio y una exac- 
titud de juicio que pasman. No se podría 
repetir de él ese juicio que un letrado chino 
formulaba sobre Gladstone, después de lar- 
guísima conversación en que el político inglés 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO 95 

había disertado largamente á propósito del 
Celeste Imperio: "¡Qué hombre tan maravi- 
lloso! lástima grande que haya expresado tan- 
to disparate sobre China. u Menéndez sabe de 
todo, y cuanto dice, es acertado, sobrio y se- 
guro. 

En el curso de la conversación se trató de 
Bourget y de su último libro de aquella época: 
Las Sensaciones de Italia, 

— Ahí tienen Vds., agregó Menéndez, un 
ejemplo de esa tortura del alma contemporá- 
nea que se desvive por lo nuevo. Todo nos 
parece gastado, todo viejo, todo pasado de 
moda. Después de diez y nueve siglos de vida 
en que todo se ha dicho y apuntado, es me- 
nester contemplar esas mismas y viejas cosas 
con ojos nuevos, iluminarlas con nueva luz, 
presentarlas remozadas y hermoseadas á esos 
paladares que no sienten ni siquiera el ají. A 
mi manera de ver, fué muy acertado eso de 
que Pablo Bourget fuese á la Umbría en busca 
de nuevos aspectos de la vieja Italia, resuci- 
tando artistas italianos, genios muertos en la 
penumbra como Ghirlandajo, Sodoma y Goz- 
zoly, aquel Juicio Final de Luca della Robbia 
todo blanco y azul. "Hace tiempo, agregó 
Menéndez, que abrigo el propósito de ir á 



96 LUIS ORKEGO LUCO 

Italia; á pesar de que mis ocupaciones y todo 
género de asuntos meló impiden, no desmayo 
en la idea de realizarlo algún día. Será difícil, 
con todo, esto de encontrar algo nuevo en esa 
tierra maravillosa, estudiada, y visitada por 
todos los artistas y por todos los sabios, n 

Le interrogué con curiosidad sobre su mé- 
todo de vida y de trabajo. 

— "Despierto muy temprano, me dijo, y sin 
levantarme de la cama leo dos ó tres horas y 
luego escribo; hay ocasiones en que almuerzo 
en cama para seguir leyendo y escribiendo en 
aquella agradabilísima atmósfera tibia. Lle- 
gada la hora de mi clase en la Universidad 
Central, salgo de aquí, para volver, una vez 
terminada, á mi trabajo. Los demás días es- 
tudio y trabajo hasta las cinco ó seis de la 
tarde. En cuanto ala noche... es mía, agregó 
sonriendo. 

Efectivamente, más de una vez le hallé, 
andando el tiempo, en recepciones aristocrá- 
ticas, vestido con esmero aunque sin preten- 
siones, correcto, sencillo, sin orgullo y sin 
excesiva modestia, en ese término medio de 
buen tono que á los escritores no les es fácil 
de alcanzar. 

He concebido la más alta idea de la discre- 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO 97 

ción y de la hidalguía castellanas, al ver como 
se aprecia y se distingue en la buena sociedad 
española á los espíritus cultos, á los grandes 
ingenios, y el homenaje que se rinde á la 
superioridad intelectual. Sea que de este 
modo se acate el reinado de la fuerza, ya 
que la pluma y el ingenio encarnan, en la 
sociedad moderna, esa hermosísima leyenda 
del Hércules antiguo; sea que el espíritu 
superior posea de por sí la fuerza del imán 
en las sociedades verdaderamente cultas; 
ó que la raza española sea excesivamente 
impresionable y fácil de envolver y de domi- 
nar por las condiciones brillantes del espíritu, 
es el hecho que en España hay el culto del 
ingenio. Es verdaderamente, una grande y 
hermosa aristocracia, de todos admirada y 
de todos respetada; aristocracia que manda 
á la aristocracia de la sangre con el pensa- 
miento político de Cánovas, con la elocuencia 
de Emilio Castelar, con la gracia verdadera- 
mente griega de don Juan Valera, con la 
poesía de Núñez de Arce y de Campoamor, 
con el hondo sentido crítico de Menéndez. 
Si algo pudiese consolar á España de su ma- 
lestar económico, de sus guerras civiles, de la 
pérdida de su influencia continental, es la 

7 



98 LUIS ORREGO LUCO 

vitalidad prodigiosa de su espíritu que entre 
tanta desgracia consigue mantenerse vigoroso 
y lozano, honrado y respetado. Las sociedades 
que acatan y comprenden el ingenio, llevan 
dentro de sí retoños de juventud eterna, sus 
contrastes son pasajeros, sus caídas tan sólo 
momentáneas, en tanto que esas otras olvi- 
dadas de ideales por apetitos materiales de 
la vida, esas que sobreponen el dinero y 
la gramática parda de la política al culto so- 
berano de la inteligencia, cavan con sus ma- 
nos la propia tumba y luego, señalada la hora 
de su término en el reloj de la historia, pasan 
sin dejar más huella que un crédito no 
cumplido y una deuda no pagada. Nada más 
odioso que las ruinas de Cartago, aun con 
Aníbal; nada más bello que las ruinas griegas, 
aun sin Alejandro. 

Trascurrió mucho tiempo después de esta 
visita y tuve ocasión de hallarle alguas veces,* 
pero una dejó especial sensación en mi me- 
moria. 

Recuerdo, como si fuera solamente de ayer, 
la impresión que me produjo la cabalgata con 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PEÍ AYO 99 

antorchas, en las fiestas con que Sevilla con- 
memoiaba el Centenario del Descubrimiento 
de América. La multitud inmensa que bullía 
con rumor sordo en aquella inmensa plaza 
iluminada soberanamente; la cabalgata con? 
sus faroles chinescos, revolviéndose como una 
serpiente de luces de colores; el cielo, un 
amplio cielo despejado, cortado por luces de 
artificio, á manera de aereolitos; las músicas 
militares; el clamoreo alegre; los salones del 
Ayuntamiento iluminados a giorno t el brillan- 
te cortejo de Palacio que seguía á su Majestad 
la Reina Regente; la numerosa comitiva de 
diplomáticos y jefes superiores del ejército;, 
los uniformes cargados de oro, los abanicos 
de plumas, los encajes, las brillantísimas toi- 
lettes de las señoras, el murmullo discreto de 
la charla, todo se agolpa y se amontona á un 
mismo tiempo en los recuerdos de aquella 
noche árabe, de féerie á la vez que de en- 
sueño. 

Más de una vez, al ver esos esplendores de 
la noche que sólo tienen cabida en los climas 
andaluces, en que la naturaleza se viste de 
gala por sí sola y se hace inimitable y des- 
lumbrante cuando el hombre la ayuda, medité 
vagamente en lo que debieron ser en otros 



LUIS ORREGO LUCO 



tiempos lejanos las fiestas arábigas. Por más 
que hiciera, me habría sido imposible despojar 
á esa atmósfera del velo del Oriente, Ahora 
veo cómo el día de hoy, de una manera in- 
sensible, se inspira en el pasado; cómo los 
recuerdos palpitan sobre nuestra vida y la 
influencian; cómo las cosas muertas siguen 
creando cosas vivas y enlazándolas invisible- 
mente unas con otras en hilos futuros 

No bien comencé yo á sentir el peso ener- 
vante de la atmósfera, en aquel recinto estre- 
cho para tan numerosa concurrencia, cuando 
tuve la excelente idea de buscar asilo en uno 
de los salones vecinos, desde donde se pudiera 
presenciar el desfile de la cabalgata, sin los 
inconvenientes de la multitud y de la etiqueta. 
Al salir de la Cámara Real tuve la buena for- 
tuna de encontrarme con Menéndez Pelayo 
que subía en compañía de la señora Marquesa 
de Valle de la Reina, la señorita de Manjón, 
y otras ilustres damas que honran á la nobleza 
española con su belleza y con su ingenio. No 
acierto á recordar si la gracia, la amabilidad 
y la sencillez encantadora de las damas, si el 
esplendor excepcional de aquella noche, ó si 
un estado de espíritu y de nervios especialísi- 
mo y raro, hacen que recuerde aquel momen- 



MARCELINO MENENDEZ Y PELAVO IOI 

to casi con gratitud, entre los muchos que pa- 
sara en compañía igualmente distinguida y no 
menos agradable. 

Menéndez acababa de pronunciar un dis- 
curso en un Congreso Católico, si mal no 
recuerdo, y recibía los parabienes de todo el 
mundo. Luego, en medio de mil comentarios 
originalísimos, pasó la Cabalgata, desfilaron 
las luces, en tanto que la noche se iba rápi- 
damente con sonrisas, charlas, versos, frases,, 
diluida en. esa atmósfera oriental que ilumi- 
nan las mujeres andaluzas con su gracia, con 
su originalidad, con su elegancia — ese conjunto 
exquisito que es inútil buscar en otra parte. 
Entonces conocí al otro Menéndez Pelayo, al 
hombre mundano, galante, simpático, algo 
tímido, admirado y buscado por todos, al 
grande ingenio que en la buena sociedad es 
un lujo, tan exquisito y tan apreciado como 
las uvas y ananas en Inglaterra, en la época 
de invierno, ó como un abanico antiguo del 
siglo XVIII, pintado por Boucher, á la hora 
de un baile. 

Diríase que una sociedad, al honrar á sus 
ingenios, lo hace para realzarse á sí misma á 
sus propios ojos, manifestando cuan exquisita- 
mente comprende y cómo no puede vivir sin 



.102 LUIS 0RREG0 LUCO 

los lujos, ni pasarse de los refinamientos mo- 
rales de la vida, así como no le sería dable 
existir si desapareciesen de la superficie de la 
tierra los encajes de Alangón, de Chantilly, ó 
^1 point de Venise. La aristocracia es, de por 
sí, un refinamiento y el ingenio un lujo, y 
si aquella no los posee todos, si se aparta de 
él, toda vez que sea incompleta deja de ser 
aristocracia, conviértese en compañía de segu- 
ros mutuos con un tanto por ciento de prima, 
levanta como escudo un bonete de algodón y 
una caja de conservas. 

Era ya tarde cuando termine) la fiesta. En 
•el instante en que llegábamos al vestíbulo, 
descendía el cortejo real con la pompa solem- 
ne é imponente de otros tiempos, en la plena 
majestad de la tradición y del recuerdo. A 
los acordes de la Marcha real bajaban por la 
escala de mármol cuatro pajes, con sus trajes 
antiguos bordados con las armas de Sevilla y 
el célebre mote "No 8 Do.n (No madeja Do) 
con que el rey pregonó para eterna memoria, 
en tiempos medioevales, la fidelidad señalada 
de Sevilla. Tras de los pajes venía la Reina, 
lentamente, al compás de la marcha real, un 
paje sostenía la cola de su manto. En seguida 
el Presidente del Consejo y los Ministros, de 



MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO IO3 

grande uniforme, la cabeza descubierta, y lue- 
go las damas de servicio, el Cuarto militar y 
el cuerpo diplomático. Veíanse, de modo pal- 
pable, la fuerza de las tradiciones, la raíz vi- 
gorosa de la monarquía en la historia y en las 
costumbres, lo desaparecido renaciendo, la 
solemnidad profunda y triste de las cosas del 
pasado. En aquella imponente ceremonia vi- 
braba lo más íntimo de la España moderna; 
con sólo presenciarla, ya se alcanzaba á com- 
prender mucho del sentido político de Cáno- 
vas, de la crítica de Menéndez, de la poesía 
de Núñez de Arce, de los sentimientos que 
informan el alma de este pueblo, en el cual 
domina, sin lugar á duda, una misma corrien- 
te moral que no serán parte á turbar ni repu- 
blicanos, ni radicales, ni neos, ni carlistas. 
Así acabé de comprender, en medio de aquella 
ceremonia, el sentido artístico, filosófico y so» 
cial de la crítica de Menéndez. 



s 






— ¿Quieres conocer á don Ramón? me dijo 
un amigo, llamando familiarmente al poeta, ya 
que es un privilegio de la celebridad el no 
tener Don, ni ceremonioso tratamiento: — 
¿quieres conocerle? 

— Hombre. . . eso es ofrecerle un vaso de 
vino á un borracho. Hace ya muchísimo tiem- 
po que ardo en deseos de tratarle. 

—Pues, en marcha. 

Salimos del Café Suizo, situado frente ai 
hermoso edificio de "La Equitativan y toma- 
mos por la calle de Alcalá, precisamente en 
la hora en que la población entera de Madrid 
se precipita por esa calle, especie de vena 
aorta, por donde pasa todo el mundo en di- 
rección al Retiro á las cuatro de la tarde, en 
los días de invierno. 



IOÓ LUIS ORREGO LUCO 

El cielo estaba cubierto de nubarrones plo- 
mizos y el aire frío nos azotaba el rostro — un 
viento helado del Guadarrama que parece 
un latigazo. Por la ancha calle de Alcalá hor- 
migueaba una población entera en grandes 
oleadas alegres; los equipajes elegantes pasa- 
ban á todo trote: coches descubiertos que per- 
mitían á las damas lucir elegantes toilettes de 
otoño, dos ó tres grandes breaks á cuatro ca- 
ballos y algunos elegantes dockarts que más 
bien volaban que corrían. 

Al llegar á la fuente de Cibeles que ha ocu- 
pado tanto á los madrileños como la última 
crisis política — procurando celebridad inmor- 
tal á los movimientos estratégicos ó á las vuel- 
tas que la hizo dar el alcalde Bosch. . . al llegar 
á la fuente de Cibeles, torcimos por una de 
las avenidas del paseo, en dirección á la fuen- 
te Castellana. A poco andar doblamos por la 
calle de Recoletos y seguimos andando de 
frente hasta la mitad de la calle, en dirección 
á la puerta de Alcalá. Allí está situada la casa 
en donde vive don Ramón de Campoamor. 

Y tiene su airecillo triste y un no se qué de 
melancólico, esa vía solitaria, situada entre 
los dos puntos más alegres, entre los paseos 
más concurridos á esa hora por todo Madrid. 



CAMPOAMOR I07 

La bulla y la animación de aquella multitud 
de hombres envueltos en capas y chicas acom- 
pañadas de la miss, de ociosos alegres, de 
estudiantes, de paseantes de todas cataduras; 
que dejamos en el paseo, contrasta con la so- 
ledad de esa calle, de casas bien construidas 
y perfectamente alineadas, al estilo moderno. 

Como decía, á poco andar, nos detuvimos 
delante de una casa de modesta apariencia y 
subimos de un solo tirón al primer piso. 

— ¿Está don Ramón? 

— No, señor. . . contestó un sirviente de mi- 
rada maligna, no está. 

Sacamos nuestras tarjetas, las entregamos y 
salimos. 

— Bajemos lentamente, me dijo el compa- 
ñero, porque don Ramón está de seguro en 
casa. La consigna es severa, para impedir que 
le molesten los importunos y los tontos — eter- 
na pesadilla de Campoamor. En cuanto á mí, 
estoy cierto que no hay otro medio de evitarlos 
que enterrarse vivo, y por cierto que no soy 
partidario de morir si giovane. . . 

— ... é si casto é puro, agregué yo en ita- 
liano. 

— Cuando vea nuestras tarjetas nos hará 
llamar. . . 



108 LUIS ORREGO LUCO 

En efecto, apenas habíamos traspuesto los 
umbrales cuando oímos graneles gritos. 

— ¡Psh! Psh! ¡Señores! Señooores!. . 

Era el sirviente que había abierto la ven- 
tana y que gritaba á toda voz, como si la calle 
pública fuera un corredor de su propia casa. — 
Señores, dice don Ramón que está. . . y el 
doméstico nos miró con sonrisa un tanto soca- 
rrona. 

— Ya que está don Ramón, subamos. 

Así lo hicimos rápidamente, se abrió la 
puerta i el mismo don Ramón en persona 
salió á recibirnos con los brazos abiertos. 

— Hombres, qué gusto tengo de veros por 
acá. Si el sirviente me hubiese dicho. . . pera 
hay tantos importunos que le sacan á uno del 
sueño para leerle atentados poéticos en verso 
ó en prosa. .. Yo hago siesta... vivo en los 
trópicos. . . en una especie de Habana sin 
fiebre amarilla pero con mosquitos. . . no lo 
digo por Vds., de ninguna manera, sino por 
los otros, los que recitan ó leen sus obras. . . 
ó las ajenas. 

Lo dijo todo eso de un tirón, sonriendo, con 
una fisonomía extraordinariamente simpática 
y picante, de ojos que brillan exhuberantes 
de vida en aquella su fisonomía de patillas es- 



CAMPOAMOR 109 



pañolas, blancas á la manera de la nieve. Su 
frente, y sus ojos y su boca y toda su persona 
sonreían con indecible gracia. Luego, á pasos 
lentos, sin ruido, pues anda con zapatillas á 
causa de sus reumatismos, nos hizo entrar á su 
salón á media luz, con las cortinas corridas. 
Era una espaciosa habitación de sofaes y sillas 
cubiertas con fundas blancas; en las murallas 
unas cuantas pinturas ó paisajes con aire mar- 
cado de oleografías. 

— ¡Siéntense Vds! Cuánto gusto de tener un 
chileno por acá! Aunque, francamente, hu- 
biera preferido una chilena. . . 

Y luego, encarándose con mi compañero, 
agregó:— ¡Qué mujeres!... esas chilenas son 
admirables! con unos ojos!... Coja V. una 
docena de andaluzas y hará los ojos de una 
chilena. ¡Qué lástima que esté yo tan viejo, 
que si nó, iría á su país de V., y quién sabe 
lo que pasaría entonces, porque soy muy malo, 
sí, amigo Orrego, muy malo!. 4 . 

Y se puso á reir. 

Enseguida, poniéndose algo serio, agregó: 
— Parece que Vds. andan muy revueltos por 

allá, con muchas guerras. . . 

— Nó, señor, si eso se acabó hace tiempo. 

Ahora somos un pueblo de tranquilidad pa- 



LUIS ORREGO LUCO 



triarcal, excelentes ciudadanos que fuman su 
pipa sin daño de nadie. 

— Con que, al fin, ¿es cierto que se mató 
Balmaceda? 

— Sí, señor. 

— ¡Qué lástima!... V T ds. dicen esto... lo 
otro. .. y lo de más allá.. . que era un tal por 
cual pero ¡hombre! si no se ve otra cosa en este 
picaro mundo. Si todos los perillanes se ma- 
tasen, sólo quedaríamos vivos V. y yo... y 
eso... ¡quién sabe! A ver, amigo Orrego,. 
cuénteme V, ese asunto. . . ¿por qué tuvieron 
Vds. su guerra?. . 

Entonces yo tomé la palabra y expliqué al 
gran poeta detenidamente la historia de la 
guerra civil de 1891, con todo género de deta- 
lles, razones y argumentos, como lo hubiera 
hecho delante de un auditorio escogido. De 
repente, Campoamor me detuvo en medio de 
mi disertación con un gesto: 

— ¡Basta! no continúe V. . . 

Y como yo me detuviera sorprendido, agre- 
gó con gran soltura: 

— V. cree que yo le estoy siguiendo todo 
cuanto V. me dice; nó, hombre, no. Á mí no 
me importa un rábano la causa de esas histo- 
rias; si ya sé que Vds. pelearon porque todos 



CAMPOAMOR III 



los españoles somos como los gallos, muy ami- 
gos de pelear. Mientras V. disertaba, yo esta- 
ba ocupado en oírle hablar •, y encuentro que 
habla muy bien el español, pero muy bien. 

Pocos españoles lo hablan tan bien como 
V.... Solóme ha llamado la atención el ver- 
bo presupuestar ; es voz significativa, sonora y 
llena de expresión, que no usamos en España. 
Ricardo Palma anda batallando porque la lle- 
vemos en el Diccionario de la Lengua y dice 
que se suicida si no lo consigue. Presupues- 
tar, de Presupuesto. Yo pido que se su- 
prima también esta otra por inútil y pernicio- 
sa... á lo menos en España. Me parece que 
Vds. no andan mejor. 

Después de respirar un poco, sacó el pañue- 
lo, se enjugó la frente y con su voz llena, flexi- 
ble, de barítono, agregó: 

— Á mime gusta mucho todo lo que vienede 
América, menos los versos porque son muy ma- 
los... peores.,. Los poetas americanos tienen la 
extraña maníade imitar á Quintanay se ponen, 
cuando lo hacen, hinchados como pavos. ¿Por 
qué imitan Vds. á Quintana? sabrán decirme? 
¿Será acaso por aquellos versos que les hizo: 

"¡Oh Virgen del Mundo América inocente !i> 



LUIS ORREGO LUCO 



Que, según parece, les han gustado mucho 
por allá... ¡Inocente! ¡ja! ¡ja!... muy inocentes 
están Vds. ! En cuanto á lo de vírgenes^ yo no 
sé, pero lo dudo... no sé por qué me parece 
dificililla la cosa.,. 

Y Campoamor se puso á reír francamente, 
acompañado por nosotros que le hacíamos coro. 
Hay en su manera de ser tanta gracia, lo dice 
todo con una sencillez y, al mismo tiempo, 
con una socarronería y un humour tan exqui- 
sito que subyuga. Todas sus palabras son chis- 
pas y, en el fondo, se ve un alma sana, un co- 
razón nobilísimo, una inteligencia exuberante 
que se desborda, sin dar tiempo á las expre- 
siones que se chocan, que se agrupan, que se 
multiplican como en un fuego artificial. En 
su manera de ser hay lo que llaman los france. 
ses bon homie encantadora. Una franqueza, una 
falta de convencionalismo, una soltura como 
si se considerase igual á todo el mundo. No 
presume de semidiós que da sentencias sibili- 
nas desde el fondo del tabernáculo, desde lo 
alto de su trono, como Víctor Hugo, á pesar 
de encontrarse á su misma altura, en esas su- 
premas cimas de los grandes poetas, más allá 
de las cuales no es dado subir al ser humano. 



♦3^ 



CAMPOAMOR 113 



— Sí, amigo mío, exclamó Campoamor ¿por 
qué no abandonan en América de una vez la 
escuela declamatoria y vacía de Quintana para 
entrar en la poesía dramática, en la poesía 
verdadera? 

— Porque son muchos los llamados y pocos 
los escogidos... son muchos los que imitan las 
Doloras, sin que pueda conseguirlo más que 
una persona en el mundo... 

— Hombre, es un error de V. Si para ha- 
cer verdadera poesía no tienen más que hacer 
una cosa fácil. Cuando escuchen una historia 
cualquiera de esas que representan cierta faz 
de la vida ó del alma humana escriban, con 
tal asunto, una poesía, tratando de ser breves, 
de condensar sentimientos, de suprimir, de 
condensar siempre — y sobre todo escriban su 
historia con sinceridad... 

Oiga. Voy á contarle una dolora que tengo 
comenzada y que probablemente no concluiré 
nunca porque me he puesto muy flojo, pero 
muy flojo... Un amigo mío me refirió esa his- 
toria, hace algún tiempo. 

Contábame que, allá en sus mocedades, via- 
jando por un lugar apartado de Aragón llegó, 
sin saber cómo, á un punto enteramente des- 
poblado y cubierto de altas rocas. Sólo cardos 



114 LUIS ORREGO LUCO 

y zarzales crecían por allí, á más de uno que 
otro raquítico arbusto. Una manada de cabras 
apacentaba, y alguna más osada, trepada á 
lo alto de una roca, mirábale con sus grandes 
ojos abiertos. Mi amigo no prestó atención ni 
á las cabras, ni á las rocas, ni á la originalidad 
extraña del paisaje; sólo tuvo miradas para la 
pastora, muchacha airosa, de bellísimos ojos 
negros, entrada en carnes, tostada la color, el 
cuerpo esbelto y lozano. Entró en conversa- 
ción con la cabrera, la cogió del talle y de- 
partieron amigablemente un par de horas y á 
la sombra de un hueco formado por las rocas... 
Cuando mi amigo vio que se hacía tarde, 
cogió su caballo, no sin dejar antes á la cabre- 
ra, como recuerdo, todo el dinero que tenía — 
por cierto que no era mucho... 

Mi amigo no volvió á recordar la aventura, 
por su puesto, ya que nada tiene de extraor- 
dinario. Algunos años más tarde, once ó doce, 
paseando nuevamente por Aragón, llegó á una 
aldea en día de mercado. Multitud de aldea- 
nos iban y venían por la plaza, con sus trajes 
pintorescos, sus fajas rojas, sus carros, sus ca- 
ballos y sus bueyes. En esto se descarga un 
grande aguacero que tenía aspecto de no con- 
cluir. Un aldeano, al ver su condición y su 



CAMPOAMOR 115 



estado, acercóse á él y le ofreció alojamiento 
hasta que pasase la lluvia. Mi amigo aceptó, 
por cierto, lleno de gratitud. Condujéronle á 
una casita de la misma plaza, de buen aspec- 
to, aseada, limpia, bien puesta, con sus mesas 
y sus sillas en orden, una estampa de la Vir- 
gen y un retrato del General Espartero ilumi- 
nado con rojo y azul. En todo, aquella casa 
respiraba el desahogo, la tranquilidad, la felici- 
dad campestre. Cuatro chicos jugaban en el pa- 
tio, bajo una carreta; robustos y graciosos todos- 
ellos, cgn aspecto de diablillos vivarachos. 

Llegada la noche, diéronle de cenar y mien- 
tras le escanciaba el vino, le miraba su huéspe- 
da con aspecto curioso, como diciéndole: "yo 
le conozco á V.u Después de una comida con- 
fortable y trato cariñoso, el ama cogió una 
luz y fué á enseñarle una habitación para que 
descansara. Una vez que estuvieron solos, dejó 
la vela sobre una mesa: 

— ¿Me conoce el señor? dijo. 

— Creo que nó. Yo nunca he pasado por 
esta aldea. 

— ¿Recuerda que hace muchos años, via- 
jando por aquí cerca, llegó á un lugar escar- 
pado, donde hay muchas rocas? Allí había 
una manada de cabras... 



IIÓ LUIS ORREGO LUCO 

— Y una mujer, que por cierto era muy 
guapa. 

— Esa mujer era yo. . , Con el dinero que 
V. me dio al despedirse compré ovejas... y 
después una vaca. Hice mis negocitos y me 
casé; he comprado la casita que habitamos y 
una carreta. Ahora tengo muchos hijos, todos 
sanos y gordos ¡gracias á Dios! y un marido 
que me quiere! . . 

En seguida la mujer se calló, púsose triste 
y dejó rodar una lágrima. 

— ¡Y pensar que todas esas felicidades y 
esas bendiciones que he tenido son el fruto de 
una falta!. ..n 

"Ahí tiene V. una dolora, amigo Orregon, 
exclamó Campoamor. 

Nosotros le escuchábamos en silencio, pro- 
fundamente conmovidos. La sencillez con que 
nos había contado la historia, ese aire verda 
dero, simple, su voz de entonaciones de cobre, 
tranquila, natural, daban carácter de exquisito 
sentimiento á ese final melancólico — "¡y pen- 
sar que tantas felicidades y bendiciones eran el 
fruto de una falta, m 

Todo un poema de excepticismo risueño y 
triste, á la vez, iba envuelto en aquel cuento 
que era verdaderamente una dolora y de las 



CAMPOAMOR 117 



más emocionantes que haya concebido Cam- 
poamor. Todo el dejo acibarado de la vida, 
la amargura oculta del alma de las cosas, el 
desengaño del que ha visto pasar tantos suce- 
sos y tantos hombres, con felicidades y con 
penas á la postre inmerecidas, quedaban flo- 
tando como sensación muda. ¡Y pensar que 
ese hombre tan espiritual, tan benévolo, con 
el alma abierta á las impresiones más ¿útiles á. 
la par que realistas, era capaz de concepciones 
tan primorosamente delicadas, tan finas cuanto 
poéticas y que su sonrisa tenía un alcance tan* 
profundo. 

— "Ya ve V., agregó, que la poesía es algo 
más fácil de lo que Vds. creen.. . Todo con- 
siste en tomar la realidad, en pintar las cosas 
como son en sí, no tratando de adornarlas ni 
de falsificarlas. Es tan vasta la vida, tan com- 
plicada, tan llena de cosas extrañas y suges- 
tivas que nos basta con abrir los ojos á la luz 
y mirar lo que pasa en torno nuestro para 
sentir la poesía verdadera. 

En esas palabras y en aquella historia está- 
concentrada, sin duda, la esencia de la poética- 
de Campoamor. Pero olvidaba el gran poeta 
que para sentir y expresar esas delicadezas de 
la vida, se necesita su espíritu genial, su sen- 



Il8 LUIS ORREGO LUCO 

oibilidad casi enfermiza, su fuerza de expresión, 
que tiene toda la plasticidad de la escultura, 
la sonoridad de una música, la melancolía de 
una raza. Las grandes condiciones, los refina- 
mientos de nervios, de medio y de herencia 
que contribuyen á producirlas en un país y en 
un estado social, sólo en rarísimas ocasiones 
logran crearse, y entonces tenemos un gran 
¡poeta — voz vibrante de una época y de un país 
en ciertos momentos de la historia. 

-*- 

Pasados algunos días, volví nuevamente á 
casa de Campoamor que me recibió con tanto 
cariño como la primera vez. Nada le agrada 
como ver jóvenes, sino es vivir en medio de 
«líos y ser consultado á cada instante. Y luego, 
se complace en el trato familiar, como si su 
espíritu esencialmente modesto encerrara el 
verdadero amor á la igualdad republicana. Se 
queja, con todo, en ciertas ocasiones, de la 
excesiva familiaridad con que todos le tratan — 
familiaridad que en el fondo no le disgusta. — 
"A mí, todo el mundo me considera como á 
trasto viejo; uno me introduce la mano al bol- 
sillo de la levita, para ver si ando con versos 



CAMPOAMOR 119 

nuevos; otro me saca el pañuelo de narices del 
bolsillo y se suena con él. . . otro me tira de la 
corbata. . . Amigo mío, á mí me tratan como 
á los presupuestos, todos me echan la ma- 
no. ..m 

Recuerdo que cierto día, á eso de las seis y 
media ó siete de la tarde, paseando por la calle 
de Sevilla, un poco más allá del Café Diván, 
oí una voz que me llamaba: me di vuelta, y 
vi á don Ramón de Campoamor que acababa 
de bajarse de un coche y que me hacía señas. 
Acerquéme; el gran poeta, que apenas puede 
andar á causa de sus dolores reumáticos, se 
cogió de mi brazo para dar un paseo. A esa 
hora, caída la tarde en invierno, la calle de 
Sevilla es un hervidero humano. 

Todas las clases y condiciones sociales se 
mezclan en ese hormiguero que sube por la 
calle de Sevilla, para torcer por la Carrera de 
San Jerónimo y dar luego en la Puerta del 
Sol. La calle, brillantemente iluminada, los 
escaparates relucientes de las tiendas y sus 
muestrarios artísticamente puestos, el ir y ve- 
nir de los coches al paso impaciente de caba- 
llos briosos, todo tiene á esa hora una anima- 
ción y un bullicio entretenidos. Si á esto se 
agrega el rumor de las conversaciones que 



120 LUIS ORREGO LUCO 

comentan los sucesos del día, el último dis- 
curso de Moret, las bombas de dinamita, la 
actitud de Castelar, el toreo de Lagartijo, ó 
el último drama dado y silbado en el Teatro 
Español, rumor que se hace más alto para 
sobreponerse á los ruidos de los carruajes y 
para forzar la atención concentrada en los 
transeúntes, junto con el gritar de los chicos 
vendedores de periódicos que anuncian el. su- 
plemento al Liberal con "la caída del Mi- 
nisterion. .. el espectáculo es más interesante 
aún. 

A Campoamor le encantaba el estar entre 
la muchedumbre y el clamor continuo y las 
caras de las muchachas guapas y los talles 
airosos. — "Mire V., amigo Orrego, ¡qué chica 
más guapa! ¡si son muy felices Vds. los que 
han nacido á fines de este siglo! .. . más que 
nosotros los que nos vamos y que somos invá- 
lidos retirados á cuarteles de invierno. . .« 

Seguíamos en alegre plática hasta la Carrera 
de San Jerónimo, y en llegando á la Librería 
de Fé, nos entrábamos. Allí se reunían á me- 
nudo los más insignes literatos españoles. Don 
Gaspar Núñez de Arce, don Manuel del Pa- 
lacio, Echegarai, y en ciertas ocasiones don 
Juan Valera. El inolvidable don José de Zo- 



CAMPOAMOR 



rrilla solía pasar por allá en los raros viajes 
que hacía á Madrid. En torno de los maestros 
había siempre un coro de literatos jóvenes: el 
doctor Tolosa Lacour, Emilio Ferrari, Novo 
y Colson, y una infinidad más, asistían fre- 
cuentemente á la tertulia literaria de la Libre- 
ría de Fe. Allí reinaba don Ramón, como el 
pez en el agua; todos cele! r aban sus gracias, 
reían sus chistes, aplaudían sus ocurrencias 
originalísimas, porque si algo caracteriza lite- 
rariamente á Campoamor es su sello propio, 
es el ser él mismo, en una época en que todos 
nos vestimos de igual manera, y pensamos de 
igual modo, y comemos los mismos platos y 
hasta sentimos de ropa hecha. .. 

Nada revela mejor esa originalidad encan- 
tadora que la conversación suya en la última 
visita que le hice. Llevaba yo el ánimo since- 
ramente contristado con la idea de irme de 
Madrid, donde había pasado, especialmente 
en los últimos meses, horas deliciosas y cono- 
cido personas encantadoras. Todo el senti- 
miento de la despedida me subía al alma en 



122 LUIS ORREGO LUCO 

oleadas negras. Con todo, la conversación 
chispeante del gran poeta me hizo reir invo- 
luntariamente y me hizo olvidar mi senti- 
miento. 

— "V. no adivina, amigo Orrego, lo que yo 
hacía en el momento en que V. llegó, n 

— Es difícil, en efecto. 

— "Me hacía mi propio reportaje, porque, 
según dicen, el reportaje, interview , como 
llaman ahora en un lenguaje muy feo, está de 
moda. . . Figúrese V. que el director de Blanco 
y Negro le ha mandado á todo el mundo una 
especie de formulario impreso, que lleva el 
nombre de cada uno, y en blanco, sus gustos, 
cualidades y colores que prefiere, tanto en el 
hombre como en la mujer, cosas que cree ne- 
cesario reformar, etc. 

Yo he recibido uno que acabo de llenar, sin 
perjuicio, de que probablemente nunca llegue 
á su destino, ni sea publicado. Luego, calán- 
dose los anteojos, leyó: 

"Ramón de Campoamor % — Cualidades que 
prefiere en la mujet\ LA inconstancia.... 

Todos levatamos la cara con aire interro- 
gativo. 

— "Es indudable que la inconstancia es la 



CAMPOAMOR 123 



mejor cualidad de la mujer, agregó el poeta. 
En cuanto mi propia experiencia me lo afirma, 
puedo asegurar á Vds. que sólo una mujer me 
ha querido con constancia... y esa me tenía 
desesperado! 

Y luego, continuó: 

"Colores que me agradan-, toáoslos colores 
atenuados .. es un credo político-ministerial... 

"Animales que prefiero \ NINGUNO, n 

"En efecto, á mí todos los animales me son 
en extremo desagradables y los evito lo más 
que puedo n 

"Cosas que creo necesario reformar :... LA 
Creación.... 

Y Campoamor se sonrió con toda su fisono- 
mía llena de expresión y de malicia, con esa 
gracia inimitable de los buenos ingenios de 
otro tiempo que da tanto valor á sas palabras. 
El espíritu de Cervantes y de Quevedo, de 
Aristófanes y de Swift no puede morir mien- 
tras exista una raza que produce hombres co- 
mo Campoamor, de ser tan gallardo y tan lo- 
zano. 

Cuando yo estaba á punto de partir, des- 
pués de dirigirme algunas frases llenas de 
simpatía y de emoción, se volvió nuevamente: 



124 LUIS ORREGO LUCO 

"Adiós, amigo Orrego, no se olvide V. de 
mí.... y dígale á sus paisanos de por allá que 
no le crean á Quintana aquello de "¡Virgen del 

mundo, América inocente! u que no le 

crean y que hagan mejores versos y más 

modernos 



II MMÜEL DEL P1L1GI0 



Tenía vivísimos deseos de conocer á este 
notable poeta. De conocerle, propiamente, 
nó; sino más bien de tratarle. Ya desde hacía 
algunos años, en América, había tenido la for- 
tuna de leer sus versos y todavía recuerdo la 
impresión que me produjo en cierto día de 
otoño, al caer de la tarde, en la Alameda, 
esa hermosísima composición suya titulada 
Stella matutina, á la memoria de una joven. 
Las hojas secas, amarillentas, diformes, revo- 
loteaban á impulsos de brisa helada y crugían, 
como si no pudiesen ocultar por más tiempo 
su tristeza misteriosa. Alberto Blest recitaba la 
poesía de don Manuel del Palacio con un fue- 
go latente y oculto, con música de elegía apa- 
gada y sorda que penetraba hondamente en el 
alma. Las hojas que caían... la tristeza morí- 



126 LUIS ORREGO LUCO 

bunda de la voz de Alberto que habría de 
morir al poco tiempo... el crepúsculo... el si- 
lencio... todo contribuía á preparar en nues- 
tras almas esa mui especial temperatura, si es 
lícito expresarse así, y en los nervios una ten- 
sión imperceptible que nos hacía dar de lleno 
el máximum de impresionabilidad á ese género 
de poesía melancólica — porque la poesía, de 
igual manera que la música, tiene su hora 
fuera de la cual hasta nos choca, nos irrita y 
nos molesta, con la sensación penosa de un 
hermosísimo traje de baile en pleno día, en la 
hora de la luz brutal. Nos desagrada entonces 
el mismo traje que parecía tejido por las hadas, 
en la noche, bajo luz tamizada entre flores, en- 
cajes, diamantes y plumas y hombros pálidos. 
Recuerdo que esa tarde, así Rubén Darío 
como yo, que paseábamos en ese instante en 
compañía de "Albertitou Blest, quedamos sor- 
prendidos y encantados á un mismo tiempo. 
Copiamos el soneto, lo aprendimos de memo- 
ria, y quedamos por largo espacio bajo la vi- 
bración de tan delicada poesía. Más tarde, 
conocí todas sus obras; pero entre ellas quedó 
como especialmente anotada en mi memoria, 
como entretejida en una corona de recuerdos, 
de tristezas de horas grises. 



DON MANUEL DEL PALACIO 127 

¿Quién me hubiera de decir entonces que 
andando el tiempo habría de cultivar amistad 
con el poeta cuyas poesías á través de los ma- 
res, de los años, me conmovían tan profunda- 
mente? Iba pensando en esto una mañana de 
invierno en que me propuse ir de visita á casa 
de don Manuel del Palacio. 

Era una fría tarde, nebulosa y encapotada 
como lo son casi todas en el mes de Enero. Co- 
mo estaba recién llegado, andaba de sorpresa 
en sorpresa por la coronada villa de Madrid. 

Confieso que á pesar de encontrarme recién 
llegado de París, el bullicio, la animación, el 
ir y venir apresurado de la vida madrileña, me 
producían algo como interno bienestar, un 
anhelo de cosas inesperadas y nunca vistas, de 
lo que ya hemos conocido en otro tiempo, 
allá en los sueños no sabemos dónde ni cuan- 
do. Hay acontecimientos en la vida que, una 
vez realizados, nos producen la impresión de 
conocidos en mundos anteriores, de previstos 
en sueños extraños. Abriría, si lo profundizara, 
un curioso capítulo de psicología moderna. Ya 
traía en el recuerdo los sedimentos españoles 
de la América del Sur, los he mezclado incons- 
cientemente con el modernismo de las grandes 
capitales, y tamizado en el desgaste nervioso, 



128 LUIS ORRRGO LUCO 

en el exceso del vivir, para unir el residuo á 
elementos varios debidos al empuje de las eda- 
des nuevas; á la resistencia férrea de viejas 
tradiciones, de hábitos seculares, á la lucha 
por la existencia en la Europa que avanza. 
Únase a esto las delicadezas exquisitas del 
arte, el sentimiento apasionado, la sensa- 
ción luminosa de la mancha colorida, la gra 
eia, la pereza — entre el azul del cielo y las fa- 
cilidades asombrosas de la vida. "Mézclese y 
agítese»! pondría un boticario, concluida la fa- 
bricación de su receta: mézclese y agítese, y 
luego comenzaremos á comprender el tempe- 
lamento madrileño. 

Paso frente á la Iglesia de Calatrava que es, 
junto con Atocha, sitio obligado de las devo- 
ciones de la aristocracia femenina — hay moda 
hasta en los templos. El cielo se había despe- 
jado un tanto, y el sol reía locamente, proyec- 
tando sus franjas luminosas por la calle de Al- 
calá que baja como un lecho de río despeñado, 
con descenso áspero y brusco, en dirección al 
Retiro. 

-*^ 

Después de tomar informes á la portera del 
número 4^de la calle de Goya, subí una empi- 



DON MANUEL DEL PALACIO 129 

nada escalera que conduce al piso segundo en 
que se halla situada la habitación de don Ma- 
nuel del Palacio. Esperé algunos segundos; ya 
conocía el medio ambiente, y tenía ligera idea 
del estado social del pueblo de que el poeta 
es la expresión. Iba á conocer, dentro de poco, 
uno de los más distinguidos representantes de 
las letras españolas. 

Una criada me abrió la puerta: el señor del 
Palacio estaba en casa. Mándele, junto con mi 
tarjeta, una carta que llevaba para él, me intro- 
dujeron auna reducida habitación que le ser- 
vía de escritorio, y me arrellené en una butaca, 
con esa inquietud especial del que pisa un 
terreno que le es desconocido. 

El gabinete de trabajo, si bien de reducidas 
dimensiones, estaba puesto con gusto exqui- 
sito, con sencilla elegancia; revelaba el con- 
fort de quien ha llegado á las altas regiones 
literarias y tomado holgadamente su puesto 
en la vida. Ni los más ligeros resabios de bo- 
hemia, nada que trajese á la memoria las 
aventuras de la "Cuerda Granadina M en com- 
pañía de Alarcón, de Castro y Serrano y de 
tantos otros más tarde famosos ingenios. La 
habitación presenta un golpe de vista pinto- 
resco, merced á sus estanterías llenas de libros 
9 



130 LUIS ORREGO LUCO 

cuidadosamente empastados; las paredes cu- 
biertas de cuadros que destacan su mancha 
armoniosa por todas partes, empapados en 
ese colorido todo luz de la pintura española. 
Los recuerdos, los episodios del pasado, la 
vida entera de su dueño parecía como que 
saltaran á impulsos de un duende misterioso, 
entre aquellas telas firmadas por Domingo, 
por Pradilla, por Luna, por Villegas, dos bo- 
cetos de Gustavo Adolfo Becquer, un hermo- 
sísimo puñal antiguo cincelado, recuerdo de 
un amigo, y un trozo de madera del árbol de 
"la noche tristen, de Hernán Cortés, regalo 
del general Riva Palacio. En la manera de 
arreglar las cosas, en la disposición artística á 
la vez que ordenada, en el concierto pintoresco 
de cuanto vemos, hay algo que parece indi- 
carnos á las veces el estado tranquilo y risueño 
del poeta que ha llegado al puerto, uno como 
sereno sentimiento de la paz de la vida tras 
de los azares de un combatir incesante. 

Á los pocos momentos de espera, se mo- 
vieron las cortinas para abrir el camino á un 
señor de mediana estatura, gordo, afeitado, 
ojos claros, pequeños y penetrantes, con re- 
flejos investigadores por momentos, calvo, su 
escaso cabello enteramente cano — con la blan- 



DON MANUEL DEL PALACIO 131 

cura uniforme de la nieve; el bigote caído y 
plateado; la nariz algo aplastada en la parte 
superior y muy ancha en las ventanillas; un 
aspecto enteramente militar. Más que de un 
poeta, me produjo la impresión de un general 
francés en traje de interior. 

Fui recibido con grande amabilidad, como 
si hubiera sido un amigo que se ha visto pocos 
días antes, y luego, como yo le manifestara el 
agrado y el encanto que el arreglo de su habi- 
tación me producía, con gran llaneza comenzó 
á narrar la historia de los distintos objetos que 
tenía reunidos y que representaban todos un 
artista, alternadas la firma que llega á las re- 
giones supremas de la celebridad humana, con 
la firma del ingenio, quizás poderosísimo, 
caído en la lucha cuotidiana tras del pan, ó 
sumido en las tenebridades de la locura, ó 
muerto cuando empezaba su carrera de gloria, 
de triunfos artísticos. No podría recordar pun- 
to por punto las historias, ya alegres ya tristes, 
que salieron de sus labios. 

Recuerdo, sí, que al pronunciar el nombre 
de Becquer, escrito en una tela, se arrugó su 
frente, y un sello de tristeza empañó, por un 
instante, su mirada. — ¡Pobre Becquer! me 
dijo; era un tímido, uno de esos hombres que 



LUIS ORREGO LUCO 



no tienen el ánimo del vivir, que carecen de 
todas las energías de la lucha. La conciencia 
de su mucha timidez, junto con su modestia 
excesiva, y aun cuando parezca una contra- 
dicción, un sentimiento de secreto orgullo, le 
mantenían alejado de todas las mujeres, le 
hacían desgraciado hasta un punto increíble. 
Durante largos años anduvo enamorado de una 
lindísima chica, sin atreverse jamás á decirle 
ni una sola palabra de amor. Cuando nosotros 
la observábamos que Becquer andaba loco tras 
ella: "¡ Pero si este homhre no me dice ni una 
palabra siquiera de amor, nos respondía. No 
habla conmigo, se vuelve silencioso y casi 
mudo; ¡cómo creen Vds. que yo pueda tomar 
la iniciativa! Andando el tiempo, ella se casó 
con otro, sin que su adorador-poeta se hubiera 
atrevido á decirle una palabra. Junto con esto 
se quejaba, se lamentaba incesantemente, se 
volvía loco, lloraba á lágrima viva mesándose 
los cabellos y... siempre mudo. Más de una 
poesía escribió entonces, inspirada, dolorida, 
empapada en raudal de tristezas y en fondo 
inagotable de ternuras, y luego, ni se atrevía 
á leérselas á su amada. En todo era lo mismo 
su timidez y su apocamiento. Recuerdo un 
detalle gráfico, agregó sonriendo mi interlo- 



DON MANUEL DEL PALACIO I33 

cutor; cuando Becquer resolvió casarse con la 
que ahora es su viuda, tuvo que declararse por 
procuración, buscando un par de amigos com- 
pasivos que le preguntasen á su nombre si 
quería ser su esposa. 

Luego, conversamos de cosas menos tristes, 
me preguntó con interés por varias cosas de 
mi país. Dijo que había cultivado estrechí- 
simas relaciones en Montevideo con don Am- 
brosio Montt, de cuyo ingenio hizo calurosos 
elogios, colocándole en lugar señalado entre 
los más brillantes escritores de la raza espa- 
ñola. Y cuando yo le hube manifestado que 
me ligaban á este caballero los lazos de un 
cercano parentesco, aumentaron aun las prue- 
bas de simpatía y de cordialidad que había 
comenzado á darme el señor del Palacio. 

Hablamos de América, y su fisonomía se 
animó recordando los agradables días de su 
permanencia en Montevideo, donde estuvo de 
Ministro de España, las charlas amistosas, los 
paseas prolongados lentamente bajo el cielo- 
azul de la tierra americana, de vida rápida, 
en que todas las razas se mezclan y todas las 
lenguas suenan formando el concierto extraño- 
de pueblos en formación, con sabores y origi 
nalidades propias. 



134 LUIS ORRKGO LUCO 

—¿Volverá V. por allá? le pregunté. 

Respondióme que nó; que ya gustaba del 
reposo, con lo cual comenzaba la más triste de 
las confesiones para un hombre que adora la 
vida, la de sentirse ya viejo. Necesito, me 
dijo, más que nunca ahora, del círculo de mis 
amigos, de ver las obras de arte, de oir las 
charlas españolas de antiguos camaradas y 
echaría de menos afuera el bullir de la vida 
madrileña, el rumor de sus calles, este placer 
especial de conocer á todo el mundo y de que 
todo el mundo nos aprecie, nos salude. 

— "Cuando se marcha al ocaso, el paso es 
lento-, agregó. 

Hicimos entonces una pausa en la agradable 
charla, y recuerdo la emoción especial que esa 
frase me produjo, pronunciada con voz de co- 
bre, con el metal vibrante y profundo con que 
habla don Manuel. Cuando pronuncia cosas 
tristes, parece darles un acento más triste, si 
cabe, y sus palabras continúan evocando en 
la memoria imágenes que se asocian imper- 
ceptiblemente y que continúan por sí solas el 
discurso comenzado. 

Y luego, como volviésemos tn pos de una 
suave transición, á tratar de poesía: — Aquí, 
todo el mundo es pceta, me observó. La 



DON MANUEL DEL PALACIO 1 35 

poesía está en el cielo, en el sol, en el idio- 
ma; lo difícil es no ser poeta. Otro tanto 
sucede con la pintura. Si V. se ha parado á 
contemplar, por un segundo, esas pinturas que 
los chicos venden en la calle de Alcalá por 
tres ó cuatro pesetas, V. habrá observado que 
á pesar de que no valen nada y manifiestan 
escasas nociones del dibujo, y ningún estudio 
ni arte, hay en todas una mancha de colorido, 
una tonalidad agradable y genuinamente es- 
pañola. Aquí todos somos poetas, cuando no 
somos pintores ó... toreros. 

Don Manuel del Palacio lleva ahora una 
existencia holgada y tranquila; ocupa en el 
Ministerio de Estado un puesto honroso, de 
escaso trabajo, que le permite dedicarse á los 
versos. Asiste de cuando en cuando al Ateneo, 
es tertulio asiduo de la Librería de Fé, no fal- 
ta jamás á los extrenos de los distintos teatros, 
y desparrama su ingeniosa charla en el salon- 
cillo del Teatro Español, en compañía de 
Echegaray, de Núñez de Arce, y de Ramón 
Rodríguez Correa, que es una especie de Fí- 
garo á la moderna. 

Su vida ha sido turbulenta. Ha subido de 
la bohemia literaria, de la redacción satírica 
de pequeños é ínfimos periódicos á las alturas 



I36 LUIS ORREGO LUCO 

de la Real Academia Española y de una vida 
holgada y respetable, á pesar de que "ha he- 
cho lo posible por arruinarse sin poderlo con- 
seguir,,! según me decía él mismo, sonriendo, 
en una de esas inolvidables horas de charla 
que teníamos después de comer juntos. 

Don Manuel del Palacio es catalán, aunque 
nadie lo crea, pues raras veces ha tenido An- 
dalucía un hijo más legítimo, desde los tiem- 
pos de Manolito Gazques, inmortalizado por 
uno de los graciosísimos bocetos de Estébanez 
Calderón. Entiendo que su primera produc- 
ción poética fué una desvergüenza dirigida en 
Soria á un poetastro; así, pues, comenzó por 
lo que podría llamarse una obra de policía 
sanitaria de las letras. Antes de poner su tien- 
da, con sabia cordura, barría la casa. La mu- 
sa risueña le inspiraba desde sus horas juveni- 
les con esas notas picarescas de Quevedo y de 
Larra, tan genuinamente españolas. Anota- 
mos, de paso, que no comenzó su existencia 
literaria cantando las estrellas ni X&% flores, co- 
mo todos los sietemesinos de las letras, sino 



DON MANUEL DEL PALACIO I37 

burlándose de los poetas malos; eso era sínto- 
ma de buen agüero. 

Más tarde pasó á Valladolid, en donde al- 
canzó á graduarse de bachiller en filosofía por 
el año de 1843. Comenzó por esos días sus 
tareas literarias en periódicos de provincia, 
hasta que vino á dilatarse un poco su hori- 
zonte con su llegada á Madrid, centro de todas 
las aspiraciones, objeto de todos los ensueños, 
entre estudiantes españoles, que, como los 
soldados del ejército de Napoleón, creen todos 
llevar en su mochila el bastón de mariscal de 
Francia. 

Palacio, lanzado á la vida de bohemia, co- 
menzó allá por el año de 1846, á ser uno de 
los contertulios del café del Príncipe, á donde 
iba en compañía de Eulogio Florentino Sanz, 
el autor futuro del Don Francisco de Quevedo 
y de las deliciosas traducciones de Enrique 
Heine. Estrecha amistad ligaba entonces á 
los dos poetas que tantos puntos de contacto 
hallaban entre las tendencias de su espíritu; 
poetas ambos, ambos de inclinaciones pica- 
rescas y maleantes y ambos, en no lejano 
porvenir, diplomáticos de carrera. 

En cierta ocasión en que hablábamos de 
cosas pasadas y de hombres muertos, en esos 



I38 LUIS ORREGO LUCO 

instantes en que las penumbras del recuerdo 
se avivan, como por obra de duendecillo mis- 
terioso, vi como reflejos de emoción que 
cruzaban por el rostro de don Manuel del 
Palacio. Hablábame con un cariño muy hon- 
do de su amigo Eulogio Florentino Sanz, y 
me refirió de él una frase picante que no po- 
dría dejar de recordar. Se hablaba delante 
de este poeta, que era entonces secretario de 
la Legación española de Berlín, de las damas 
españolas. Y como en el extranjero tienen 
á menudo la idea más errada y extravagante 
de las cosas de España, cierta señora, que se 
hallaba presente, preguntó á Sanz si to- 
davía usaban las andaluzas el vestido de 
medio paso y la peineta de teja. El poeta se 
sonrió. 

— Pues ¿cómo se visten las españolas? 

— Como Vds... con la diferencia de que á 
veces suelen vestirse de Emperatrices. 

La condesa de Teba acababa entonces de 
subir al trono imperial, que atravesaba por sus 
horas más brillantes y risueñas. 

En 1850 tuvo Palacio que trasladarse á 
Granada á donde iba su padre de tesorero. La 
ciudad de los moros, de la Alhambra y del 
Jeneralife encierra tantos recuerdos, evoca 



DON MANUEL DEL PALACIO I39 

tantos imágenes, deslumhra de tal manera con 
su cielo, sus montañas nevadas, sus maravillas 
arquitectónicas, su espíritu de oriente, que se 
alza invisible é inevitable, que por fuerza el 
ánimo inclinado á lo bello necesita desplegar 
sus alas hacia el arte, á la vez que nace y se 
fortifica el sentimiento de las poesías interio- 
res. De Granada han salido novelistas, poetas, 
oradores, dramaturgos como Fernández-Gue- 
rra, Tamayo y Baus, Lafuente Alcántara y 
Moreno Nieto. 

No es posible mencionar á Granada ni esos 
tiempos sin hablar de la célebre Cuerda Gra- 
nadina, de la jovial compañía de muchachos 
en que despuntaban á la vida tantos ingenios, 
tantas glorias futuras del arte y de las letras 
españolas. 

A la Cuerda fué directamente Palacio, como 
piedra al pozo, en busca de Castro y Serrano, 
Pedro Antonio de Alarcón el primoroso autor 
de "El Escándalo i!, Moreno Nieto, que más 
tarde haría oir su voz inspirada y elocuentí- 
sima, su profundo saber y su entrañable amor 
á la filosofía en las discusiones del Ateneo, 
donde aun vibra algo como un reflejo de su 
paso. Y qué nombres tan diveitidos tenían 
esos endiablados mozos para las horas de la 



I40 LUIS ORREGO LUCO 

intimidad y de la diversión: Ivon, Ropones, 
El Poetilla, El Nevero, el Doctor Malatesta, 
El Abate, Maese Juan el Espadero. Corres- 
pondían estos nombres á un enjambre de 
bohemios tan millonarios en carcajadas y en 
ocurrencias como pobres en dinero. No eran 
esos, con todo, los tiempos en que más falta 
hacía el vil metal— de quien se murmura y á 
quien se respeta como á ciertas señoras equí- 
vocas — y no faltaron, por su ausencia, ni la 
alegría, ni la felicidad, ni el ingenio. La cró- 
nica refiere, y don Manuel me lo ha confir- 
mado en sus charlas, que la Cuerda era te- 
mible, casi una calamidad pública. 

— "Eramos unos desalmados-?, me decía, 
recordando aquellos tiempos. 

Parecía cuento de nunca acabar la relación 
animada y semi-bufa de las sesiones de la 
Cuerda, sus fiestas, sus comilonas en la Al- 
hambra, los paseos campestres verificados sin 
salir de la casa ni darse los sudores de muerte 
ni las ansias del coche, cómodamente ejecu- 
tados con sólo cerrar las ventanas y las puer- 
ta?, junto con abrir un repleto canasto de pro- 
visiones, anegadas luego en vino generoso. 

Allí, en Granada, y por aquellos tiempos, 
conoció Palacio á la hermosísima joven á quien 



DON MANUEL DEL PALACIO I4I 

dedicó el soneto Stella. Arrastrado por los 
azares de la vida, muy luego partió para Ma- 
drid. Trascurrieron los años, sin que por mo- 
tivos diversos le fuese dado volver á Granada 
ni ver á su antigua novia. A la vuelta de algún 
tiempo, le fué posible cumplir con el vivo 
anhelo de rever la ciudad que tantos recuerdos 
y tantos encantos abrigaba. Volvió, preguntó 
por su amiga, y supo que había muerto la vís- 
pera justamente. De allí nació aquel soneto 
sentido, profundo, engastado en ternuras y en 
tristezas, que evoca imágenes pasadas, que re- 
cuerda con sus sonidos como eco de lamentos 
y de amarguras envueltas en la calma religiosa 
de lo puro y de lo santo. 

STELLA MATUTINA 

Con lento paso me acerqué á la puerta 
Oprimiendo mi frente enardecida: 
Sobre su lecho candido tendida 
La prenda de mi amor estaba muerta! 

De cuatro cirios á la llama incierta 
Aquel espectro vi que era mi vida; 
Aun cerca de la almohada hallé caída 
La humilde rosa que la di entreabierta. 



142 LUIS ORREGO LUCO 

Me pareció que de sus negros ojos 
Una celeste claridad brotaba; 
Que otra vez animados sus despojos 

Para decirme — ¡tuya! — me llamaba; 
Besé sus labios, se tornaron rojos... 
Era el beso primero que le daba! 

Andando el tiempo, volvemos á encontrar 
á Palacio en Madrid, lanzado en lo más recio 
del tumulto, luchando vigorosamente la ba- 
talla de la vida, en busca del bastón de maris- 
cal — de ese bastón que todos los soldados 
llevaban en la mochila allá por los tiempos del 
Imperio. Los chicos de la Cuerda, se habían 
trasladado todos á Madrid, convirtiéndose en 
la Colonia Granadina, de gloriosa fama. Don 
Manuel del Palacio entró junto con Alarcón á 
la redacción del Látigo, luego á la Discusión, 
al Pueblo y al Gil Blas. Comenzó por esos 
días su carrera de satírico, la pluma levantada 
en alto, con chasquidos de huasca, y fulgores 
de lama de Toledo: era un correr de burlas, 
de saetas, de subentendidos, . de alegorías pi- 
cantes, al parecer inagotables y siempre nue- 



DON MANUEL DEL PALACIO 1 43 

vas. La cosa no siempre salía con bien y la 
carrera de periodista solía ser tan difícil como 
la del domador que tiene que habérselas con 
fieras. Es conocida la historia del célebre 
desafío de Alarcón y de Heriberto García de 
Quevedo, que fué para el primero un segundo 
camino de Damasco. 

Ni por ser muchos los peligros, disminuía 
el contento en la colonia Granadina, que ha- 
bía trasladado su tertulia á la calle del Mesón 
de Paredes. Nadie, mejor que uno de los tes- 
tigos de aquel tiempo, sabría referirla. "Hace 
por ahora veinte años, dice Alarcón, que vivían 
encima de Madrid, ó sea en un sotabanco de 
la entonces coronada villa, media docena de 
jóvenes andaluces, cada uno hijo de su padre 
y de su madre, que maldito lo que tenían de 
tontos, ni de ricos, ni de malos, ni de sabios, 
ni de tristes, ni de cursis, y que, por el con- 
trario, no dejaban de tener bastante de poetas, 
de tronados, de decentes, de calaveras y de 
personas bien nacidas y bien criadas, tan aptas 
para la vida de Bohemia que llevaban casi de 
continuo, como para pisar los más aristocrá- 
ticos salones — donde solían brillar algunas 
veces... sus raídos fraques. w 

De aquellas alegres reuniones nacieron co- 



144 LUI S ORREGO LUCO 

medias de Eguilaz, cantares y artículos de 
Trueba, estudios económicos de Hernández, 
artículos literarios y novelas cortas de Castro 
y Serrano y Pedro Antonio de Alarcón, acua- 
relas, caricaturas y hasta música de autores 
que habían de ser ilustres con el tiempo. 

La vida corría ah-gre, sin las preocupacio- 
nes del mañana, sin los remordimientos de la 
víspera, rica en buen humor, ya que pobre en 
otras cosas que algunos otros poseían sin ser 
por eso felices. Más de una vez, en horas de 
amena charla con don Manuel del Palacio, 
tocamos estas cuerdas misteriosas del pasado, 
de la vida bohemia, de alegrías y de pesares 
íntimos, rápidos, que pasan con la fuerza des- 
lumbradora del relámpago, para brillar y para 
desaparecer casi á un tiempo. Los suspiros 
ahogados, las quejas no dichas, brotaban como 
si el pasado tornase al presente, y comparados 
uno y otro, viniesen á quedar en mejor tér- 
mino las pobrezas joviales de otros días que la 
holganza y el bienestar presentes. Las visiones 
de sorprendente hermosura, de esperanza al 
mismo tiempo que de^ ensueños, que entre- 
tejen de azul los albores de la vida valen más, 
infinitamente más, que las realidades en la 
tarde, por doradas que sean y aun cuando 



DON MANUEL DEL TALACIO I45 

lleguen á saciar, lo que rara vez sucede, las 
aspiraciones de la vanidad y los apetitos del 
deseo. 

Al decir estas palabras no aludo, ni por aso- 
mos, como sin dificultad habría de compren- 
derse, á mi excelente amigo el señor del Pa- 
lacio, exento de ambiciones y modesto en 
demasía, que sólo vive para el arte, apartado 
en cuanto cabe de las asperezas de la lucha. 
Volviendo á sus mocedades, ya terminado 
el paréntesis, séame lícito recordar que esos 
años anteriores á la revolución de Septiembre 
vieron á Palacio entre los más exaltados y los 
más ardientes. Sus partes telegráficos en verso, 
sus romances, sus sonetos y epigramas eran 
como un fuego continuo de fusilería que no se 
daba punto de reposo hasta dejar el campo 
sembrado de muertos y de heridos. La juven- 
tud no piensa más allá del momento en que 
vive, no siente cómo, de lo actual, germina y 
se desarrolla lo futuro; no considera ni vis- 
lumbra la visión del porvenir, encharcada en 
tristezas y en sangre, con ruinas y con des- 
ilusiones. 

Resultado neto de su balance para nuestro 
poeta satírico: odios encubiertos, y feroces 
luego, persecuciones, encarcelamientos, y por 
10 



I46 LUIS ORREGO LUCO 

último, el destierro á la isla de Puerto Rico. 
Hablándome de su destierro, me dijo cierto 
día don Manuel del Palacio que había sido 
para él una época deliciosa. Esto sólo basta- 
ría para demostrarme cuan poco se anidan en 
su alma los rencores, y cómo se sobrepone 
siempre lo robusto y sano de su espíritu á las 
contrariedades de la suerte. 

Más de una vez, en amenas charlas de sobre- 
mesa, me habló con cariñosa memoria de los 
tiempos del destierro y de lo mucho que se 
había divertido en Puerto Rico. Entre otras 
cosas de aquellos tiempos de mala cara pero 
de alegre fondo, recuerdo haberle oído la fes- 
tiva descripción de un terremoto que es, para 
casi todos los europeos, junto con la fiebre 
amarilla y las revoluciones, accidente per- 
petuo de la América del Sur. No hablo, natu- 
ralmente, de las personas que conocen la 
América de cerca. Cierto chico decía á su 
mamá: 

— Siento no haber nacido en Sud América... 
para tener asueto casi todos los días. 

— ¿Cómo así? 

— Es que, según dicen, se cierran los cole- 
gios cuando hay revoluciones. 

La opinión acreditada no es otra, y cuando 



DON MANUEL DEL r ALACIO I47 

se hacen recuerdos de nuestros países ya es 
sabido que hay fiebres, terremotos, revolucio- 
nes y serpientes al cabo de la frase. 

Dejando para mejores tiempos estas obser- 
vaciones, vuelvo á la historia del terremoto de 
Puerto R:co, presenciado por don Manuel del 
Palacio. Fué una cosa divertida, aseguraba, 
ya que nó el terremoto, con las casas derri- 
badas, la ciudad llena de grietas, hendiduras,, 
quejas, fugitivos, baraúnda y caos, por lo me- 
nos el campamento provisorio á donde los ha- 
bitantes fueron á buscar refugio en habitacio- 
nes improvisadas, en revoltura parecida á la 
del Arca de Noé. Mientras la tierra temblaba, 
todos bailaban, cantaban y reían como si tal 
cosa. Las meriendas y las fiestas se habían 
hecho tan frecuentes como divertidas; de ma- 
nera, agregaba don Manuel, que todos que- 
damos con ansias de nuevos terremotos que 
traían tales holganzas, siempre que la muerte 
no nos cortase los pasos de repente. 

Cuando mejoraron los tiempos, alzado ya el 
destierro, y tras de mucho escribir y mucho 
afanarse en la política, volvió don Manuel á 



I48 LUIS ORREGO LUCO 

la carrera diplomática. Me parece todavía 
oirlo, en el Hotel de Rusia, á la hora de los 
postres, refiriendo, con infinita gracia, los deta- 
lles de su vida en Turín, cuando estuvo acre- 
ditado de encargado de Negocios de España 
en aquella Corte, mucho antes de que la Casa 
de Saboya hubiese reconstituido el reino de 
Italia, por obra de Cavour y de Víctor Ma- 
nuel. 

"ElRey de Piamonte parecía un oso, gran- 
de, fuerte, velludo, tan dado á la caza como 
aficionado á las mujeres. No dejaba dama 
tranquila ni en la corte ni en parte alguna de 
sus dominios; de igual modo perseguía sin 
descanso á todos los animales que era posible 
•cazar con permiso de los Códigos. A veces, el 
nuevo Nemrod, acudía á sus aficiones mon- 
teses para salvar los malos pasos de la vida 
política. Ocasión hubo, referíame don Ma- 
nuel, en que los Ministros no pudieron encon- 
trar al Rey para entregarle sus renuncias pro- 
vocadas por las Cámaras; S. M. andaba de 
caza ni se sabía por dónde, y el Ministerio 
tenía que seguir en su puesto, á pesar suyo. 

La condición característica de Víctor Ma- 
nuel era el valor. Contábame don Manuel del 
Palacio que cierto día de revuelta en Turín, á 



DON MANUEL DEL PALACIO I49 

la hora en que más agitado y más ardiente 
parecía el tumulto popular, con grandes cla- 
mores y mueras en contra del rey, é^te se pre- 
sentó tranquilamente, sin custodia ni guardia 
alguna, en medio de los amotinados y consi- 
guió aplacarlos con su sola presencia. 

Junto con Víctor Manuel, el otro recuerdo 
inolvidable del poeta era el de cierto plato de 
polenta preparado en un café, que, si mal no 
recuerdo, debía de llamarse el Café de V Hor- 
loggio. Era de ver la animación y la gracia 
con que describía los comensales del cuerpo 
diplomático y demás asistentes á la mesa en 
busca del imponderable guiso, y con tan vivos 
colores lo describía, que á oirlo el posadero^ 
del Hotel de Rusia, de fijo lo agrega á la 
cuenta. 

•^ 

Algunas veces, por la tarde, solía yo pasar 
al Mini>terio de Estado, en busca de don Ma- 
nuel. Atravesaba el patio de las pulmonías, 
como llaman al patio de entrada del Palacio 
Real, y luego, á través de confuso laberinto 
de corredores y de gabinetes, iba á dar en el 
Archivo. A menudo encontré al señor del 



J50 LUIS ORKEGO LUCO 

Palacio escribiendo los últimos versos de aque- 
llas letrillas de gracia y de donaire incompa- 
rables que publicaba entonces con el título de 
Chispas. No quiero recordar esas charlas inol- 
vidables sobre política, bellas letras, pintura, 
empapadas en recuerdos, anécdotas, retratos, 
«que saltaban pintorescos y acabados, en dos 
palabras. La vida va dejando en los que 
observan, á medida que avanzan, un residuo 
triste, un tono desengañado, melancólico, de 
luz difusa ya puesto el sol. Por esos días, an- 
daban todos los artistas preocupados con la 
enfermedad gravísima det músico A... maes- 
tro muy conocido y muy querido. Don Ma- 
nuel acababa de pasar por su casa y le halló 
sitiado por un sobrino y una sobrina que ha- 
bían saltado de repente al olor de la herencia 
y que habían puesto cerco al tío como si se 
tratase de baluarte enemigo. Contra todos los 
vaticinios de la ciencia, el maestro mejoró. 

— Verdaderamente, doctor ¿me hallo fuera 
de peligro? 

— Puedo afirmarlo, respondió el facultativo 
que le asistía. 

— Entonces. .. dadle esa noticia á mis so- 
brinos.. . poco á poco. . . 

Á la salida del Ministerio, tomábamos por 



DON MANUEL DEL PALACIO 151 

la calle del Arenal, en dirección á la Puerta 
del Sol. En esa calle hay una casa donde en 
otro tiempo, cuando la democracia y la revo- 
lución andaban de moda, se estableció un 
club político. Don Manuel del Palacio y Ro- 
dríguez Correa, entraron un día, por curio- 
sidad, á oir las declamaciones furibundas y los 
discursos feroces de los demoledores del orden 
social. Llegaron á tiempo que un jorobado, 
más rojo que un cangrejo cocido, predicaba la 
igualdad. .. 

— ¡Pero hombre! tú quieres que todos ten- 
gamos joroba!. . . le grita Rodríguez. 

"Todavía no me explico, ni acierto á com- 
prender, cómo pudimos escapar con vida aque- 
lla nochen agregaba don Manuel del Palacio. 

Pasadas ya las vicisitudes de los días de 
juventud y de bohemia, su vida es tranquila, 
llena de esa quietud y ese reposo que cantaban 
los poetas latinos como el verdadero asiento 
de la dicha humana. Sin vanidades, exento 
en el todo de ambiciones, deja pasar la vida 
con esa indiferencia benévola que constituye 
el fondo mismo de los nobles caracteres. 



152 LUIS ORREGO LUCO 

No tiene odios, con ser su pasado tan ardiente 
y alternado con luchas feroces; está exento de 
rivalidades y de envidias y si tratara de refle- 
jarle, diría que su temperamento es feliz, ar- 
mónico, á la manera fie ese equilibrio inve- 
rosímil de los artistas japoneses en sus juegos. 
En la poesía española contemporánea ocupa 
don Manuel del Palacio un lugar especialísimo 
y enteramente propio, muy diverso del que 
Nuñez de Arce, Campoamor y Zorrilla tienen. 
Su nota es característica, enteramente espa- 
ñola, como la pandereta, la sevillana y la jota, 
es el cantar más refinado, más artístico, entre- 
tegidas en sus sones la tristeza y la alegiía, la 
donosa intención, el suspiro, la sonrisa y la 
ternura. En su poesía hay ecos de pueblo; ha 
bebido en la gran fuente de lo original y de lo 
castizo, para enriquecer el lenguaje empobre- 
cido por los poetas culteranos y de Corte. Me 
parece que de ahí, recogidas en el reflejo in- 
consciente del cantar, ha sacado su paleta las 
brillanteces de color, aquellas transparencias 
misteriosas del aire, aquellas leves y finísimas 
caladuras de encaje al trasluz que avaloran 
sus versos. Tiene, á más, buen gusto ingénito 
y una como templada armonía de facultades 
que le hace huir de lo excesivo y le confina á 



DON MANUEL DEL PALACIO 153 

lo discreto, á lo que sabe y puede cantar, á lo 
que brota espontáneamente de su naturaleza, 
sin exageraciones y sin desentonos. 

He reflexionado repetidas veces sobre la 
afirmación desoladora que hace Macaulay en 
uno de sus Estudios, de que la poesía va para 
menos y de que, junto con el avance de la 
civilización, la poesía necesariamente declina. 
El lenguaje más rudo de los primeros tiempos 
es más apropiado á la sensación de los obje- 
tos, más vivirlo y colorido 'que el idioma refi- 
nado, alambicado, ductilizado en las civiliza- 
ciones vencidas, por la ciencia. Esta última 
avanza de tal manera que, un alumno media- 
namente aplicado, sabe más de Economía Polí- 
tica que Adam Smith ó supera al gran Newton 
en punto á matemáticas. Puede la civilización 
refinar los instrumentos de trabajo, pero el 
esfuerzo de impresión, la viveza de imágenes — 
que son tan poderosas en los salvajes y en los 
niños á quienes la linterna mágica deslum- 
bra más que la tragedia real en la vida co- 
mún; — la ilusión de los sentidos y la propia 
existencia imaginativa, tienen infinitamente 
más poder en primitivos estados sociales, en 
las horas del alba del progreso. Hay entonces 
mucha más comunidad de lenguaje, de senti- 



154 LUIS ORREGO LUCO 

mientos y de impresiones entre el vate, el ins- 
pirado y el poeta, de una parte, y el pueblo, 
la masa que la escucha, de otra. La poesía es 
entonces algo como lenguaje común, espon- 
táneo, en que ambos se encuentran sin es- 
fuerzo, á diferencia de nuestros tiempos en que 
el poeta desciende y el pueblo necesita subir 
para que se hallen en espacios comunes, y la 
poesía nazca homogénea, vivida, completa del 
alma popular. Esto último no llega á verifi- 
carse por esa falta de nivel entre ambos, esa 
falta de puntos de contacto que los acerquen 
y los compenetren mutuamente. Ya parece 
difícil de verificarse esta comunión de las al- 
mas, toda vez que la filosofía y el análisis han 
diseccionado y disecado el sentimiento hasta 
convertirle casi en preparación de anatomía. 
De aquí la impotencia y el desaliento que pa- 
recen invadir la poesía moderna y que la 
apartan de esos grandes vuelos, de esas ideas 
y palpitaciones generales nacidas del corazón 
de todo un pueblo, como la Ilíada, el poema 
del Cid, el Ramayana, los Niebelüngen. 

Leyendo, en otra ocasión, el primoroso es- 
tudio crítico de Núñez de Arce hecho por 
Marcelino Menéndez Pelayo, me sorprendió 
la completa armonía de pensamientos, en 



DON MANUEL DFX PALACIO 1 55 

cuanto á poesía se refiere, entre ese crítico y 
Macaulay. Tanto para uno como para el otro 
de estos críticos eminentes, ya no hay poetas 
entei'os\ ya no es el cantor eco solemne de la 
multitud que le escuchaba y casi confundía sus 
atributos con los del poeta y del sacerdote; ya 
no hay quien sobre el fondo común de ideas y 
de afectos venga á escuchar las mil voces que 
nacen del pueblo y á reunirías en una ráfaga 
de sonido, ni existen esas afirmaciones íntimas 
enérgicas y luminosas. "Toda idea que pasaba 
por su mente se convertía instantáneamente 
en imagen, y toda imagen era veladura de 
aquel universal vislumbrado por el poeta en 
una especie de ensueño. Leía en piedra, plan- 
ta y metales revelaciones prodigiosas, y, como 
del sabio Rey cuentan las leyendas orientales, 
<tenía la clave del lenguaje de los pájaros y del 
aroma de las flores. Pero quizá debía todas 
estas maravillosas virtudes y aquella profusión 
de luz con que aparecían en su mente los es- 
pectáculos de la naturaleza al hecho de ser 
vulgo, de ser uno de los pequeñuelos de su 
gente, de no ser apenas persona, en el sentido 
individual y autonomista déla frase. m 

"Llaman los críticos á la poesía de tales 
hombres, poesía popular, y todos convienen en 



I56 LUIS ORREGO LUCO 

darle por nota característica la impersonalidad \ 
no ciertamente en el sentido grosero y mate- 
rial de que todo un pueblo la vaya compo- 
niendo fragmentariamente, sino en otro sen- 
tido más profundo, es á saber, porque el 
pueblo contribuye á ella con la elaboración- 
anónima, no de los versos, ni de la forma (que 
será siempre, así en las sociedades bárbaras 
como en las cultas, privilegio y virtud de una 
solo, á quien por tal excelencia llamamos 
artista), sino de la materia de la poesía, 
del mito, de la teogonia, de la leyenda; y 
el poeta, que tiene la dicha de concentrar 
todos estos rayos de luz en un foco, no es 
persona, en cuanto no es inventor ni creador 
de ninguna de estas cosas, sino que las acepta 
buenamente de la tradición, creyéndolas con? 
fe encendida y sumisa. Sólo á tal precio será 
creído él, y será recibida su obra amorosa- 
mente por el pueblo. No es persona, en cuan- 
to sus conceptos y aun sus pasiones no le per- 
tenecen á él más ni menos que á cualquiera 
de lus que le oyen, y sólo le pertenece una 
cosa, la forma. Pero la forma es de tal efica- 
cia y virtud que en ella se arraiga y se forti- 
fica su personalidad, y por ella se levanta, at 
mismo tiempo, el nivel de la cultura en el 



DON MANUEL DEL PALACÍO 157 

pueblo circunstante, que se reconoce á sí mis- 
mo en los cantos del poeta; pero ennoblecido 
y glorificado por el divino fulgor de la hermo- 
sura. Así se establece aquella cadena magné- 
tica de que Platón nos habla, cuyo primer es- 
labón es el poeta, el segundo el rapsoda^ el 
mimo ó el cantor y el tercero el público. f < 

No debemos inquirir en la poesía de don Ma- 
nuel del Palacio esa trama de ideas que enla- 
zan el sentimiento y la tradición estrechamen- 
te, que bajan á lo más hondo déla conciencia 
nacional y de allí sacan, por proceso miste- 
rioso, lo más recóndito, lo más íntimo, eso que 
todos sienten sin que nadie acierte á dar con 
la forma propia, que una vez revelada por el 
canto del poeta nos hace ver y palpar lo que 
ya sentíamos y conocíamos. 

Sería inútil buscar, por otra parte, ese fondo 
de ideas generales y comunes que forman, por 
decirlo así, la atmósfera moral de un pueblo 
en un momento dado, esas notas que si no 
alcanzan á la comunión de todo un pueblo, 
encienden y arrebatan los nervios refinados y 
las clases intelectualizadas de un país. Si bajo 
estos aspectos no debemos examinar á don 
Manuel del Palacio, tiene en cambio algunos 



158 LUIS ORREGO LUCO 

otros que retratan de un modo característico 
dos estarlos peculiares del alma española. 
Tiene horas de sentimiento velado que no al- 
canza al sollozo y se detiene muy cerca del 
suspiro; no es la poesía dolorosa y amarga de 
Enrique Heine, tampoco es la pasión excép- 
tica de Byron oculta en honda melancolía; nó ? 
es una como tristeza de atmósfera difusa, de 
luz pálida, lo que vibra de un sol ya puesto, 
rumores de aldea que se apagan entre verduras 
primaverales al caer el día, cuando tañen las 
campanas á lo lejos, y el cielo se cubre de 
tonos violáceos. 

Junto con eso que podríamos llamar el dia- 
pasón de un cantar, tiene otra condición esen- 
cialmente española, es el espíritu maleante, la 
observación picaresca, el donaire de Lazarillo 
de Tormes y de Guzmán de Alfarache, muy 
distinto de la gracia francesa y del houmotir 
británico. Así como en las sociedades hay 
trajes y maneras que se perpetúan indepen- 
dientemente de la moda, así también hay es- 
tados del espíritu que se perpetúan en un 
pueblo y le dan cierta nota característica y 
nacional, difícil de distinguir en un principio 
entre la universal transformación de las cos- 
tumbres y de las cosas. Eso muy especial, que 



DON MANUEL DEL PALACIO 1 59 

es más que la sonrisa y diverso de la risa, 
aquella suerte de ingenio castizo la posee don 
Manuel del Palacio en grado sumo. 



"Pasó ya la estación de los amores 
y la edad de los sueños placentera; 
Pasó la deliciosa primavera, 
y con ella los frutos y las flores. 



Todo al cabo pasó: sólo no pasa 
una moneda falsa de dos duros, 
que tengo hace tres meses en mi casa.n 

No puedo resistir tampoco á la tentación de 
reproducir un soneto de Palacio que revela 
esas tendencias que apuntábamos arriba. 

HAZ BIEN,., 

"Tengo buen corazón, no cabe duda; 
he alzado un infeliz del duro suelo, 
y su llanto enjugué con mi pañuelo 
dando á sus males cariñosa ayuda. 



IÓO LUIS ORREGO LUCO 

Que es ciego, dice, y que su esposa es muda; 
terrible debe ser su desconsuelo: 
¡y hay en la sociedad almas de hielo 
que no se duelen de su pena aguda!. . 

Yo sé, que al sostenerlo entre mis brazos 
casi me hizo llorar como un chiquillo 
con sus frases de amor y sus abrazos; 

Mas ¿qué es esto que siento en el bolsillo? 
La cadena partida en dos pedazos. . . 
jya me ha dejado sin reloj el pillo !n 

-*- 

— Me voy, don Manuel, me voy. 

— ¿Cómo así? 

— Concluidas ya las fiestas del Centenario, 
mi Gobierno ha resuelto suprimir la Legación 
para hacer economías. 

— ¡Felices Vds.. . que saben hacer econo- 
mías! Nosotros solo economizamos el modo 
de andar... Por eso en España nadie da un 
paso, ni aunque le vaya la vida en ello. 

— Adiós. 

» l Á la verdad que me entristece la noticia 
de su partida. Maldigo este don de crear afee- 



DON MANUEL DEL PALACIO IÓI 

tos en nuestra alma, que á la postre, y cuando 
menos se piensa, por obra de las corrientes de 
la vida se convierten en penas. ». 

Aquella tarde me obsequió don Manuel una 
curiosísima fotografía de aficionado, tomada 
en una casa de campo de los alrededores de 
Madrid. Representa un grupo de cinco á seis 
artistas, poetas, escultores, pintores y perio- 
distas. En el centro de todos se halla don 
Manuel, vestido de obispo, con una gran mitra, 
hecha con papel de periódico, sobre la cabeza; 
un palo de escoba de báculo; una caja de an- 
teojos terciada; una gran capa española puesta 
á manera de capa pluvial. Uno de los amigos, 
vestido de oficial de artillería, bebe una bo- 
tella de champagne, arrodillado á los pies de 
don Manuel. Otro de los comensales, vestido 
de árabe, cruzadas las piernas, envuelto en 
burnú, cubierta la cabeza con turbante, fuma 
su cachimba. El grupo resulta cómico. 

—Es una humorada. . . no se la muestre á 
nadie. 

Le juré por los dioses del Olimpo; más como 
esos dioses son falsos, he faltado al juramento. 

Y cuando miro el grupo me sonrío, y siento 
pena, mezclada y como revuelta en un ex- 
traño sentimiento en que otros varios se alter- 
11 



IÓ2 LUIS ORREGO LUCO 

nan y confunden. Pasaron las horas de chis- 
peante charla; hállanse lejos las tardes de 
Madrid, las calles de Alcalá y de Sevilla, el 
Retiro, las comidas alegres; sólo queda la 
simpatía en los corazones y algo así como el 
recuerdo indeciso de un sueño alegre. Toda- 
vía resuenan ecos perdidos de carcajadas, pasos 
confusos, notas de baile, cosas y frases que 
viven y palpitan inconscientes y como ador- 
mecidas en nosotros; junto con recordarlas, se 
siente algo como fugitivo destello de alegría y 
luego la sensación desagradable de quien des- 
pierta de un sueño. 

Antes de concluir, voy á copiar un soneto 
inédito que me dio don Manuel del Palacio 
aquella tarde: 

UNA SANTA 

"¡Miradla! ¡es ella! en su cupé tendida 
su vanidad ostenta y su hermosura, 
mueve los labios... ¿rezará?... murmura 
ó se mofa del bien, ¡esa es su vida! 

Siempre adulada, aunque jamás querida 
ni el duelo siente ni el placer apura 



DON MANURL DEL PALACIO 1 63 

que hasta vergüenza tuvo la natura 
de hacerla madre en hora apetecida. 

Pasa por santa; los que ven sus ojos 
donde asoma el fulgor de la inocencia, 
los juzgan tristes al mirarlos rojos; 

Embustero antifaz de una conciencia 
en que vierten la hiél de sus enojos 
el orgullo, la envidia y la impotencia.tr 

Después de leer tan hermosísimo soneto,, 
que parece griego, si se atiende á lo primo- 
roso de la forma, y dantesco, amargo, pesi- 
mista como el final de siglo en que vivimos,, 
siento un vagar melancólico, quedo ensimis- 
mado, meditando en los senderos ocultos é 
inesplorados del alma. Paréceme que hay 
mucho en la persona que con frecuencia tra- 
tamos y que en apariencia conocemos, desco- 
nocido é ignorado de nosotros. Pasan en tro- 
pel las tristezas con careta de alegría, y las 
amarguras, las decepciones, las trizaduras de 
sentimiento se ocultan bajo velos de sonrisa- 



3P¿? 






mibíli m gbhim 

-s(}e> 



Era ya entrada la noche cuando llegamos á 
Granada — una noche tenebrosa y lúgubre, con 
cielo salpicado de manchas de tinta que en- 
cubrían por completo á la plena luna del alma- 
naque — una noche, en fin, de esas en que se 
cometen ios crímenes de las novelas por en- 
tregas, para mayor contentamiento de las por- 
teras románticas y de los tenderos de Ultra- 
marinos. 

Confieso que al pisar el andén no me fué 
dable reprimir un movimiento de impaciencia, 
correspondiente á una desazón oculta y muy 
legítima, de que vino á ser víctima, en último 
término, el mozo de cordel que cargaba mi 
equipaje, con lo cual pudo bien el pobre hom- 
bre, si ha dado en literato y escrito sus me" 



1 66 LUIS ORREGO LUCO 

morías, empezar el capítulo correspondiente 
•de este modo: "de cómo las fases de la luna, 
las nubes y las negruras del cíelo influyen de 
un modo importante sobre las propinas.!» 

Soñar con la ciudad de los jardines y de los 
Califas, cantada por Zorrilla, hermosísimo 
asunto de Pradilla para su cuadro de la "Ren- 
dición l( , con los reyes Católicos, Boabdil, las 
Odaliscas, el palacio de la Alhambra, el 
Jeneralife, el Mul-Hacem, la Sierra Nevada, 
y ver convertido este ensueño en noche negra, 
en mozo de cordel que murmura, en berlina 
destartalada y próxima á disolverse en sus 
primitivos elementos, á poco más que se en- 
tusiasmaran los pobres rocines que tiraban 
•de ella— que, por supuesto, no se entusias- 
maron. 

¡Qué se habían de entusiasmar!... si esta- 
ban ya cerca del sepulcro esos pobres jamel- 
gos octogenarios, patriarcas y abuelos, sin 
lugar á duda, de todos los demás caballos de 
Granada. 

Con gran rumor de hierro viejo, resortes 
^gastados, tornillos flojos y madera suelta, 

"Emprendí, como todos, mi camino, 
Galopando sin tino, h 



ACUARELA DE GRANADA 167 

Lo cual digo sólo por influencia de las lec- 
turas poéticas de Núñez de Arce, pues, esto 
seria una grandísima calumnia á esos pobres 
rocines que, si aun se movían, era debido, sin 
duda, al impulso primero recibido en su ju- 
ventud ya muy lejana. 

Había dado á mi cochero la dirección del 
Hotel de "Siete-Suelos M que me había sido 
recomendado grandemente. Cruzamos por ca- 
lles estrechas y negras, por plazoletas desier- 
tas y ya comenzaba á concebir un asomo de 
inquietud cuando, al llegar al pie de una gi- 
gantesca masa obscura, tras de cruzar una 
callejuela empinada como una cuesta, nos 
detuvimos al pie de una inmensa puerta, á 
medias iluminada por la luz de un reverbero 
que dejaba en la sombra, diseñado apenas, un 
bosque tupido que á esas horas y en circuns- 
tancias semejantes parecía ilimitado, fantás- 
tico, portentoso, digna morada de "Aladinon, 
de "Barba Azulu ó de la "Bella durmiente en 
el Bosquei.. 

El cochero se volvió y me dijo: 

— "Ya estamos en el recinto de la Alham- 
bra.ir 

Azotó los caballos en seguida y, lentamente, 
comenzamos la ascensión de una pendiente 



l68 LUIS ORRF.GO LUCO 

rápida, como avenida de montaña, entre árbo- 
les inmensos que se dilataban en la sombra en 
perspectivas indefinidas é ilimitadas, por obra 
de la imaginación y de la noche. 

~*« 

A las primeras horas del día estaba yo en 
la puerta del Hotel, situado al pie de la Torre 
de Siete-Suelos, dentro del recinto de la Al- 
hambra. La mañana era apacible; una brisa 
ligera sacudía levemente las hojas délos árbo- 
les — que por lo fuertes, lozanos y magníficos,, 
eran dignos de figurar en los bosques de Amé- 
rica. Una breve franja de azul marcaba el 
cielo, diseñado á lo alto de aquellas hermosas 
gradaciones de verdura. Lo verde tomaba mil 
formas y mil matices, desde el intenso verde- 
botella y verde-mar hasta el dorado-verdoso 
de las hojas por donde filtraban, como en línea 
recta, los rayos del so'. Era una orgía de notas 
verdes, todas originales, vibrantes y luminosas 
todas; difundíase por el alma, como nacida en 
ellas, una plenitud primaveral, una expansión 
de vida inconsciente y desbordada. Luego, 
siéntese rumores de agua, de arroyos semi- 
ocultos que suavemente se deslizan como oivi- 



ACUARELA DE GRANADA 169 

dados de sí mismos entre las malezas; junto 
con esto, observamos la humedad de los tron- 
cos de aquellos árboles centenarios, los musgos 
que les tapizan y que luego trepan por ellos. 
Murmura gravemente el agua, como si pre- 
tendiera servir de acompañamiento y de or- 
questa á la música de las cigarras, de los gri- 
llos, de los mil insectos que pueblan la apa- 
cible y dulcísima quietud, la suave somnolencia 
del recinto moro. 

No es únicamente la Alhambra, como yo 
creía en las imaginaciones que de ella me for- 
jaba, simplemente un Palacio, es más que eso, 
es un Parque, es una enorme colina que do- 
mina y manda en Granada desde su elevadí- 
sima altura, es un jardín colosal que encierra 
en su seno, delicadamente guardado como 
joya de Odalisca, un Palacio primoroso que 
cifra y compendia el Oriente, ya trascurridos 
cinco siglos de la salida de los árabes. 

Sigo bajando por el ancho camino, por en- 
tre los árboles que entrecruzan en lo alto sus 
copas en caprichosos arabescos verdes. Á lo 
lejos, diviso la puerta de las Granadas, lla- 
mada Bib-Leuxar; á la derecha de ella está la 
célebre Torre-Bermeja, levantada sobre anti- 
guas construcciones fenicias. Allí se han ido 



170 LUIS ORRRGO LUCO 

amontonando siglos sobre siglos, unas civili- 
zaciones sobre otras, todas ellas distintas y 
lejanas todas ellas. 

Volviendo sobre mis pasos, llego al punto 
en que el gran camino de la Alhambra se bi- 
furca en dos: uno que conduce á la Torre de 
Siete-Suelos y otro que lleva al Palacio Me 
detengo á contemplar la fuente levantada por 
el Marqués de Mendoza en honor de Carlos V, 
vencedor en Pavía. 

La Puerta del Juicio, construida en esa 
vasta plazoleta por el rey árabe Yusuf Abul 
Hagiag, se alza muda y solitaria. Ya no dan 
sus sentencias los Califas á la entrada del Pa- 
lacio, en medio de su corte. Esos monarcas 
poderosos que reunían como en un haz toda 
la suma de los poderes públicos, han desapa- 
recido para no volver; las instituciones del 
Oriente han tornado á su patria originaria y el 
silencio y la soledad reinan donde antes la 
fastuosa justicia, con trajes recamados de oro. 

El arco de su ancha t rre afecta la forma 
de un corazón; en él se marcan la mano y la 
llave misteriosas y simbólicas de la justicia 
del que todo lo puede y del que todo lo al- 
canza. 

Apenas me detengo, me veo acosado por 



ACUARF.ÍA DE GRANADA 171 

«n sujeto vestirlo de majo, grandes ojos ne- 
gros, poblada la barba, de porte más bajo que 
mediano. Es el príncipe de los Gitanos que 
me ofrece su propio retrato por una peseta. . . 
Ya no brillan las armas, ni relinchan corceles 
•de guerra, ni suenan los atabales ni las trom- 
petas. Desaparecieron los mantos flotantes, 
los alfanjes, las mezquitas, para ceder su 
puesto á la prosa moderna metalizada y posi- 
tiva. 

^*~ 

Antes de penetrar al Palacio de la Alham- 
bra, desde los altos muros, extiendo la mi- 
rada en torno mío. La colina parece un nido 
inmenso de verdura que se alza muy suave- 
mente y domina la ciudad, que dilata en todos 
sentidos sus caseríos blancos, sus vergeles, sus 
alamedas, las torres de sus iglesias. El cielo 
de un azul intenso, el sol vivísimo, dan el 
mayor realce posible á esas manchas de irre- 
sistible y deslumbradora blancura, á los folla- 
jes verdes que forman como un abismo de 
verdura en derredor de la colina. 

Sorprenderé á muchos afirmando que, vista 
de fuera, la Alhambra no tiene arquitectura. 



172 LUIS ORREGO LUCO 

Nos alejamos por completo de las grandiosas 
líneas de San Pedro, que se apoderan del es- 
píritu con fuerza moral parecida á la del vér- 
tigo; de las agujas góticas de la Catedral de 
Colonia, sobre el Rhin, que elevan el espíritu 
á los místicos ensueños de la Imitación^ en la 
plena Edad Media; ni tampoco las cincela- 
duras brillantísimas y esbeltas de los Palacios 
Florentinos, del Palacio Ducal de Venecia. 
Quien busca ideas en las líneas exteriores debe 
de ir á otra parte; la Alhambra que yo veo 
dista mucho de producir esas ó parecidas im- 
presiones. Las construcciones de los árabes 
no son hijas de las ideas sino la obra del sen- 
timiento; no llevan en sí el concepto elevado 
y filosófico, á menudo triste, otras solemne, 
propio de las regiones del Norte, del pensar 
hondo y potente, de imaginaciones encerradas 
en sí mismas, ni los brillantes y serenos idea- 
les de la Grecia, ni tampoco las artísticas ale- 
gorías del Renacimiento italiano. Los árabes 
encarnan las pasiones del desierto. En sus 
obras hay una como vida prolongada en el 
ensueño, entre contornos vagos, indefinidos,, 
pero empapados en color, palpitantes de sen- 
saciones y de luces. Schack, ocupándose de 
la poesía y del arte de los árabes los ha com- 



ACUARELA DE GRANADA 173 

prendido en sus pensamientos íntimos y en su 
verdadero fondo. 

"Pero los árabes, dice, se diría que no ven 
los objetos del mundo exterior con claros y 
determinados contornos, sino envueltos en una 
niebla luminosa, que desvanece y esfuma las 
líneas, haciendo que no se sienta el deseo de 
darles forma consistente. Cuando los árabes 
quieren describir escenas de la naturaleza ó 
de la vida humana, muestran mucho más la 
impresión que de ellas han recibido que lo 
que han visto realmente; por lo que sus des- 
cripciones carecen tanto de seguridad y firmeza 
en los perfiles, cuanto se distinguen por un 
brillante colorido. La aptitud para compren- 
der y para reproducir la fisonomía propia de 
cada objeto, es un requisito capital para cual- 
quiera que anhele representarle con el cincel 
ó con el pincel, n 

Si el exterior de la Alhambra no seduce, ni 
agradan las feísimas tejas redondas que reem- 
plazan las antiguas vigas de cedro y las tejas 
doradas de la techumbre árabe, en cambio, el 
interior de aquel Palacio nos produce una 
sensación deliciosa de frescura, de agrado apa- 
cible que se va transformando poco á poco en 
admiración, encanto y maravilla á medida que 



174 LU *S ORREGO LUCO 

avanzamos. Los árabes no vivían, como noso- 
tros, hacia afuera, para los demás, vida ex- 
terna y decorativa; complacíanse en las dul- 
zuras de la vida íntima, vivían p?ra sí, ocul- 
taban sus almas, cerraban herméticamente sus 
puertas, cubrían con velo sus mujeres, en vez 
de lucirlas, como nosotros. Ajenos á todo- 
sentimiento de vanidad, se recogían dentro de 
sus casas y dentro de sus almas, á gozar la 
suprema dicha que debe de ser callada, exclu- 
siva, temerosa de ser descubierta. El espíritu 
de un pueblo aparece al visitar este Palacio,, 
en el cual todo nos habla de su vida íntima, 
de sus costumbres, de sus pudores, de sus 
ternuras delicadas. 

El vastísimo patio de los Arrayanes, ó del 
Mezuar, que se despliega de súbito, pasado un 
estrecho corredor, produce en nosotros un. 
sentimiento de calma, de plácida quietud, de 
intimidad callada y apacible. En el centro,, 
un estanque en forma de paralelógramo, or- 
lado de arriates, de arrayanes y de mirtos, 
extiende sus aguas como grandes espejos tem- 
blorosos que retratan algo de cielo y algo de 
verdura, despertando sensaciones de frescor y 
de bienestar.. . el baño. La arquería morisca 
mueve y quiebra sus curvas elegantes en torno- 



ACUARELA DE GRANADA 175 

del patio, como para hacer más apacible y más 
completa la sensación prmera. Sobre los an- 
chos corredores, debajo de aquellas arquerías, 
debían de extenderse los mullidos tapices ro- 
jos, celestes, oro, y hoja seca, esas combina- 
ciones primorosas que preludiaban con la em- 
briaguez de la vista, á la embriaguez completa 
de la carne. 

Comprendo ahora el profundo sentimiento 
de amargura que dominaba por completo á 
Boabdil, en esas horas en que abandonaba para 
siempre la hermosísima tierra de Granada, el 
palacio incomparable y primoroso. En aque- 
llos estanques se bañaban las mujeres más 
hermosas del Oriente. Quizás alguna otra 
Schehezarade, como Niobe desnuda, refirió al 
Califa historias aun más fantásticas y más 
increíbles que las de las Mil y una Noches. 
La arquería muda podría referir muchas his- 
torias. 

•^ 

Los techos, en que se combinan por mara- 
villoso modo los colores más vivos, en una 
gran plenitud de armonía, como si se tratara 
de una magnífica orquesta de colores dirigida 



176 LUIS ORKEGO LUCO 

por maestro genial, producen un sentimiento 
de alegría, de variedad, de novedad constante. 
Afectan todo género de formas, desde los en- 
casillados, la media naranja, estalactitas, gi- 
gantescas bóvedas de gruta primitiva decorada 
con el admirable primor de la naturaleza, 
hasta el trabajo finísimo, el relieve delicado 
y único de las obras de Benvenuto Cellini. 

El interior de la Alhambra parece haber 
sido hecho por una ideal combinación de las 
elegancias de palmera, fragilidades de cristal 
y sutilezas de encajes superpuestos. Las salas 
espléndidas, las columnas aéreas como tallos 
de junco, se comunican por corredores de finas 
arquerías de labores árabes con jardines* es- 
tanques y surtidores arrancados al Oriente. 
La luz ilumina desde lo alto esas fragilidades 
•de verdura y de agua, y luego penetra por los 
finísimos bordados de las puertas, saltando 
por entre los encajes de los arcos de sala en 
sala, como esos silfos de que hablan las anti- 
guas leyendas, besando los techos mudejares, 
los alicatados azules, púrpura, verde mar, 
grana, violeta pálido; deslizase por entreos- 
curos encasillados y salta por las estalactitas 
que bajan del techo como flecos de cristal ilu- 
minados por todos los colores del iris, y por 



ACUARELA DE GRANADA 177 

último sale por el arco de una ventana que 
parece primorosamente ejecutado en punto de 
Alancon. Es preciso detenerse, extasiado, ante 
las inconcebibles combinaciones del color y de 
la forma, de luces, gazas, cristales y plumas 
que el vuelo prodigioso y fantástico de las 
imaginaciones orientales ha logrado encarnar 
con vida, movimiento, ser propio, en aquellas 
salas y en aquellos jardines. 

La parte más importante de la Torre de 
Gomares se halla ocupada por el Salón de 
Embajadores, una de las salas más espaciosas 
y espléndidas del Palacio. El techo, eleva- 
dísimo, se halla dominado por notas de color 
obscuro que contribuyen á dar á la sala, ro- 
deada de luminosas habitaciones y jardines, 
un aspecto severo á la par que imponente, 
noble así como soberbio. No estamos ya en la 
intimidad, sino en la sala de recepción, donde 
han de lucir los tapices más espléndidos de 
Oriente, las cimitarras y las armaduras damas- 
quinadas, las telas recamadas de oro y pedre- 
rías, los bordados árabes de finísimas combi- 
naciones de colores. 

Por los calados de las ventanas penetran 
infinitos rayos de luz. Afuera todo es alegría 
y es vida, con lo cual gana en severidad, hasta 
12 



178 LUIS ORREGO LUCO 

convertirse en imponente, el Salón de Emba- 
jadores. La imaginación se complace en resu- 
citar la Sala de Corte de aquellos reyes artistas 
y guerreros, de aquellos Califas poetas y mú- 
sicos. Refiere la historia poética de los árabes 
que más de una embajada, en aquellos tiem- 
pos de brillante y finísima cultura intelectual, 
debió su éxito exclusivamente á la inspiración 
de su musa, al sentimiento de alguna poesía, 
á las alabanzas muy hábilmente dirigidas al 
Califa por algún Embajador, en forma de ma- 
drigal. 

Por las murallas se desarrollan mil y mil 
combinaciones de líneas caprichosas, que se 
enredan y se desenredan y se entrelazan de 
todos 1<>s modos posibles, siempre redondeadas 
siempre impecables, en sus diversos movimien- 
tos. Hay poesías, hay versículos del Corán en 
todas direcciones, como para poner bajo la 
éjida y protección del profeta á los moradores 
del Palacio. Incesantemente se lee por los 
muros la célebre divisa de los Califas de Gra- 
nada: "SóloDiosesvencedor.ii La escritura 
de los árabes, con sus giros sin concierto, ca- 
prichosos y bizarros, con sus perfiles y sus 
vueltas bruscas, amanera de signo cabalístico, 
constituyen pintorescos motivos para decorado. 



ACUARELA DE GRANADA 1 79 



Hay otro sitio esencialmente poéiico, lla- 
mado el Mirador de la Reina, singularmente 
hermoso entre todos los parajes de la Alham- 
bra. Allí se asomaban, de tarde en tarde, las 
cautivas á respirar las brisas que traían los 
aromas del jeneralife situado á lo lejos. La 
arquitectura de por sí, nada especial repre- 
senta; es, tan sólo, una continuación de tan 
magnífica fábrica, llevada á cabo con tal uni- 
dad de conjunto y perfección del detalle que 
nada rompe la armonía de las líneas ni viene 
á desentonar en el conjunto. Lo que tiene de 
asombroso es el panorama que á los pies se 
desarrolla, son los mares de verdura, las cas- 
cadas de árboles que se extienden á los pies 
de la Alhambra y que parecen un abismo de 
verdura, abismo risueño, alegre y singular- 
mente feliz, que atrae como una sonrisa y que 
hace pensar en esas sirenas que arrastraban á 
los viajeros al fondo de las aguas. 

A lo lejos se desarrolla el Albaicin, que tan- 
tas maravillas encerraba en los tiempos felices 
del dominio de los moros. Se alzan los huertos, 
los palacios de verano, los estanques de aguas 



1 80 LUIS ORREGO LUCO 

vivas, los algibes, las torres mudejares, los 
jardines y habitaciones misteriosas en que 
vivían los moros vidas eternas de voluptuosidad 
y de ensueño, en el retiro callado, en el silen- 
cio de la ventura más discreta. 

El valle, en toda su magnífica extensión, se 
desplega á nuestra vista. Las manchas obscuras 
de los cipreses resaltan entre el verde claro de 
los huertos y la vivida blancura de las habita- 
ciones que, por lo albas, traen consigo una 
idea de palomas. El blanco es la nota domi- 
nante, la nota más típica del oriente; aquellos 
contrastes de lo albo y de lo verde, aquellas 
extrañas y vaporosas irradiaciones de blancura 
surgen por el desierto y por los valles africa- 
nos como si se tratara de un desafío al sol, de 
un miraje permanente, de un ensueño prolon- 
gado. De aquí el aire esencialmente oriental 
que Granada, así como Sevilla, ostenta á pe- 
sar de las cruces y de los campanarios de San 
Nicolás, de San Juan y San José, que levan- 
tan, en direcciones variadas sus macizas cons- 
trucciones. 

El Darro baja, entre granados y entre flores, 
en medio de las colinas del Albaicin y de la 
Alhambra. 

Una línea blanca y varias manchas obscuras 



ACUARELA DE GRANADA l8l 

de cipreses marcan, al frente, el sitio de los 
jardines del Jeneralife. Era el lugar donde los 
califas iban á reposar de sus tareas de go- 
bierno, á vivir la vida de la naturaleza en 
tierras de sorprendente fertilidad, entre gra- 
nados y flores exquisitas, regadas por extraños 
surtidores, por fuentes mágicas, por juegos de 
agua dignos de las Mil y Una Noches. Chorros 
en forma de cascada, de arcos, de líneas rec- 
tas que se cruzan, de lluvia de brillantes, de 
polvos luminosos — el agua parece obediente 
como una magnífica orquesta dirigida por 
maestro hábil, en su armonioso y extraordina- 
rio concierto. 

Todo eso está oculto entre las líneas lejanas 
de aquella tierra en que surgen, como por en- 
salmo, á cada momento, los encantos más 
bellamente misteriosos, entre bosquetes de 
laureles — rosa y de mirtos. 

~*~ 

Al llegar al Patio de los Leones, es preciso 
detenerse, y saludar con respeto el arte de los 
árabes. Aquí se manifiesta el valor de la línea 
y de la luz: no se trata ya de admirables ara- 
bescos ni de mosaicos, ni de caprichosas com- 



l82 LUIS ORREGO LUCO 

binaciones de colores sino del partido que es 
posible tomar de líneas, de luces y de planes. 
En la mezquita de Córdova es, con todo, en 
donde se ha logrado más primorosos resultados 
en este género de combinaciones: sus tres mil 
columnas tienen algo de fantástico y de magní- 
fico, por manera tan nueva é inesperada, que 
el ánimo queda en suspenso, y luego sufre el 
vértigo y el mareo de las columnas. 

El patio de los Leones no alcanza á la gran- 
diosidad de la mezquita cordovesa, ni podría 
tampoco pretenderlo. En cambio, tiene irra- 
diaciones y explosiones de luz que la mezquita 
no posee, por haberse destruido la armonía 
con la iglesia levantada al centro de ella. 

Contemplado desde el templete de Ponien- 
te, el Patio de los Leones ofrece á lo lejos una 
perspectiva de cálices dados vuelta, cortados 
en plena luz, que vienen á rematar en colum- 
nas delgadas, sutiles, esbeltas como palmeras, 
con ligerezas de pluma y levedades de cristal 
de Baccarat. Las ciento veinte columnas de 
mármol, dispersadas en artístico y simétrico 
desorden, de cuatro en cuatro y de tres en 
tres, multiplican sus rayas de blancura, las 
extienden, prolongan la perspectiva, la arro- 
jan en un desborde, en una mancha de luz* 



ACUARELA DE GRANADA 183 

hacia el centro, por la pila, y luego la dejan 
sumirse misteriosamente por las obscuridades 
de su fondo. Yo no sé por qué la luz me fas- 
cina, me embriaga, me sobrecoge, en esta oca- 
sión, más intensamente que en todo otro mo- 
mento de mi vida de viajero. Será tal vez la 
luz que atraviesa los encajes de los arcos por 
la parte superior en forma de múltiples y finí- 
simas agujas; será quizás la disposición de las 
columnas que parecen multiplicadas por la 
perspectiva: el resultado es que siento, á 
pesar mío, el hipnotismo de la luz, la sensa- 
ción de suavísimo é inexplicable deleite, el 
goce refinado de la retina de mis ojos y del 
ensueño de mi espíritu. Estamos á distancia 
enorme de aquellas ideas elevadas, que surgen 
por el alma en presencia de la Catedral de 
Colonia ó de San Pedro; este es el mundo de 
la sensación, el paraíso exquisitamente sensual 
de las líneas y de las formas. Aquí hay talles, 
caderas, morbideces en las mismas columnas, 
pupilas negras en las puertas obscuras y som- 
brías, miradas luminosas en la explosión ví„ 
vida que baja del cielo sobre aquel extenso 
patio. El espíritu de los árabes vive allí por 
entero. 

En el centro del patio se encuentra la pila, 



184 LUIS ORRKGO LUCO 

de tazas superspuestas, sostenida por leones. 
De ellos toma su nombre aquel paraje. Al 
verlos, cualquiera diría que se trataba de todo 
otro animal, menos del león. Esos leones rús- 
ticos, informes, primitivos, aumentan intensa- 
mente el colorido local. No tienen punto de 
semejanza con los habitadores del desierto, 
nó, más bien parecen obra de la heráldica, 
traen un vago recuerdo de los leones de las 
empresas y de los escudos medioevales. Con 
sólo verlos, ya se siente como un olor de siglos 
que se levanta y que se derrama por la atmós- 
fera. Esos leones groseramente esculpidos son 
como una fecha vetusta que aleja los objetos 
de la época presente. 

Sobre aquel tazón, á lo que refiere la leyen- 
da, rodaron las cabezas y la sangre de los 
abencerrajes, en número de treinta y seis. 

Esos leones de piedra lanzan por la boca, 
en las grandes ocasiones, chorros de cristal 
que combinados con el caño de la fuente for- 
man hermosísimos juegos de agua. 

Sería casi imposible describir, punto por 
punto, las infinitas salas del palacio de la Al- 
hambra; reproducir y analizar esas impresiones 
que dejan las combinaciones increíbles de co- 
lores, de mosaicos, de arabescos y de estucos; 



ACUARELA DE GRANADA 185 

los techos primorosos que ya poseen las labo- 
res complicadas de las cinceladuras florentinas, 
ya la forma caprichosa de las estalactitas de 
una gruta empapadas en verde, azul, oro y 
rojo, ya los artesonados severos de la Edad 
Medi?. El cuidado exageradísimo de los más 
ínfimos detalles se hace notar á cada instante; 
llega hasta el punto de construir en los muros 
lugares apropiados á la colocación de las ba- 
buchas, y planchas perforadas que permiten 
el paso á los perfumes, quemados en lugares 
subterráneos. Allí, en aquella habitación deli- 
ciosa, estuvo el baño, en aquellas tazas de 
mármol de una sola pieza, en el agua tibia, 
reposaron los cuerpos de favoritas en el gran 
gabinete abovedado, iluminado por rosáceas 
cortadas á luz, en tanto que la orquesta, colo- 
cada en sitios invisibles, preludiaba sigilosa- 
mente. Inútil sería hablar de la Sala de los 
Secretos, ni del mirador de Lindaraja, ni de 
la Torre de la Cautiva, donde se han repe- 
tido y multiplicado esas mismas impresiones 
tan difíciles de analizar, tan peculiares, al 
mismo tiempo, y tan distintas de las otras 
impresiones de arte. 

Me dirijo nuevamente á los muros, á buscar 
en el paisaje y en la naturaleza un alivio á 



l86 LUIS ORKEGO LUCO 

esos refinamientos y á esas perfecciones de que 
nos tiene apartados la vida moderna, con su 
monotonía rígida y su igualdad abrumadora. 
Desde allí ¡qué espectáculo! Abajo, las lomas 
herbosas de las colinas, los árboles apiñados, 
ahogados con los misterios de las hojas muer- 
tas. El sol cae: la Sierra Nevada, que envuel- 
ve la ciudad de Granada en sus festoneadas 
labores, ostenta sus aristas, sus cumbres y sus 
agujas encaperuzadas en nieve que se tiñe, 
suavemente, de rosa pálido, tibio, esfumado 
en sedas, damasquinado en plata — como la 
empuñadura de coral de un alfanje. Mézclanse, 
por el horizonte, el anaranjado, ya violento, 
ya diluido, que desaparece lentamente para 
lar paso al iris y el ópalo que crecen y se 
ensanchan, á la par que los tonos satinados de 
nácar y de rubí. La llama púrpura de un 
grande incendio se rasga levemente para dar 
paso al záfiro, convirtiendo esa faja de hori- 
zonte en las caprichosas combinaciones de una 
plancha de ágata. El sol ha desaparecido por 
completo: ya no garabatean por el agua sus 
rayos de luz, ni vibran entre las hojas de los 
árboles, ni reverberan sobre las murallas blan- 
cas de esas casas que parecen mezquitas. La 
noche cae: no se oye ni un ruido, ni un mur- 



ACUARELA DE GRANADA 



I8 7 



mullo, ni un canto de pájaro que turbe la 
inmensa y monótona placidez de hora crepus- 
cular que baña el cielo entre sombras violáceas 
que crecen y se agigantan. 






SEYILL1 



Los andaluces, con la gracia que tienen 
para todo, han dado á la Andalucía el precioso 
nombre de la tierra de María Santísima, con 
tanta exactitud como verdad. No cabía un 
apodo más adecuado á esa tierra tan feraz, tan 
risueña, tan eternamente primaveral, tan em- 
papada en sol. Después de verla, se comprende 
que, si no Jesús, á lo menos su madre, ha 
debido de nacer en ella. 

Caminaba el tren con esa feliz lentitud, que 
es proverbial en los caminos de hierro de la 
moderna España — y digofétiz, ya que me per- 
mitía el apacible goce del paisaje, gracias á 
la pausa, digna de una carreta americana, con 
que iba el tren. Refiérese que cierto individuo 
que trataba con un viajero de cierta materia 



190 LUIS 0RREG0 LUCO 

interesante, le acompañó á pie hasta la esta- 
ción próxima, charlando con el viajero aso- 
mado á la ventanilla del vagón. A juzgar por 
mi experiencia propia, el hecho debe de ser 
exacto, sin que los viajeros se molesten por el 
caso, ni lo lleven á mal ya que todo se deja 
para mañana, tanto ahora como en tiempo de 
Fígaro. 

Es lo cierto que yo iba encantado con la 
feracidad de aquella tierra, con la verdura de 
sus praderas, la fragosidad opulenta de sus 
sierras, sus bosques, sus horizontes hermosí- 
simos y á cada instante nuevos, la transparen- 
cia límpida en el cielo, y algo de más alegre, 
de más animado, de más bullicioso, en las 
cosas y en los hombres, que en el resto de la 
España. Andalucía despierta en mi alma como 
un rumor de cascabel, con tañer de pandereta 
y pespunteo en guitarra. Es una España dis- 
tinta de la España del Norte, fría, desapa- 
cible, árida y rocosa, desnuda como la palma 
de la mano. 

En estas reflecciones andaba cuando me vi 
súbitamente separado de ellas por una conver- 
sación de voces femeninas que subían el tono. 

— ¡Si es francés!. .. 

— Te digo que nó. . . 



SEVILLA 191 

— ¡ Vaya si lo es!. . . como si yo no conociera 
á los franceses, cuando tengo un primo... que 
pensó ir á Francia. 

Este diálogo rápido, casi instantáneo fué 
interrumpido por un coro de risas. 

Eran dos andaluzas que hablaban de mi 
pobre humanidad, tomándola por francesa, 
con ese tono rápido, incisivo, tan peculiar de 
la raza andaluza, suprimiendo las finales con 
gracia indecible. No me di, ciertamente, por 
notificado, limitándome, al cabo de un mo- 
mento, á observar á mis compañeras de viaje 
y de compartimentos. Era la una de veinti- 
cinco años, sobre poco más ó menos, y la otra 
no pasaba de quince; ambas vestían elegan- 
temente dos sencillísimos trajes de viaje y sus 
maneras, su porte^, su charla eran de buena 
compañía. A través de la broma constante y 
de la guasa de que hacían gala charlando con 
dos compañeros, de los cuales uno parecía 
marido y el otro amigo, se dejaba conocer 
aquel velo exquisito de buen tono, que tn to- 
das partes y en toda circunstancia acompaña 
á la gente de la buena sociedad. ¡Como se 
echaba de ver, desde el primer momento, la 
diferencia de espíritu entre éstos y los espa- 
ñoles del Norte! Llevan los últimos en los 



192 LUIS ORREGO LUCO 

nervios, en el espíritu, en su manera de ser, 
algo de inquietud, de almas gastadas y traba- ? 
jadas, fisonomías contraídas interiormente por 
una mueca amarga, corroídas por el tedio ó 
por la acción, en tanto que el andaluz, todo 
gracia, todo libertad y despreocupación, em- 
papado en la alegría de la vida, como en 
el sol de su tierra, siempre de broma y de jol- 
gorio, tiene la naturaleza del epicúreo, pa- 
rece el descendiente directo de esos alegres 
paganos eternamente risueños, que bebían su 
Falerno en copas de oro, cinceladas como 
joyas. Diríase que los ascetas, las agonías 
místicas, las religiosidades medioevales no 
hubiesen pasado por la fierra andaluza — cam- 
po de batalla, sin embargo, de las Cruzadas 
españolas. 

Es de ver como retoza la risa en aquellas 
fisonomías picarescas y vivarachas de anda- 
luzas, con el ojo alerta, el gesto maleante, el 
porte airoso. Hay en ellas algo de africano 
por su temperamento ardiente, lo moreno de 
su tez, el brillar luminoso en la mirada. Si, 
junto con esto, alargamos la vista por aquellos 
campos á las habitaciones que blanquean en- 
tre oleadas de verdura, con esas reverbera- 
ciones soñolientas, semi dormidas que tienen 



SEVILLA I93 

las mansiones africanas, la ilusión es completa. 
Hay el mismo fondo indolente y perezoso, 
algo melancólico en los árabes y marroquíes, 
perpetuamente alegre y de zambra en los hijos 
de Andalucía. 

Ese buen humor no les abandona en trance 
alguno, por amargo y difícil que parezca. Poco 
antes de mi viaje, habíase desbordado el Gua- 
dalquivir, causando con sus inundaciones todo 
género de extragos. Cierto cortijo, situado en 
lo alto de uní colina, había quedado en el 
centro de una llanura de agua. Los sevillanos 
que comprendían su situación le enviaron ví- 
veres y auxilios en un bote. Cuál no sería la 
sorpresa de los auxiliadores cuando, al aproxi- 
marse, vieron claramente en la terraza del 
edificio, al dueño con su familia, ocupados en 
cantar alegremente el conocido trozo de Ma- 
rina'. 

"Felices los que moran en tierra firmen 

Diríase que vibra algo así como un rayo de 
sol en ese espíritu en perpetuo movimiento, 
con alegrías de guitarra. Todos los andaluces 
tienen el mismo carácter. Referíame cierto 
jefe del ejército español que, durante la guerra 
civil, se halló envuelto en cierta ocasión en el 
desbande y fuga de un batallón malagueño. 
13 



194 LUIS ORREGO LUCO 

— Á dónde vais miserables, ¿por qué volvéis 
la espalda al enemigo? 

— Estamos heridos % mi comandante. . . le 
respondió un recluta que arrancaba más fuerte 
que los otros. — Vamos heridos. . . todos, . . 

^*~ 

Sevilla, antes que una ciudad española, es 
árabe. Diríase, al primer momento de verla, 
que uno ha vuelto cuatro siglos atrás, en plena 
Edad Media, á poco de reconquistada á los 
invasores que tan injustamente la tenían. No 
conozco ciudad alguna que lleve tan fuerte- 
mente impreso, como ella, el sello de una 
época y de una raza. Es menester confesar, 
también, que el medio ambiente parecía apro- 
piado, más que otra cualquiera en Europa, al 
desarrollo del árabe, sentimental, soñoliento, 
eternamente adormecido en la delicada poesía 
del ensueño, para caer en momentos fugitivos, 
en el relámpago de sus pasiones africanas. El 
cielo de Sevilla, intensamente azul, el sol 
incendiario, la atmósfera con vibraciones de 
horno y una cómo reverberación intensa de 
luz, que deslumhra y marea á un mismo tiem- 
po, nos hacen recordar cuan apartados nos 



SEVILLA 195 

hallamos de las tristezas del Norte. Aquí todo 
es alegre: hay un palpitar de vida, natural- 
mente gozada, sin esfuerzos, sin trabajos, sin 
sacrificios — una felicidad que brota del mero 
hecho de vivir. Las calles estrechas parece 
que fueran á juntarse unas con otras, en lo 
alto, cerca de aquella deslumbradora faja de 
intenso azul del cielo que se retuerce en zig- 
zags irregulares. Los muros blanquean, con 
las irradiaciones vibrantes de la cal herida 
por el sol. Los viejos portones antiquísi- 
mos, con aire solemne y grave tiesura nos ha- 
blan de tiempos ya pasados, en tanto que 
los balcones salientes, cargados de plantas,, 
matas de claveles, enredaderas y rosales que 
arrojan su nota fresca y luminosa, nos hablan 
alegremente de amores, de Rosinas y de Al- 
mavivas pasados, presentes y futuros. Los 
patios de las casas cubiertos con telones, llenos 
de macetas y de plantas floridas, se hallan 
envueltos en una penumbra recatada y silen- 
ciosa que turban, tan soló, cantos de pájaros 
y el murmullo cristalino del agua en las pilas,, 
cayendo de taza en taza. Por los rincones de 
los patios algún cuadro místico, de colores 
ahumados y tonos negruzcos, pasa por obra 
de Murillo que de seguro no ha de salir de su 



I96 LUIS ORREGO LUCO 

tumba á protestar, y proyecta su nota de arte. 
Algún quitasol chino, de colores ruidosos, 
surge entre las plantas verdes, sin que por 
esto resulte un desentono, antes bien parece 
modernizarnos arrojando el presente en el pa- 
sado. 

Por entre revueltas calles y vetustos edificios 
voy á rematar, sin saber cómo, á una puerta 
de hermosa herradura árabe que conduce á la 
Catedral. Nada conmueve tanto, nada evoca 
memorias de cosas pasadas, de reyes medio- 
evales, ni sensaciones de historia y de arte 
como las que saltan, resucitadas, á la simple 
vista del monumento grandioso de la Catedral 
sevillana, de sus torres artísticas, sus arquerías 
laboreadas, sus verjas de hierro cinceladas 
como encajes, la solemne elevación de sus 
bóvedas, en que las columnas imponentes de 
maciza piedra van á rematar en lo descono- 
cido. El pensamiento se anonada y se funde 
en la melancolía de las medias tintas que aga- 
rran al espíritu con la fuerza de una poderosa 
tenaza de hierro. El arte resalta con gracia 
risueña en medio de la severidad de las cate- 
drales españolas, más empapadas en el senti- 
miento cristiano que las basílicas de Italia, 
nacidas é inspiradas en la época del Renací- 



SEVILLA 197 

miento, en un risueño paganismo, bajo la 
inspiración de un cristianismo sensual, que 
contrasta vivamente con el puritanismo se- 
vero, con la austeridad reposada en la idea, 
en el sentimiento de asceta que se respira en 
las catedrales españolas. 

Tal vez contribuya esto mismo á dar un 
sabor particularmente gracioso, poético y so- 
ñado á las composiciones de Muriilo, tal vez, 
por eso mismo, fuera de Sevilla, alejado de las 
severas catedrales y del medio peculiarísimo 
de su pintura, Muriilo, con todo su genio, ya 
no es Muriilo. Aquel sabor amargo y picante 
del contraste, aquella su nota alada, se borra 
y se esfuma, en otros lugares lejos de este,, 
hasta convertirse en página de mero poeta, 
antes que en la obra del divino Muriilo. 

*^ 

En mi lento y descaminado vagar atravieso 
por la célebre calle de las Sierpes, el centro 
de lujo y de elegancia de la Sevilla moderna,, 
vuelvo sobre mis pasos, cruzo por plazas y ca- 
llejuelas hasta dar, sin saber cómo, en el paseo 
de las Delicias. El Guadalquivir, elegante,, 
magestuoso, corre á mis pies; por todas partes 



I98 LUIS ORREGO LUCO 

árboles, verdura, notas alegres de sol de fiesta, 
y me pongo á recordar el Don Alvaro del 
Duque de Rivas: 

"Sevilla... el Guadalquivir... 
¡Cual atormentáis mi mente... 
Noche en que vi de repente 
Mis dichas todas surgir. ..m 

El rio serpentea con rápidas vueltas, revol- 
viendo en la verdura su cinta de plata, en 
apacible rumor de tarde que cae, entre olores 
•de primavera, el polvo de oro del crepúsculo, 
la mancha parda y seria de la Catedral que se 
pierde muy lejos, y la silueta elegantísima de 
la Giralda, con levedades femeninas de pal- 
mera. Del lado opuesto, asimismo, lejos, muy 
lejos, del otro lado del río, la Torre del Oro, 
esbelta y graciosa, aparece bañada en los 
-últimos rayos del sol poniente. Allí pasaba, 
en tiempos medioevales, la muralla del recinto 
■de defensa; esa Torre servía de atalaya para 
•denunciar al enemigo. . . 

Pasan rodando las victorias elegantemente 
puestas, al trote de sus caballos ingleses. Las 
andaluzas, vestidas irreprochablemente y las 



SEVILLA 199 

madrileñas que han venido por ser la época 
fashionable t pasan rápidamente, con sus tra- 
jes claros y gazas primaverales. Es la multitud 
elegante, es la creme que se divierte y que 
baila Cotillón en la tienda del Círculo de La- 
bradores de la Feria. Esa aristocracia ele- 
gante y ávida de novedades, eternamente en 
movimiento y en evolución, vividora por tem- 
peramento, sólo conserva de los tiempos ya 
pasados los grandes nombres, como si la vida 
fuera tan breve que no se pudiera pensar en 
el ayer con los cuidados y las tribulaciones 
ansiosas del día de hoy. 

Recuerdo ahora las alegrías del baile de 
la víspera, encajes, trajes claros, ojos negros, 
vueltas de vais, y la nota modernista al inva- 
dirme, arrojando las sensaciones de historia 
con mano brutal, despierta en mi espíritu 
cierto sentimiento extraño, ansioso, rápido 
que bien podría llamarse la angustia del pla- 
cer. 

Ya los coches se retiran, el ruido muere, la 
alegría se apaga con el soplo de tarde— aquel 
suave soplo de viento primaveral del paseo de 
las Delicias. El Guadalquivir parece una capa 
de estaño, en tanto que el rojo sangriento del 
horizonte se torna violáceo y el oro se apaga. 



LUIS ORREGO LUCO 



Brillan, á lo lejos, como alfileres, las luces del 
barrio de Triana, cuando yo penetro de nuevo 
en la ciudad. 

Sobre aquel fondo entristecido del crepús- 
pulo, renacen en mi alma esas hermosas le- 
yendas pasadas de Sevilla, de la Sevilla medio- 
eval, tan distinta de la Sevilla de los árabes, 
á pesar de que una y otra viven y se compe- 
netran mutuamente. Es la leyenda de los Ta- 
veras, que ha servido á Lope de argumento 
para su hermosísimo drama de La Estrella de 
Sevilla. El rey don Sancho el Bravo se había 
enamorado locamente de doña Estrella de 
Tavera, con la pasión irresistible de quien 
jamás ha puesto límite á su fantasía ni á su 
deseo, acostumbrado al mando ciego y com- 
pleto. Ella no lo amaba; y si alguna simpatía 
llegó á concederle, por acaso, en aquellos 
tiempos en que el honor lo dominaba y se 
sobreponía á todo, supo guardar la palabra 
empeñaia á su novio don Sancho Ortiz de las 
Rodas. El rey, por medio de astucia, consi- 
gue introducirse á casa de su amada, en altas 
horas de la noche, por una puerta falsa. El 
hermano de doña Estrella le sorprende, y sin 
reconocerle, espada en mano, le persigue y 
le hace huir. El rey pide á don Sancho que 



SEVILLA 201 

le vengue de quien le ha ofendido mortal- 
mente y el leal caballero, al dar cumplimiento 
á su palabra, descubre que se trata del her- 
mano de su prometida. Esto no obstante, 
cumple su juramento sacrificando su dicha, su 
familia, sus ilusiones, en aras á su fidelidad al 
rey y á la palabra empeñada. La casa de los 
Taveras pertenece hoy día á los marqueses de 
Hoscoso. Allí está el patio andaluz con sus 
bosquetes y sus flores y el mirto detrás del 
cual se ocultaba don Bustos de Tavera en la 
noche lúgubre del drama. Cuántas leyendas 
van ocultas en las sombras que caen, y rena- 
cen con las oscuridades crecientes, al calor de 
las imaginaciones encendidas, entre las calle- 
juelas estrechas y las habitaciones de estilo 
vetusto, con pleno sabor de siglo XIII, las 
plazoletas en que brilla apenas la luz amorti- 
guada. Por allí vio pasar, sin duda, don Mi- 
guel de Manara, el verdadero don Juan Te- 
norio, su propio acompañamiento, con cirios 
y cantos fúnebres, y luego, como preguntara 
por el muerto, allí le dijeron: "Es don Miguel 
de Manaran. Hoffmann no alcanzó jamás nin- 
guna concepción tan extrañadamente fantás- 
tica ni tan emocionante como esta de asistir á 
su propio entierro. 



LUIS ORREGO LUCO 



Nunca, en parte alguna, me he sentido tan 
plenamente en la Edad Media, retrocediendo 
en el pasado, saturándome en cosas añejas y 
en costumbres sepultadas bajo siglos, como en 
Sevilla, durante las fiestas de Semana Santa. 
Es el gran revivir religioso de un pueblo, es 
cómo la protesta de las creencias de una raza 
contra el escepticismo de un siglo, un grito de 
la conciencia, un clamor de ultratumba, una 
suprema y enérgica sublevación de agonizante, 
esto que se deja oir en el fondo mismo de las 
fiestas religiosas. Si se agrega el explendor y 
la alegría de las fiestas y de las saturnales 
antiguas, el lujo pródigo de las andas, la jo- 
vialidad andaluza y el bullir del pueblo — de 
un pueblo cuadruplicado en número con los 
forasteros; el cantar de las zaetas, el relucir 
de los cirios, y el contraste de esa alegría pa- 
gana con la tristeza mortal y sobrecogedora 
de la procesión del Silencio, tendremos un re- 
flejo vago del alma española, en la cual entran 
de un modo súbito, sin transiciones, por par- 
tes enormes y rápidas, la alegría y la tristeza. 

La calle de las Sierpes, á donde había de 



SKVILLA 203 

llegar la procesión, se hallaba convertida en 
inmenso y prol >ngado teatro, cuajadas todas 
las casas de racimos de cabezas: todas las be- 
llezas andaluzas parecían haberse dado cita 
en el recinto estrecho de esa calle árabe 
estremadamente original, centro del comer 
•ció y de la cultura. Allí, entre las tiendas 
elegantes, las ventas de flores y de periódicos : 
de abanicos, de panderetas y de las mil bara 
tijas que se compran en memoria de Sevilla 
iba y venía, en rebullir continuo, la inmensa 
multitud, deslizando los anillos negros de su 
cadena por entre las caprichosas revueltas y 
serpenteos de la calle, más árabe que espa- 
ñola. Sería de creer que ya no cabía más gen- 
te, y sin embargo, por momentos se duplicaba 
su número. En la antigua plaza que fué de la 
Inquisición, donde remata la calle de las Sier- 
pes, la multitud, en sillas, graderías y palcos, 
■exactamente como si se tratara de un espectá- 
culo de toros, aguardaba, con impaciencia de 
fiebre la llegada de la primera procesión. Las 
señoras, vestidas con suma elegancia, llenaban 
los palcos; se habían dado cita casi todas las 
bellezas sevillanas y muchas madrileñas, espe- 
cialmente llegadas á la fiesta. De palco en 
palco circulaban los gomosos, haciendo visitas, 



204 LUIS ORREGO LUCO 

repartiendo saiudos, en alegre charla. Del vas- 
to recinto de aquella plaza en la cual renegrea- 
ban las cabezas, parecía levantarse un murmu- 
llo de colmena, un rumor alegre de fiesta y de 
jaleo, que ni por asomo recordaba el recogi- 
miento sombrío, el ascético fervor de otras 
edades. 

Sea que los andaluces, por condiciones es- 
peciales de su raza, de su temperamento na- 
cional, no puedan tomar cosa alguna por lo 
serio, sea que haya decaído el sentimiento 
religioso de otros tiempos, es lo cierto que las 
procesiones de Semana Santa más parecen 
fiestas paganas que ceremonias religiosas. El 
cielo gris, encapotado, con amenazas de lluvia, 
daba al escenario por donde habían de pasar 
las procesiones, un aspecto lúgubre, incierto, 
dolorosamente colorido; era el escenario apro- 
piado á la sagrada ceremonia. Con sol, se ha- 
bría respirado un aire de carnaval; entre nubes 
grises y manchas oscuras, en las ansiedades d e 
la espectativa, la melancolía de la tarde, el 
ansia de un espectáculo tantas veces ponde- 
rado, se saturaba el alma, poco á poco, de un 
sentimiento indefinible de tristeza. 

Caía la tarde cuando apareció, de súbito r 
iluminada la calle de las Sierpes, con una 



SEVILLA 205 

multitud innumerable de cirios que proyec- 
taban sus miles de luces pagizas, agudas y 
punzantes, en grandes proyecciones doradas 
sobre los muros sombríos de la calle, excesi- 
vamente estrecha y encajonada. El clamoreo 
de la gente aumentaba con la cercanía de la 
procesión que avanzaba con gran pausa. 

Un nazareno, de larga túnica blanca y ne- 
gra, cubierta la faz con largo lienzo y la cabeza 
con un capirote puntiagudo, apareció llevan- 
do la cruz alta, seguido de una doble fila de 
nazarenos. La procesión se detuvo, y el cla- 
mor del pueblo fué disminuyendo hasta con- 
vertirse en pianísimo: á lo lejos se oía el ru- 
mor apagado, triste, adolorido, de un cantar 
de niños, á manera de prolongado lamento, 
era una zaeta. El día gris descargaba sus alas 
pesadas sobre el alma, y el prolongado la- 
mento de aquel extraño cantar, incrustaba la 
sensación especialísima que había nacido de 
una manera insensible. La espectativa, el ru- 
mor, el silencio, la tristeza del canto, los res- 
plandores dorados que oscilaban por las altas 
calles estrechas, los rostros cubiertos y las 
túnicas flotantes, daban á la procesión que 
avanzaba poco á poco, lenta y religiosamente, 
una solemnidad grandiosa que causaba frío. 



206 LUIS ORRRGO LUCO 

Recordábase las fiestas de la Santa Inquisi- 
ción, con toda su pavorosa é imponente ma- 
gestad. 

Los pasos ó midas como nosotros las llama- 
mos en América, parecían sobrepujarse unos 
á otros, tanto en esplendidez como en brillo, 
en lujo como en arte. Era de asombrarse ante 
los mantos de las vírgenes, todos recamados 
con oro y cubiertos de bordados magníficos; la 
combinación de los colores en los trajes, la 
delicadeza y la gracia en los adornos, hacían 
de la Virgen, de María Magdalena y demás 
santas mujeres los tipos del lujo y del esplen- 
dor del Oriente. Hay trajes que valen veinte 
mil duros, según me afirman. Más que la be- 
lleza de los trajes sorprende el arte exquisito 
de los Cristos y Santos esculpidos por el cé- 
lebre Montañez en el siglo pasado. Recuerdo 
haberme sentido emocionado profundamente, 
como sobrecogido por estremecimiento miste- 
rioso, á la vista de un paso del Descendimiento 
de la Cruz. El cuerpo de Cristo, ya cadáver, 
es descolgado lentamente, por medio de lien- 
zos que le pasan por debajo de los brazos. El 
cuerpo aparece retorcido y contraído por las 
últimas agonías y por los últimos dolores de 
la muerte; cuanto la naturaleza humana puede 



SEVILLA 207 

encerrar en dolor aparece reflejado en la pos- 
tración suprema del Dios-hombre. Los nervios 
y los tendones aparecen de relieve; sus costillas 
se arquean, su cuerpo se desarma, los últimos 
padecimientos y las maceraciones postreras 
han dejado su huella en la carne de entonacio- 
nes azulejas y violáceas. Nunca el realismo 
español ha dado en la escultura un producto de 
más acabado realismo, de más honda ni más 
religiosa emoción humana, de mayor penetra- 
ción en los secretos de la muerte y en los sufri- 
mientos de la vida; de más intensa evocación 
de lo ideal en aras del dolor. Pasa por nos- 
otros un soplo de misterioso recogimiento, de 
suprema angustia en presencia del Cristo que 
desciende, vencida y aplastada la materia, 
arruinada la carne, en esta atmósfera gris, 
descolorida y mascilenta. Nunca la realidad 
me ha presentado algo más tremendamente 
dramático, ni más conmovedor que este Cris- 
to. .. En torno suyo, diez y nueve sig'os más 
tarde, el sentimiento y la piedad de un pueblo, 
el sollozo de una raza, reconstituyen la escena, 
y á fuerza de sentimiento contenido, de fuerza 
moral oculta, consiguen renovar la psicología 
profunda de un estado, de una escena del 
espíritu. 



208 LUIS ORKEGO LUCO 

Ya la noche caía. Por la calle de las Sier- 
pes continuaban desfilando las Cofradías de 
Sevilla; brillaban sus luces á lo lejos en el 
silencio acongojado de la tarde y hormigueaba 
la multitud en incesante movimiento. 

~*^ 

Aun á las altas horas de la noche la muche- 
dumbre se agita, va y viene por las calles — 
retorcidas y revueltas como si con ellas se 
hubiera pretendido construir un laberinto. 
Hay en la raza una mezcla de impaciencia, de 
agitación interna, y de misticismo, que sólo 
se deja ver en ocasiones señaladas. No hace 
mucho, me refería un amigo cierta anécdota 
curiosísima y reveladora del carácter andaluz. 
Al pasar por las calles una procesión religiosa, 
un chulo, con la cabeza algo exaltada por fre- 
cuentes libaciones, quiso echar su brindis con 
la Virgen que iba en procesión. 

Al grito de "¡ole! viva tu marelu le arrojó 
un caño de manzanilla sobre el vestido que, 
naturalmente, quedó un tanto deteriorado. La 
furia de la multitud fué inmensa en contra del 
osado, que procedía, por otra parte, con la 
mayor buena fe del mundo y movido del ma- 



SEVILLA 209 



yor respeto. Casi le hicieron trizas y con la 
mayor dificultad salvó la vida. Cerno peniten- 
cia y castigo de su desacato, llevó á cuestas 
una pesada cruz de madera detrás de las pro- 
cesiones durante larguísimos años. 

Otro rasgo no menos curioso y expresivo 
del carácter andaluz, me refería la misma per- 
sona. El capitán de una de las compañías de 
legionarios romanos que acompañan á las pro- 
cesiones, vendió su propia casa para mandarse 
hacer, con el producto de la venta, un traje 
magnífico, digno de la fiesta, de la cofradía 
de que formaba parte y de su alto puesto en 
la ceremonia religiosa. 

Esas anécdotas, á ser verdaderas, nos pintan 
las generosidades andaluzas, la espontaneidad 
de su carácter, rápido, vivo, apasionado y 
loco, sin la previsión del porvenir, eternamente 
consumido por su propio fuego. 

Todo en el carácter de este pueblo es par- 
ticularmente pintoresco. Hasta los nombres 
de las Cofradías y de los pasos que figuran en 
la Semana Santa llevan algo de curioso en sí: 
••Santo Cristo de las aguas y Nuestra Señora 
del mayor dolorn, "Santo Cristo del Siienciot., 
"Desprecio de Herodesi» y "María Santísima 
de la amarguran, partían de la iglesia de San 
14 



2IO LUIS ORREGO LUCO 

Jacinto, en Triana y de la parroquia de San 
Juan Bautista. 

El «'Santo Cristo de las penasn y Nuestra 
Señora de la Estrellan, también de Triana. 
"Quinta angustia de María Santísimau, "Nues- 
tra Señora del Valle y Santa Mujer Verónica h* 
parroquia de San Andrés. "Nuestro Padre 
Jesús del Gran Pod^r y María Santísima del 
Mayor Dolor y Traspasoí», parroquia de San 
Lorenzo. "Sentencia de Nuestro Señor Jesu- 
cristo y María Santísima de la Esperanzan, 
parroquia de San Gil. "Santo Cristo de la Es- 
piraciónp "Soledad de María Santísima M . 

Estos nombres indican ti espíritu de un 
pueblo. 

Toca la noche á su término. 

La Giralda, muy lejos, destaca sus elegan- 
tes líneas en la sombra, sobreponiendo á una 
sombra otra sombra, con tinta china. El Gua- 
dalquivir serpentea y pasa por la Torre del 
Oro, dejando á un lado el barrio de Triana. 
La noche aparece envuelta en suavísimas cla- 
ridades primaverales, con el cielo de turquesa; 
ilumina la sombra intensa que proyectan los 
altos edificios en las calles estrechas y tortuo- 



SEVILLA 211 

sas. El alba, con sus dedos pálidos, bordea 
los horizontes de tintas indecisas. 

En aquella hora de sueño y de misterio, la 
hora de aventuras en la ciudad de don Juan, 
vemos á lo lejos algo como un despuntar de 
luces temblorosas, luego la cruz alta que avan- 
za en brazos de un nazareno de largo vestido 
flotante, enmascarado, y las luces de los cirios 
que se desmayan en la luz del alba, llevadas 
por otros nazarenos de lento y magestuoso 
andar. Son las cofradías de madrugada. Sus 
pasos, las magníficas imágenes talladas en 
madera y coloridas, son obra maestra del ilus- 
tre Montañez, del arte obrando á impulsos de 
la fe religiosa en raza apasionada y sincera. 
Es preciso ver, á la hora triste y demacrada, 
en que la noche muere y no comienza el día, 
como se destaca la fisonomía del Cristo coro- 
nado de espinas, desgarrado, cárdeno, con la 
huella de las grandes agonías y de los grandes 
abandonos; el cielo también marca, á la ma- 
drugada, esta inmensa y amarga soledad de 
las grandes tristezas y de las prolongadas ago- 
nías. 

Esta procesión á deshora, envuelta en ex- 
traño misterio, evoca á nuestro espíritu el re- 
cuerdo de los cuentos fantásticos de Hcffman, 



LUIS ORREGO LUCO 



la idea de lo inesperado y de lo extraordinario. 
Parece una leyenda de la Edad Media, un 
episodio romántico, la expresión déla tenden- 
cia del estado moral de un pueblo. La proce- 
sión de carácter tan especial, en momento 
desusado, corresponde á cierta forma particu- 
larísima de la organización psicológica y de la 
manera de sentir; de aquí podría sacar un inte- 
cesante estudio un Lombroso ó Montegazza. 
El alba palidece; los cirios, que con paso 
■reposado y lento llevan los nazarenos, des- 
mayan sus luces pajizas en claridades que na- 
cen. Las fisonomías de los espectadores mues- 
tran un aspecto demacrado, macilento, con los 
ojos hundidos, descoloridos y lacios; las luces 
nacientes proyectan sobre los rostros reflejos 
de enfermedad y de tristeza, dándoles aire de 
convalecientes de hospital. Un soplo de amar- 
gura, de agotamiento de los cuerpos, de tris- 
tezas desbordadas, emana de las multitudes 
macilentas. Diríase que la máscara humana 
tiene los resortes aflojados, y que se muestran 
los sentimientos al desnudo, que las penas y 
ios sinsabores estallan con la fuerza del acero 
comprimido, y que el inmenso clamor de mise- 
rere, oculto en el fondo de las almas, se abre 
paso y estalla silencioso, como la angustia 



SEVILLA 213 



muda é inarticulada en noches de pesadilla, 
cuando queremos gritar y no podemos. 

Al son de los sagrados versículos continúa 
el desfile pausado y lento de las varias cofra- 
días. Desaparecen los nazarenos y sus cirios 
que semejan luciérnagas; siguen las imágenes 
con reflejos de oro y de pedrerías que brillan 
en la viva proyección de los cirios agrupados, 
con las opulencias del Oriente. 

Luego, por otra calle, aparecen el Cristo y 
la doble fila de nazarenos, el capirote puntia- 
gudo en la cabeza, el largo veslido flotante, la 
máscara en el rostro, con la imponente y lú- 
gubre tristeza de las apariciones, de los gran- 
des dolores ocultos, de lo inesperado y de lo- 
extraordinario y siguen silenciosamente. 



No es posible ocuparse de Sevilla sin recor- 
dar á Murillo, el más delicado, el más ideal- 
mente luminoso en la suavidad del sentimien- 
to, entre los pintores españoles. Muchas de 
sus grandes obras se conservan todavía en Se» 
villa, en el Museo y en los templos. Sin llegar 
á Sevilla no es posible conocer á Murillo sino- 



214 LUIS ORREGO LUCO 

en fragmentos, que por muy bellos que sean, 
no dan ni aproximadamente la impresión de 
refinamiento grandioso y de múltiple y variada 
naturaleza en el conjunto. Ya conocía yo los 
contados cuadros de Murillo, del Museo del 
Louvre, en París. Las telas del pintor es- 
pañol se destacan, incomparables y no igua- 
ladas, entre las millares de pinturas de gran- 
des maestros como Rubens, Ticiano, Rafael, 
Leonardo de Vinci, Van Dick, Tintoretto y 
otros no menos ilustres. Mucho tenemos que 
admirar forzosamente en ese gran Museo, pero 
nada nos conmueve, nada ilumina el alma con 
suavísima luz, llenándola de encantadoras cla- 
ridades como las producciones de Murillo, que 
resumen y encarnan la poesía de una época y 
el sentimiento de una raza. No faltan en la 
pintura española maestros que hayan dado 
notas más levantadas en el arte; Velásquez y 
Zurbarán tienen obras de inspiración excelsa, 
de colorido magistral, con palpitaciones y re- 
flejos de vida que asombran y que parecen 
increíbles en la esfera de lo posible al arte 
humano. Pero no tienen, como Bartolomé 
Murillo, el arte supremo de las grandes idea- 
lizaciones, refinadas en el espíritu y destiladas 
A través del corazón. Las vírgenes de Murillo 



SEVILLA 215 

hacen soñar eternamente, sin apartarnos un 
punto de las regiones encantadas del ensueño, 
de la pureza, de la dicha tranquila y no tur- 
bada por preocupaciones mundanales. 

Las vírgenes italianas de Rafael, de Leo- 
nardo de Vinci, de Tintoretto, de Andrea del 
Sarto y otros grandes maestros, admirables en 
su colorido, insuperables en dibujo, tienen 
algo de material y de sensual: son bellas, pero 
con las realidades ardientes del deseo. Son 
vírgenes demasiado humanas, se hallan dema- 
siado cerca de nosotros para despertarnos la 
vida del ensueño. Son frutos de carne infini- 
tamente rubia, desmayados en contornos pere- 
zosos y felices, de expresión voluptuosa y tran- 
quila y de sutiles inflexiones. Acariciadoras 
sombras é impalpables luces vienen á ahogarse 
en sus cabellos, doran sus carnes, rozan leve- 
mente sus ojeras, avivan los deseos con la 
boca exquisita y fresca. Diríase que encierran 
el secreto extraño, levemente purificado por 
el tiempo, de las embriagueces de las peca- 
doras antiguas. Tai es la impresión que me 
han dejado, á pesar mío, las vírgenes ita- 
lianas. 

Las vírgenes de Murillo, de diverso modo, 
son de belleza frágil, alada, leve, sin dejar por 



2l6 LUIS ORREGO LUCO 

eso de tener un sello humano; diríase que han 
sido tomadas en el punto preciso en que ter- 
mina la realidad y en que principia el ensueño. 
Las ideas que despiertan son siempre cas- 
tas, envueltas en aspiraciones místicas. Su 
sello es el de una eterna placidez, el de un 
continuado reposo en las dulzuras fáciles de 
una virtud tranquila. Sus ojos no son ojos que 
poseen, que agarran, que dominan con suges- 
tiones violentas como las de las creaciones 
italianas, sino unos ojos que acarician con la 
ternura velada y suave de la inocencia eterna, 
de una ilusión vencedora. Si hubiera de ca- 
racterizar en una impresión mi juicio, diría 
que las vírgenes italianas están más cerca de 
la pasión con sus horas de tormenta y con sus 
horas de dicha, en tanto que las vírgenes es- 
pañolas de Murillo viven más cerca de la feli- 
cidad suprema y dtl reposo. 

Ninguno de los pintores españoles ha sa- 
bido comprender, con la intensidad de sen- 
timiento de Murillo, á la mujer española. 
En cada gran período de historia hay in- 
térpretes del pensamiento y del sentido ocul- 
to de la raza en ese instante; la Venus de 
Milo, en su exquisita perfección, es la expre- 
sión más acabada del espíritu, de los ideales, 



SEVILLA 217 

de las formas de un pueblo, del sentimiento 
femenino, base y origen de las expansiones y 
desarrollo sociales. Otro tanto pudiéramos de- 
cir del Apolo de Belvedere, de las Madonas 
de Rafael y de Leonardo de Vinci; así como 
de ciertas creaciones de Rubens. Las vírgenes 
de Murillo encarnan la belleza graciosa de la 
mujer de Andalucía, más alada, refinada, quin- 
tecenciada, así como la Venus de Milo encarna 
la mujer griega; si estudiáramos deteni lamente 
alguna de esas vírgenes, encontraríamos, de 
seguro, que nos hallamos lejos de las perfec- 
ciones absolutas del arte de la Grecia, pero 
lejos también de aquella su marmórea frial- 
dad. Las vírgenes de Murillo tienen más calor,, 
más vida en su hondo y reposado sentimiento, 
en la cristalina dulzura de sus ojos que besan 
castamente, en la gracia incomparable de sus 
actitudes y de sus líneas. Los colores más 
vivos, de más intenso rojo ó azul, se mezclan 
y se combinan en tan maravillosas propor- 
ciones que nunca se notan desentonos, antes 
bien, queda el alma como penetrada por una 
suave sensación de armonía prolongada, de 
una sensación calurosa como la que pudiera 
producirnos un eco de voz plateada y sonora,, 
vibrando repentinamente á nuestro oído. 



2l8 LUIS ORREGO LUCO 

El ideal religioso de Murülo no fué com- 
prendido por la corte de Carlos II. Se halla- 
ban dominados y vencidos por el genio ro- 
busto y varonil de Velásquez, y triunfaban 
demasiado las exaltaciones guerreras de la raza 
y del período histórico anterior, para que acer- 
tasen á comprender, á orillas del Manzanares, 
en los palacios y en la corte, los refinamientos 
y las delicadezas morales de su pintura. No 
podía ser, en ese instante, el hombre repre- 
sentativo del espíritu de su época, más vigo- 
rosamente encarnado en el genio de Velás- 
quez. 

Murillo había tomado su segunda manera 
de pintar cuando murió este maestro. El San 
Isidoro, el San Leandro y el San Antonio de 
Padua, del Baptisterio de la Catedral, eran 
conocidos y admirados de todos. Velásquez y 
Murillo representan las dos fases diversas de 
un mismo temperamento, dos aspiraciones y 
dos tendencias de una misma raza, de un me- 
dio común, de una misma alma. 

Es necesario contemplar Los Niños de la 
Concha, la Magdalena penitente, la Sacra Fa- 
milia del Pajarito, La Anunciación, fesics 
Crucificado, San Jerónimo y la Concepción de 
María, para comprender ios tesoros inagota- 



SEVILLA 219 

bles, tan fabulosos como las Mil y tina Noches •, 
que encierra la pintura de Murillo, en deli- 
cadeza, en ternura, en colorido, cuando pinta 
lo que apenas pudiéramos soñar, cuando canta 
con el pincel, con las luces y con las líneas, 
manejando las í'lmas como una orquesta 



Algunos meses más tarde, volví por vez se- 
gunda á la tierra de Andalucía, en la época 
de las fiestas del Centenario de Colón. La 
precipitación con que viajábamos, para asistir 
en la fecha señalada, á las festividades, nos 
obligó á seguir derechamente á Huelva. De- 
bía de recibir entonces una de las impresiones 
más hondas y más duraderas de mi residencia 
en España: la visita al convento de la Rá- 
bida . 

Me parece aun encontrarme en lo alto de 
una meseta, sobre arenosa colina poblada de 
pinos, en la confluencia de los rios Tinto y 
Odiel, á media legua de Palos. Allí se alza el 
humilde y vetusto convento de S\nta María 
<le la Rábida. 



LUIS ORREGO LUCO 



El sol se ha puesto. El río mueve su cinta, 
de estaño bruñido, entre lejanas manchas de 
verdura y de arena. En torno, al pie de aque- 
lla colina, todo aparece desierto, como si ha- 
bitáramos una tierra apartada en los tiempos 
semi-primitivos. A lo lejos, las soledades del 
Atlántico. . . Y como para resucitar en el alma 
con mayor fuerza la impresión de lo pasado,, 
allí están las carabelas la Pinta y la Niña y 
recién construidas por el Gobierno español, 
como reproducción exacta de las que descu- 
brieron á la América hace cuatrocientos años 
justamente. Sus extrañas formas, el castillo 
levantado de la popa, la forma tan rara de su 
cubierta y de su proa dicen bien con las solé- 
dades de aquel río, con la tristeza desolada, 
con la impresión de solemne magestad y de 
muda grandeza en el paisaje y en el día. 

En aquel convento habitaba, según la le- 
yenda nos refiere, fray Juan Pérez de Mar- 
chena, el protector de Colón. Allí vino, en< 
ruda tarde de invierno, desfallecido y débil,, 
en compañía de su hijo, el descubridor futuro 
de la América. Será inútil que la historia se 
esfuerce en demostrarnos lo contrario; no con- 
seguirá borrar de nuestras almas la santa poesía 
que se oculta en la leyenda. 



Las investigaciones han demostrado que 
fray Juan Pérez, prior del convento de la Rá- 
bida y fray Antonio Marchena, que formó 
parte de la Junta de Salamanca y tomó la de- 
fensa de Colón, fueron dos personas diferentes 
y que nada tuvieron de común. Pero no por 
esto se pudiera decir que nos hubiese enga- 
ñado la leyenda que juntaba en un todo, y 
¡reunía en una persona á los dos únicos amigos 
de Colón, á quien le dio pan, consuelo y 
alientos y á quien le ayudó con su palabra. 
Esos dos hombres, aunque la historia sostenga 
lo contrario, fueron uno solo en realidad; en 
ellos se agitaba un mismo espíritu, un senti- 
miento generoso y esforzado, una clara inteli- 
gencia de las necesidades de una época y del 
genio de un hombre. 

El espíritu se conmueve profundamente en 
presencia de la modesta cruz de hierro, alzada 
sobre pedestal de forma cilindrica, circuido 
por anchas gradas de piedra. Allí oró Cristó- 
bal Colón. En presencia de esas cosas tan 
sencillas: un viejo convento abandonado y una 
cruz, se comprende la inmensa distancia que 
media entre la grandeza moral y la grandeza 
material, entre las elevaciones supremas del 
espíritu y los orgullos de la tierra. Si alguno 



222 LUIS ORREGO LUCO 

de los reyes españoles hubiera levantado un 
monumento en aquel sitio, por muy grande y 
valioso que fuera, aun concebido por el genio 
de Miguel Ángel Buonarotti, jamás hubiera 
conseguido producir en las almas impresión 
parecida ni emoción tan duradera como la de 
ese viejo claustro y de esa pobre cruz, símbolo 
de una época, de un estado moral en una raza, 
de una grande esperanza y de un grande en- 
sueño. Las cosas nobles y augustas poseen el 
raro privilegio de apartarnos de las vanidades 
y de las miserias de la tierra, de hacernos 
mirar como pequeño cuanto nos hemos habi- 
tuado á mirar como la cima de la dicha hu- 
mana, ensenándonos que hay cosas más bellas, 
que existen horizontes más puros por encima 
de los charcos y lodazales de la vida. Los 
apetitos, las codicias, los palacios y las gran- 
dezas ruedan por el fango mundanal, en tanto 
que la cruz alza sus brazos en el mismo sitio 
en que un hombre tuvo fe. . . Esa fe quemante 
y apasionada de los grandes ideales; esa fe 
que sabe resistir á los contrastes y a las amar- 
guras con la firmeza incontrastable de la roca; 
esa f¿ que prescinde, con generosidad deslum- 
bradora, de las corrientes mundanas y las re- 



SEVILLA 223 

siste y las vence, alimentándose con sus pro- 
pios y silenciosos ardores: esa era la fe de 
Colón. 

Involuntariamente recuerdo los contratiem- 
pos del navegante ilustre, los siete años pasa- 
dos en la Corte de los Reyes Católicos men- 
digando protección y apoyo. Me parece verlo, 
tal como lo pinta una hermosísima página del 
padre Mir, en fría y destemplada mañana de 
invierno, al salir de Granada, á la hora en que 
las cimas de la sierra, heridas por los rayos 
del sol, blanqueaban con la nieve que había 
depositado en ellas el rigor del invierno, y los 
campos que forman la incomparable vega, 
agostados por el frío, estaban marchitos y casi 
completamente despojados de verdor y lozanía. 
Había llegado Colón al Puente de los Pinos, 
en viaje á Córdoba, cuando logró darle alcance 
un alguacil. El corazón del ilustre navegante 
se hallaba más helado que los campos y que 
la cima de las sierras, con los ultimes desen- 
gaños recibidos. El mensajero vino á llamarle 
en nombre de los reyes. 

^La Cruz de hierro de Colón se alza no muy 
lejos del convento de la Rábida, tan descui- 
dado y abandonado por los Gobiernos espa- 



224 LUIS ORREGO LUCO 

ñoles que, en 1835, cuando la desamortización, 
fué puesto en venta, junto con la huerta y 
otros bienes de la comunidad. 

El edificio es reducido, bajo, vetusto y triste, 
con esa tristeza de las cosas que fueron, de los 
buques náufragos y de los volcanes apagados. 
La iglesia consta de una sola nave, de redu- 
cidas dimensiones, con un modesto retablo. 
El convento se compone de dos claustros, alto 
y bajo, con celdas construidas en épocas dis- 
tintas. Una de las celdas del piso alto, según 
las tradiciones, perteneció á Juan Pérez, anti- 
guo confesor de la reina Isabel la Católica, 
llevado como prior á esa humilde y apartada 
soledad, huyendo de las pompas de la Corte 
y de las vanidades del mundo. Un alma fuerte, 
nacida para las grandezas de la soledad y el 
ensueño de la Tebaida, debía poseer el hom- 
bre que amparase y comprendiese al descu- 
bridor del Nuevo Mundo. Vecina está la celda 
de Colón. La habitación es de tal manera re- 
ducida, y el techo tan bajo, que antes parece 
una prisión que la celda de un convento, de 
esa prisión en que Miguel de Cervantes con- 
cebía la idea del Quijote. 

En presencia de cosas tan modestas y de 
habitaciones tan humildes, se concibe cómo 



SEVILLA 225 

es velo de fantasía y de emoción interna lo 
que avalora ó deprime las cosas de este mun- 
do; qué inmensa cantidad de vida interior, 
enteramente nuestra, ponemos en los objetos 
y en los sucesos extraños, y cuan hondamente 
las ideas, las emociones, los ensueños nos crean 
una vida distinta de la realidad que nos rodea 
y superior á las fuerzas materiales. 



El C1SI BE Di flffl TEMO 



Sevilla se alza luminosa en las lejanías azu- 
ladas, entre mis recuerdos gratos ó tristes de 
días que nunca se borrarán de mi memoria. 
El Guadalquivir se agita serpenteando y atra- 
viesa la ciudad, y pasa á orillas de aquel her- 
mosísimo paseo de las Delicias, que justifica 
su nombre así por lo bello y por lo agreste 
como por ser único en su género, su eterna 
verdura semi-tropical, sus naranjos perfumados 
con blancuras de azahares, sus árboles corpu- 
lentos y su palacio de San Temió que se alza, 
no lejos del paseo, con indolencia de sultana. 
En aquel palacio, lleno de curiosidades histó- 
ricas, de palmeras y plantas hermosísimas, de 
arte antiguo, de bellas pinturas y de finas 
plantas, vive la duquesa de Montpensier y un 



228 LUIS OKREGO LUCO 

centinela hace la eterna guardia con el arma 
al brazo. 

Todavía me parece verlo, paseando lenta- 
mente, con la bayoneta que reluce al sol — un 
sol que derrama oleadas de fuego sobre las 
campiñas y entre los árboles. Las cigarras 
cantan. El follaje destaca su lujuriosa mancha 
verde sobre el cielo de azul de Prusia. Son 
colores ardientes, vivísimos, de intensidad ta 
que sería chillona y disonante si la luz de An- 
dalucía no le diese la armonía vivificadora que 
suaviza los contornos y funde las asperezas. 
A lo lejos, la Giralda levanta su gran línea 
gris bordada de exquisitos arabescos, cince- 
lada y recamada en ladrillo, con audacias de 
palmera y delicadezas de joya florentina. Más 
allá mueve la Catedral su masa de piedra en 
una grande intensidad de vida y de elegancia 
de formas, entre graciosos arcos y ovaladas 
cúpulas. 

De cuando en cuando pasa una que otra 
amazona, de vuelta de su paseo matinal, á 
todo el trote de su caballo y se pierde entre 
nubes de polvo. Luego todo queda tranquilo 
bajo el grande abrazo luminoso del sol, que se 
extiende por los caminos y entre los árboles 
como torrente dorado — en la inmensa tran- 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 229 

quilidad soñolienta que sólo turban, con lento 
son, las campanas de Sevilla. 

La atmósfera tibia tiene algo como efluvios 
del Oriente, una molicie oculta que embarga 
poco á poco los sentidos. Guatda, sin duda r 
esta región la influencia latente de la conquista 
de los árabes. En vano fué reconquistada por 
los ejércitos cristianos; en vano se estable- 
cieron allí las nuevas razas y los nuevos pue- 
blos, transportando con su siglo sus templos 
y sus costumbres. En el fondo de aquella civi- 
lización, entre sus calles blancas y estrechas, 
entre sus árboles, en el fondo de sus patios 
frescos, donde cae el agua cristalina y sonora 
bajo techos de hiedra, continuó lleno de vida 
el espíritu oriental, su ímpetu guerrero y su 
molicie, su misticismo y su profundo senti- 
miento, su amor que flota en la atmósfera en 
grandes efluvios primaverales de vida. E! ca- 
rácter andaluz es todo pasión —allá en lo ínti- 
^íno — aquí se comprende el sentido del Cantar 
de los Cantares. 

Por eso he vislumbrado, sin esfuerzo alguno, 
que esta era la patria nata de don Juan, del 
enamorado eterno que consagró su vida por en- 
tero al amor y á la lucha, que recorrió su larga 
carrera en busca de sonrisas y de cuchilladas» 



230 LUIS ORRF.GO LUCO 

Don Juan no sólo es un tipo creado por 
fantasía de poetas, sino aspiración innata de 
todos los pueblos y que corresponde, á no 
dudarlo, á tendencias ocultas del espíritu del 
hombre en todas las latitudes y en todos los 
pueblos. Por eso lo han cantado las naciones 
del Norte en su Sigfredo, de los Niebelungen 
y Byron en su Don Juan, Tirso de Molina y 
Calderón, Espronceda, Zorrilla y tantos otros 
poetas de alto vuelo. Mozart lo encarnó tam« 
bien en sus páginas musicales — de tal manera 
se agita ese mismo carácter extraño entre to- 
das las razas y naciones con los fascinadores 
atractivos que lo grande encierra. 

¿Existió en realidad ese maravilloso perso- 
naje que ha encarnado las cualidades varoniles 
del hombre para llegar á la pasión, como fru- 
ta espléndida, beber en su copa hasta las heces 
y salir luego del escenario del mundo, arras- 
trado por la mano misteriosa del convidado 
de piedra? ¿Hasta dónde tan extraño tipo es 
creación de la mente humana? ¿Dónde en- 
cuentra lo maravilloso un término y principia 
el personaje real, de carne y de nervios, que 
«engrandecido por la leyenda ha servido de 
origen á donjuán Tenoric? 

Son estos, problemas que desde antiguo 3gi- 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 23I 

tan la conciencia de todos los países sin que 
la historia alcance á darles solución precisa y 
completa. 

Muchas veces había pasado por mi cabeza 
ia imagen de ese interesante personaje, con 
atractivo irresistible, y había revuelto en mi 
espíritu esos obscuros problemas, hasta que un 
incidente imprevisto vino á darles á mis ojos 
una solución inesperada. 

Visitaba yo el convento y hospital de "La 
Caridad,, en Sevilla. Acababa de ver allí dos 
maravillosos cuadros de Murillo, pintados es- 
pecialmente para el te^.^lo, con la suavidad 
inimitable y la poesía exquisita del gran pintor 
que ha sabido transladar al lienzo las concep- 
ciones idealmente místicas del espíritu de 
Santa Teresa de Jesús. Me subyugaban las 
obras de Valdés Leal en su tremendo realismo. 
Me encontraba todavía bajo la impresión del 
Cristo de Zurbarán, en que la realidad artís- 
tica ha tocado el límite más perfecto á que le 
es dado llegar en este mundo; el rostro caído, 
«el cabello lacio, la sangre coagulada, el cuerpo 
de amoratada palidez que permite ver los 



232 LUIS ORREGO LUCO 

nervios y las fibras, las maceraciones tremen- 
das de los golpes y la agonía moral que le ha 
devorado por completo. La impresión que 
había recibido era tan poderosa que perma- 
necía sobrecogido y no acertaba á pronunciar 
palabra. 

Una monja me guiaba amablemente. 
Caminábamos en silencio; sólo nuestros pa- 
sos y el sonido metálico de un manojo de lla- 
ves, turbaban el solemne silencio de la iglesia 
que ya comenzaban á invadir las sombras. AI 
pasar los umbrales, la monja se detuvo y seña- 
lándome una lápida, de líneas borradas, me 
dijo: 

— "Esa lápida, colocada á la entrada del 
templo para que todos la pisen, por voluntad 
del difunto, encierra los restos de don Miguel 
de Manara, fundador de la Caridad. u 
Murió en 1679. 

En sus últimas voluntades exigió que todos 
humillasen un nombre que había sido piedra 
de escándalo para el mundo entero. . . 

— ¡Luego!. ,. exclamé yo, donjuán Teno- 
rio.. . 

— Es el nombre dado por el mundo y la 
leyenda al que fué en vida don Miguel de Ma- 
nara... agrególa hermana bajándolos ojos. 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 233 

Y luego, sonriendo, agregó: 

— "Fué el fundador de este convento, des- 
pués de arrepentido de sus grandes culpas, y 
pasó los últimos años de su vida purgando sus 
pecados con buenas obras, como si Dios hu- 
biera querido probar al mundo, una vtz más r 
lo infinito de su misericordia que no son parte 
á agotar ni las flaquezas ni los pecados de los 
hombres. 11 

No acierto á decir cuántas, ni cuáles ideas 
se adueñaron en ese instante de mi espíritu, ya 
conmovido por impresiones anteriores. En mis 
nervios sentía, al mismo tiempo, ese estreme- 
cimiento peculiar en las sensnciones grandes y 
fuertes. Cuando menos lo esperaba, en el mo- 
mento en que menos preparado me sentía, ve- 
nía á encontrarme con los recuerdos verdade- 
ros, con las reliquias vivas, por decirlo así, de 
uno de los personajes que más huella han deja- 
do en la leyenda, en la poesía y en el sentimiento 
humano. Estaba en casa de don Juan Tenorio. 

Y notando, no sin cierta sonrisa, la hermana 
de caridad la sorpresa y el interés que había 
despertado en mí aquella, al parecer, fantás- 
tica revelación, me dijo con su voz de simpá- 
tico acento que daba con su pureza un extraño 
sabor al nombre de don Juan: 



234 LUIS ORRKGO LUCO 

— "Ya que á V. le interesa cuanto á nuestro 
jiuidador parece referirse, voy á mostrarle co- 
sas que nosotros conservamos en memoria 
suya.n Diciendo estas palabras cruzó patios y 
anchos corredores, salas de hospital llenas de 
pobres ancianos desvalidos que encuentran 
pan y socorros por el arrepentimiento de ios 
pecados de un alma, y después de atravesar 
algunos jardincillos, fuimos á dar por último 
al pie de una elevadísima muralla tapizada fíe 
enredaderas verdes que ocultaban castamente 
su blancura. En lo alto, había tres matas de 
rosa, 6 más bien tres arbustos amarillosos, con 
uno que otro brote reverdecido. 

— "Estos son los rosales plantados por la 
propia mano de don Miguel de Manara, hace 
doscientos añosn, dijo la hermana de caridad. 

¡Con cuánta melancolía fueron cayendo esos 
doscientos años sobre mis ensueños!... Á 
medida que el tiempo se aleja, esa historia va 
desapareciendo del mundo de las cosas para 
entrar en el de las fantasías y de las leyendas 
populares. Diríase que la perspectiva del tiem- 
po le diera nuevos y triunfantes atractivos al 
sumirla en las penumbras lejanas de lo soñado 
y de lo misterioso. 

Don Juan no era, sin duda, el hombre de 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 235 

corazón endurecido, frente de bronce y alma 
<3e roca, únicamente dedicado á la caza del 
placer. No; en su alma tenían abrigo los gus- 
tos delicados, las ternuras femeninas. Ese 
hombre, entre sensaciones varoniles y duras, 
dejaba en su alma un rincón para las flores. 
Cuidábalas, no con la indiferencia de quien las 
coge en el jardín, sin trabajo alguno, sin preo- 
cupaciones y sin molestias, para enviarlas á 
su dama, sino con el cariño laborioso de quien 
las ha plantado con su propia mano y las 
riega, las estudia, procura su lozanía y les de- 
dica lo mejor y más puro de su ser. El apa- 
sionado anhelo que movía su alma en busca 
de mujeres, le llevaba también á la naturaleza, 
madre común, al cultivo de las plantas, y con 
delicadeza tan exquisita, que esas matas, fá- 
ciles de marchitar si no las hartan de cuida- 
dos, han vivido siglos. Los tres rosales, ya 
viejos, y fuertes á pesar del tiempo, manifies- 
tan que la constancia era una de las virtudes 
de don Juan, contra todo lo que en contrario 
se ha dicho y se ha creído. El hombre que 
tiene cada día un recuerdo para las pobres flo- 
res, lo tiene sin duda para las mujeres que ha 
querido, y busca esos perfumes como una rá- 
faga de los amores que han pasado. Es injusto 



236 LUIS ORREGO LUCO 

acusarlo de inconstante. No tuvo él culpa 
alguna de que se desvaneciesen, casi al nacer, 
las ilusiones que abrigaba y tras las cuales 
corría. Acaso encontró que los besos no tenían 
la dulzura soñada en esos labios, ni esos abra- 
zos el fuego de su pecho, ni esas almas el en- 
canto de las cosas azules y lejanas de los sue- 
ños. Entonces corrió detrás de otras mujeres, 
y de otras, y de otras en fin, sin hallar en nin- 
guna ese algo tan deseado, por el cual exponía 
su existencia á cada instante. En vano le ca- 
lumnian, suponiéndole un hombre de placer; 
que por sólo conseguirlo llevaba el dulor á los 
hogares y el luto al corazón de las infelices 
que se habían atrevido á amarlo; tal suposición 
es imposible de admitir. Los hombres que 
buscan el placer no tienen delicadezas feme- 
ninas, ni el amor a las cosas, ni el ensueño mís- 
tico — la nostalgia de lo ideal y lo lejano — que 
sentía don Miguel de Manara en su espíritu. 
No corría en busca de placeres, sino en 
busca de pasiones; quería ser amado, y quizás 
nunca pudo conseguirlo. Vio talvez, con la 
sutileza refinada de sus nervios, que el verda- 
dero y puro amor no existía en aquellos cora- 
zones estrechados contra el pecho ni en los 
labios que besaba, ni en los brazos que aferra- 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 237 

•damente se enlazaban á los suyos. En ocasio- 
nes observó la vanidad que trataba á toda 
costa de lograr, encadenándolo, eso que otros 
no habían podido conseguir ; los impulsos 
desordenados de la carne y de un tempera- 
mento sin freno; el aguijón de la codicia; el 
apetito de conseguir su gran nombre, su cuan- 
tiosa fortuna y su elevada posición mundana. 
Quizás comprendió, ese gran seductor de mu- 
jeres, que no había sido amado por ninguna y 
íué á buscar al convento, en las profundidades 
del amor divino, bálsamo para los vacíos que 
dejaban en su alma las arideces del amor hu- 
mano. Y también, por una de las eternas iro- 
nías del destino, pudo pasar á su lado, sin que 
lo viese ni acertase á comprenderlo, un amor 
sincero, desinteresado, absoluto, humilde, un 
amor- violeta, que no vislumbraba ese hombre 
-dedicado al cultivo de las rosas. 

Todas estas consideraciones podrán ser erró- 
neas, incoherentes, en extremo sutiles; con 
todo, quedan en pie los tres viejos y ya vetus- 
tos rosales plantados por la propia mano de 
don Miguel de Manara en su retiro humilde, 
para probar que lo delicado y lo puro solía 
albergarse en el alma de ese enorme libertino. 



238 LUIS ORREGO LUCO 

Cruzamos nuevamente, a poco de esto, por 
los anchos corredores y subimos unaescalerade 
piedra que daba á la parte superior dtl edificio. 

— Vamos á la sala del Capítulo, me dijo la 
hermana de caridad que era, según supe más 
tarde, nada menos que la superiora del con- 
vento. Ahí encontraremos los recuerdos más 
interesantes de don Miguel de Manara, que 
de ordinario no se muestran al público. 

Di las gracias por tamaña distinción, y subí 
con paso rápido detrás Je mi guía. Después 
de abrir y cerrar dos puertas con llaves y 
candados, penetramos á una estancia espa- 
ciosa: era la sala del Capítulo. Dos hilera» 
de bancas antiquísimas, sencillamente cons- 
truidas, y una mesa con un crucifijo, en el 
fondo, constituían todo su mueblaje pobre y 
severo á la vez. En la pared que daba frente 
á la puerta de entrada había un cuadro que 
nada tenía de notable bajo el punto de vista 
artístico, á pesar de ser obra de eximio pintor 
y una urna de vidrio, de forma cuadrangular, 
muy larga y muy angosta. Dentro de la urna 
veíase una espada toledana, larga, finísima, 
flexible, con el brillo y el aspecto de una in- 
mensa aguja: su empuñadura cincelada y la- 
brada parecía un encaje de acero. 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 239 

— "Esa fué la espada que usó en el mundo 
nuestro fundador. . . M 

Tenía ante mis ojos la espada de don Juan 
Tenorio, esa flexible y fina hoja de Toledo 
que dio muerte á tantos hombres osados, que 
dio botes secretos, temida siempre cuando era 
manejada por el brazo valeroso que ni daba ni 
pedía cuartel. Más de una vez fué acosado su 
dueño, en las obscuras y estrechas callejuelas 
de Sevilla por dos y por tres adversarios á un 
tiempo, y esa espada manejada por un hom- 
bre de corazón, supo sacarle triunfante en 
ocasiones en que otres hubieran sucumbido. 
En la espada, cuidadosamente conservada en 
su fanal de vidrio, me parece que veo uno de 
los aspectos más extraños de don Miguel de 
Manara y que le revela uno de los tipos más 
característicos de su raza y de su época. 

La raza española se desbordaba por el mun- 
do en uno de los impulsos más triunfales y 
más omnipotentes que recuerda la notoria. 
Los tercios españoles cruzaban la Alemania, 
vencían en Flandes; Francisco I rendía su es- 
pada en Pavía, después de perderlo todo "fors 
1'honneurn; un puñado de aventureros man- 
dados por Hernán Cortés daban cima á la 
conquista de un poderoso imperio y com- 



240 LUIS ORRF.GO LUCO 

batían en Otumba contra huestes imposibles 
de contar y Pizarro, con no menos esfuerzo y 
bizarría conquistaba el Imperio de los Incas y 
Pedro de Valdivia menos afortunado iba á 
morir entre los araucanos. En esos tiempos de 
grandeza alcanzábase la victoria de Lepanto 
sobre el heroísmo de los turcos. 

España había revelado la savia poderosa de 
las naciones fuertes y viriles. El amor al com- 
bate y el ardor de la aventura, el empuje irre- 
sistible, la paciencia en los contrastes y el 
sufrimiento en las miserias; el ansia de lo des- 
conocido y de lo grande, constituían entonces 
la esencia y la sangre de su pueblo. Diríase 
que era como una atmósfera moral que todos 
respiraban con la atmósfera física y que, á la 
par de aquélla, alimentaba y nutría su ser en 
un todo. Don Miguel de Manara fué tipo 
esencialmente representativo de su tiempo y 
de su raza; aventurero como ella, poseído del 
amor irresistible de lo nuevo, del ansia de pe- 
ligro, del anhelo vencedor de lo grande, de 
lo extraño, de lo desconocido. En una época 
en que todos eran caballerosos, así como 
denodados, él quería sobresalir sobrepasán- 
dolos á todos, poniendo su nombre más arri- 
ba, su espada más en alto. Quería ser más 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 24I 

grande que todos los españoles, en una época 
en que todos los españoles eran grandes. 

Si en vez de tener una espléndida fortuna 
hubiera sido pobre, habría ido sin duda, como 
tantos hijodalgos, en busca de fama y de 
riqueza, á las Indias, para ser quizás, como 
Hernán Cortés, un calavera glorioso. No la 
necesitaba y no fué. Tampoco podían fasci-" 
narle hazañas colectivas en el campo de batalla, 
cuando la vida diaria era una lucha, cuando al 
volver de cada esquina encontraba una aven- 
tura en esa España medioeval y caballeresca 
todavía. 

La expansión de la raza y de la época en 
naturaleza vigorosamente dotada, en exhube- 
rancia robusta de vida, como la de Miguel de 
Manara, tenía que desbordarse en otra esfera. 
En la política y alto gobierno del Estado no 
había terreno para él — un ser bravo y altivo 
tiene escasísimas y pobres condiciones de cor- 
tesano, carece de flexibilidad, le sobra la 
franqueza, no sabe tragar un insulto ni olvidar 
una rencilla. Quiere ser en todas partes el 
primero y en la política nadie comienza con 
el mando. Luego es, por innata condición, 
excéptico y no cree en las grandezas del po- 
der, que han de ir, además, aparejadas de 



242 LUIS ORREGO LUCO 

tristes y constantes sinsabores. Aspira al goce 
inmediato, al placer completo, á la realización 
de sueños de adolescencia forjados en noches 
cálidas. Vive en Sevilla, patria de mujeres 
hermosas, de ojos grandes y airosos talles, 
ciudad que tan célebres y originales bellezas 
ha dado á España; en Andalucía, la tierra que 
ha sabido dar emperatrices. No es raro, pues, 
que las poderosas fuerzas que yacen ocultas y 
ociosas en don Miguel de Manara, busquen 
empleo natural en ese punto hasta llegar á 
convertirlo en el don Juan Tenorio, el más 
gentil aventurero y audaz enamorado que re- 
gistra la leyenda. 

Todo eso y mucho más me refiere, con len- 
guaje mudo, aquella finísima hoja de Toledo 
colocada en un fanal de vidrio. Mucho más 
aun: que si don Miguel de Manara presumió 
de grande y de vivir eternamente en la me- 
moria de los hombres, ha logrado su objeto. 
Aun cuando no existiera la leyenda cantada 
por Byron y Espronceda, bastaría para pro- 
barlo esa espada conservada cuidadosamente 
por las monjas de la Caridad. De tal manera, 
en las conciencias más puras y que más cerca 
se hallan de las misteriosas lejanías del espa- 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 243 

cío azul, ha logrado imprimirse la figura de 
don Miguel de Manara. 

~*^ 

En mitad de una de las murallas laterales 
se alzaba otro fanal de vidrio, de más que re- 
gulares dimensiones y dentro una cabeza de 
cera: la máscara de don Miguel de Manara, 
tomada sobre su cadáver momentos después 
de su muerte acaecida en 1679. Al acercarme 
á ella sentí, no tengo para qué ocultarlo, cierta 
supersticioso temor, algo como la sensación 
de frío que debió de experimentar don Juan 
Tenorio, en la leyenda, cuando vio avanzar 
hacia él, con lento paso, la estatua del comen- 
dador de blanca piedra. Trépeme sobre un 
viejo sitial que allí había, para ver con todo 
cuidado la figura de ese hombre querido por 
todas las mujeres, de seducción irresistible 
como si poseyese el filtro para hacerse amar. 

La creencia común supone á don Juan do- 
tado de singular belleza, de facciones perfectas 
como las de Apolo, delicado, finísimo, ento- 
nado su rostro por atractivos sobrehumanos, 
con el poder de fascinación que acompaña 



244 LUIS ORREGO LUCO 

siempre á la perfecta y cabal hermosura. Nada 
atrae más la curiosidad de un hombre que la 
fisonomía de ese famoso libertino. Don Mi- 
guel de Manara no fué lo que se llama un 
dechado de hermosura. Muerto en la plenitud 
de su existencia, joven aun, permite ver toda- 
vía cuáles fueron los caracteres de su rostro, 
perfectamente conservados por la máscara de 
cera. De fisonomía ovalada que se adelgaza 
al llegar á la barba, pómulos señalados, nariz 
•aguileña muy marcada en su curva, boca sen- 
sual, ni delgada ni gruesa y perfectamente 
.agusada en sus extremos, ojos grandes y her- 
mosos, espaciosa frente de extraordinaria ener- 
gía y pronunciada altivez. La frente quizás es 
lo que da á su fisonomía el rasgo dominante, 
la audacia, el indomable empuje, el valor á 
toda prueba, la firmeza apasionada del propó- 
sito. Allí parecen escritas sus locuras, sus 
crímenes y sus grandezas; lo bello y lo melan- 
cólico de su existencia. Así como la frente 
límpida y serena del Napoleón de Canova 
parece hablarnos de grandes y vastas ideas, de 
planes geniales y de locos sueños, así también 
la frente de don Miguel de Manara, con ser 
inteligente y despejada, parece acusar el pre- 
dominio de la pasión, la capacidad de grandes 



EN CASA DE D. JU/N TENORIO 245 

sacrificios y de grandes goces, no la acción 
lenta, continuada y metódica de un Napoleón 
ó de un Federico II, sino la acción súbita, 
enorme, avasalladora, por grandes accesos, á 
saltos de tigre. Luego, á pesar de su vigor, 
cuánta suavidad en ese rostro de marcada 
perilla al estilo de su época, cuánta secreta 
melancolía en esas arrugas cansadas que sur- 
can su rostro y hacen sus ojos más tristes. 
Diríase que al comprender las vanidades y los 
vacíos del mundo llora las imperfecciones y 
las flaquezas de las almas, que ha podido me- 
dir y analizar con la seguridad con que el 
astrónomo las distancias de los astros, y el 
químico las composiciones de los cuerpos. 

Y al mirar nuevamente ese rostro, noto que 
me sorprende su franqueza. Llevaba, sin duda, 
la verdad en el alma, decía todo lo que sentía 
y cómo lo sentía; por eso dominaba á las mu- 
jeres, les inspiraba confianza absoluta, insi- 
nuándoles acentos de verdad momentánea, 
sinceros, sencillos, sin aprestos teatrales, sin 
deseo de producir efecto. El amor, en sus 
labios, vestía tan sólo el lenguaje del amor. 
La franqueza de su rostro garantizaba su ver- 
dad, así como la energía su constancia. No 
era posible dudar de un hombre que no sdlo> 



246 LUIS ORREGO LUCO 

expresaba sentimientos verdaderos, sino que 
afirmaba la verdad, que la sentía en su rostro. 
Tenía la belleza ideal que la verdad encierra. 
Ese, que nada ostentaba de sobresaliente- 
mente bello, fué el hombre amado. Sus riva- 
les fueron quizás más hermosos y por eso fue- 
ron vencidos; no puede agradar á las mujeres 
hallar concurrencia en los hombres, rivalidad 
en la belleza masculina. Además, el hombre 
bello, generalmente lo sabe y lo demuestra, 
convirtiéndose en Narciso eternamente ena- 
morado de sí propio. Es de entender que las 
¡mujeres necesitan ser amadas con amor abso- 
luto, completo, porque si una sola preocupa- 
ción, por leve que sea, enturbia ese cariño, 
desaparece el hechizo, así como basta con un 
soplo y la pureza del cristal se empaña. 

Hay en la testera del salón, encima de la 
urna que contiene la espada de Toledo, un 
retrato de Valdés Leal que representa á don 
víiguel de Manara. Su fisonomía no tiene la 
misma expresión de la máscara de cera; apa- 
renta, más bien, una singular dulzura velada 
por suave melancolía. El mirar de sus ojos re- 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 247 

cuerda lá apagada luz del terciopelo y, con 
sólo verlos, se comprende las fascinaciones y 
los amores que despertaron en tantas almas. 
Esos ojos acarician, besan, ruegan, se humi- 
llan y dominan todo á un tiempo, con el poder 
irresistible de las cosas fatales. A poco de 
mirarlos, se deja comprender cómo arreba- 
taban tras de sí, cómo encendían el recuerdo, 
cómo despertaban en corazones dormidos esa 
que llama un escritor la cristalización de los 
amores. 

Era don Miguel de Manara, como el retrato 
lo presenta, de gallardo aspecto, estatura me- 
diana y bien proporcionada, pálida la color, 
los ojos negros, el cabello sedoso y flexible — 
como si hubiera pasado muchas veces entre 
dedos de mujer — la frente ovalada formaba 
por los tímpanos un arco leve. Encubre aquel 
rostro un interés oculto, como si tratara de 
borrar la historia de muchas tristezas y de 
innumerables decepciones que salen atrope- 
lladamente á la luz, sin que sea parte su vo- 
luntad á impedirlo, ocultándolas del todo. 
Siéntese, al verle, sensación parecida á la que 
despierta cierta melodía de Litz en que la nota 
se corta, de súbito, y la frase musical queda 
como suspendida en e espacio, con cierta 



248 LUIS ORREGO LUCO 

sensación de misterio, de lo interrumpido, dé 
lo inesperado. 

El traje que lleva es elegante, sin lugar á 
duda: justillo de terciopelo verde botella ajus- 
tado al cuerpo, las mangas acuchilladas y am- 
plias, un tanto estrechas al apretar la muñeca. 
De colores sombríos y elegante corte, pone de 
relieve más que oculta las líneas armoniosas 
de su cuerpo. Se deja comprender que, gus- 
tándole el cuidado y el esmero en el vestir na 
es, con todo, su ocupación más importante. 

Aquí me viene involuntariamente á la me- 
moria el recuerdo de otro hombre que, á la 
par que don Miguel de Manara, caracteriza el 1 
modo de ser social de una época. Me refiero 
á Jorge Bryant Brumel, el primero de los 
dandys, el más famoso de los enamorados y 
de los elegantes de nuestro tiempo que, según 
la frase de Eyron, constituyen en compañía 
del mismo poeta y de Napoleón la trinidad 
más grande del siglo XIX. 

Así comodón Miguel de Manara personifica 
los ideales masculinos de su siglo, el hidalgo 
batallador y enamorado, amigo de aventuras,, 
de cuchilladas, y de mujeres, del juego y de 
la orgía, noble y generoso como el que más,, 
delicado hasta en el sensualismo de suyo gro- 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 249 

sero, poniendo su sello de grandeza hasta en 
el vicie; de igual modo representa Brumel y 
personifica el Tenorio del siglo XIX, menos 
viril, menos generoso de su sangre, preocupado 
de su traje, enamorado y vanidoso, gran señor 
y egoísta, distinguido en sus modales y helado, 
al mismo tiempo, el corazón anémico. No po- 
see, ya, la facultad de pasión y de sacrificio 
que ardía en el alma de don Juan y por eso, 
también, la figura de don Juan ha desapare- 
cido con su época en las nieblas del pasado. 
La fisonomía del dandy moderno ayuda á 
comprender los matices y las extrañezas del 
donjuán antiguo. No fué Jorge Brumel, como 
generalmente se cree, persona que conquistara 
su gran posición de hombre de mundo por su 
esmero en el vestir, ni correspondía el dan- 
dismo á la excelencia primorosa del traje. Bien 
es verdad que las líneas de su hermosa per- 
sona eran realzadas por el corte elegante de 
su frac color castaña oscura, su corbata blanca 
de anchos pliegues que caían en cascada y su 
pantalón de color invariablemente oscuro como 
el resto de su traje, y que evitaba todo lo que 
llamara la atención, cuidando, según su máxi- 
ma, "la exquisita y adecuada propiedad en el 
vestir M . Tero eso no era lo principal ni mucho 



250 LUIS ORREGO LUCO 

menos: de gustos artísticos, tenía conocimien- 
tos musicales, cantaba con hermosísima voz, 
hacía versos y dibujaba con talento. De ilus- 
tración considerable, grandes lecturas y agu- 
do ingenio, era un conversador ameno, lo 
cual se unía y completaba con una distinción 
de maneras, cultura de gustos y de tacto que 
alcanzaban á ciencia. Ante todo y sobre todo, 
era Brumel el tipo del perfecto y cabal hom- 
bre de mundo. Eso es el dandy, el hombre de 
conquistas amorosas y de empresas del siglo 
diez y nueve, de una época positiva en que do- 
minan el comercio y la industria, las minas y 
los bancos, el interés y el tanto por ciento. 

El dandy, soberanamente interpretado por 
Brumel, no fué la obra de un hombre sino el 
producto de un estado social y de una época, 
una enfermedad mórbida, un estado de alma 
refinado y complicado en un medio especia- 
lísimo, producido por las exigencias de un 
mundo gastado y hastiado — así como la perla 
resulta de las enfermedades de ciertas ostras. 
El dandy era la distinción moral y física lleva- 
da á un grado supremo, á una cima. En él se 
combinaban las actitudes plásticas y exquisita- 
mente graciosas de Sarah Bernardht, el inge- 
nio de Chamfort, el espíritu mundano de Lord 



ENT CASA DE D. JUAN TENORIO 25 1 

Bolingbrook y la gracia desdeñosa de Lauzun: 
combinábase y envolvíase todo esto en la 
ciencia profunda del vivir, en la armonía de 
las palabras, de las actitudes y de los silencios, 
hasta dar como fruto una orquídea humana al 
sabor de una sociedad gastada y destilada en 
alambiques de placer. El héroe moderno, tan 
genialmente encarnado en la persona de Bru- 
mel, es ante todo un ser de vanidades y de 
exterioridades mundanas. Un profundo psicó- 
logo le ha definido con exactitud incompa- 
rable: "El Amor dice al ser amado: tú eres 
mi universo. La Amistad; tú me bastas — ó, 
á menudo, tú me consuelas. En cuanto al Or- 
gullo, es silencioso.it Es que, así como el amor 
pretende la posesión exclusiva de un objeto 
solo, así la vanidad anhela por el predominio 
de la admiración universal — sus aspiraciones 
son más extensas, menos exclusivas, pero no 
menos fuertes en cuanto á la intensidad y vita- 
lidad de la pasión. Añádase á ésto que Bru- 
mel poseía como especialísima cualidad innata 
el don de atraer, de fascinar, de hipnotizar á 
todo el mundo. Y de tal manera fascinaba y 
á tal punto alcanzaba su prestigio en la aristo- 
crática Inglaterra, que pudo verse el fenómeno 
curioso de los miembros de un gran Club, el 



252 LUIS ORREGO LUCO 

Club Wattier, vacilando sobre si habrían de 
invitar ó nó á una de sus fiestas al Príncipe de 
Gales que se encontraba reñido con Brumel — 
ese grande y universal fascinador. Ese don de 
agradar, atraer, adueñarse de todas las volun- 
tades y luego, sin título alguno, erigirse en 
dictador y soberano absoluto de una sociedad 
entera, es el más extraño espectáculo en la 
historia de las costumbres en la época presen- 
te. Jorge Bryant Brumel, el prototipo de un 
estado de alma social y de las costumbres é 
ideales de una época, ha desaparecido, como 
los grandes actores y los grandes oradores, sin 
dejar más huella que los pasos elegantes, bri- 
llantísimos y fugaces de una serpentina. 

Ha pasado como "esas glorias que no son 
nada más que un rumor en el silencio, y que 
deben alimentar para siempre los ensueños, 
desesperando á las ideasn según la expresión 
exacta de un artista. 

No así don Juan Tenorio, digno represen- 
tante de una época más caballeresca, más 
osada y más fuerte; su imagen ha sido acuñada 
con sello más hondo y más vivo. Manara vino 
al mundo en otro tiempo, entre distintos idea- 
les y distintas costumbres, con nervios más 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 253 

vigorosos, y pasiones más primitivas; en un 
tiempo en que la fuerza dominaba y lo arro- 
llaba todo, ampliando y extendiendo el des- 
borde en las exhuberancias de ciertas natu- 
ralezas. Un escritor contemporáneo encuen- 
tra que don Juan y el Cid, encarnan por' sí 
solos el carácter español y dibujan el último 
la luz, y el primero la sombra. Esto no es exac- 
to, sino en parte. El alma humana es dema- 
siado compleja, entran demasiados elementos 
en sus ideas y en sus acciones para que nos sea 
dado juzgarla en absoluto. Ni el Cid era tan 
puramente glorioso, ni don Juan tan remata- 
damente malo; ambos combinaban en sí, como 
en un crisol, metales distintos, las pasiones 
bajas y las nobles, arrebatos caballerescos y 
villanías consentidas por las perturbaciones 
morales de una época. 

Don Miguel de Manara, ó Tenorio — désele 
el nombre que se quiera á ese tipo idealizado — 
«s un reflejo en el cristal de las condiciones 
más genuinas del carácter español de los tiem- 
pos caballerescos, si se atiende á su genial 
desenfado, á su temerario arrojo, á su genero- 
sidad á toda prueba, á las rebeldías de su es- 
píritu contra las injusticias de la suerte y las 



254 LUIS ORREGO LUCO 

imposiciones del acaso, á las delicadezas y 
refinamientos de su ser, envueltos en la forma 
apasionada de las expansiones más vehemen- 
te?, en naturaleza que tiene algo de africano sin 
duda. Las cualidades y defectos de celtas, de 
visigodos, de romanos y de árabes, de diversas 
razas y de varias civilizaciones superpuestas, 
fueron indispensables para llegar á la amal- 
gama física y el temperamento moral de un 
Tenorio, la indómita energía de su alma, los 
incesantes anhelos, la pasión desenfrenada, el 
vicio elegante, la gentil apostura y la gracia 
del cuerpo, la mezcla armoniosa de ensueño y 
de fuerza, de acción, de poesía y de realidad, 
de apetitos viles y de aspiraciones delicadas. 
La vida de Manara fué obra, asimismo, de su 
medio y de su siglo. 

La época de Manara era de cuchilladas y de 
amores. De ahí las fascinaciones irresistibles 
que tiene para nosotros el tipo de don Juan; 
de ahí, la simpatía con que miramos á ese ca- 
lavera peligroso pero noble, desapiadado á la 
par que valiente, vicioso á la vez que apasio- 
nado, generoso y jugador, sediento de ideales 
y desfallecido en la lucha de la vida, criminal 
y empedernido pecador que fundó el Convento 
de la Caridad, pidiendo como gracia el ser 



EN CASA DE D. JUAN TENORIO 255 

sepultado á la puerta del templo para qtie todos 
le hollaran con sus pies. 

**~ 

Sacándome de la honda meditación en que 
me hallaba, á punto de partir, la hermana de 
caridad me hizo notar un cuadro que en la 
pared había. Representaba la conversión de 
don Miguel de Manara. Sobre una mesa: una 
guitarra, una espada desnuda y un paquete de 
cartas nos recordaban simbólicamente las fla- 
quezas de don Juan Tenorio que con la mirada 
ardiente se lanza en pos de una mujer que ha 
visto pasar junto á su puerta. 

Cuenta la leyenda que siguiendo á esa mujer 
cruzó por una y otra y otra calle, y atravesó 
revueltas callejuelas estrechas, de esas que por 
todas partes encontramos en Sevilla. Y des- 
pués de mucho caminar, caída ya la noche y 
envuelta la tierra en sombras, salieron del re- 
cinto de la villa. Entró la mujer á un palacio, 
don Miguel de Manara en pos de ella. Descu- 
brióse á su ardoroso amante, y al caer el 
manto que la encubría pudo ver, en vez de la 
mujer que soñaba, un esqueleto. Era Dios que 
por medio de un milagro le llamaba á sí. 



256 LUIS ORREGO LUCO 

Y á la verdad que estoy á punto de creer 
que la leyenda no miente. Bajo el símbolo de 
lo sobrenatural se oculta esa verdad, tan pro- 
funda y tan menospreciada como todas las 
verdades, de que nada hay entre las cosas de 
la tierra que merezca las muchas penas que 
sufrimos y afanes que consagramos á alcan- 
zarlas — "el mundo es vanidad de vanidades y 
nada más que vanidad. M Don Miguel de Ma- 
nara no pudo encontrar en el mundo algo que 
llenara sus aspiraciones íntimas. Reina en las 
soledades del alma tanta melancolía como en 
las soledades del desierto. En esas horas ha- 
bernos menester de retiro, de sosiego, de 
quietud callada; la oración y el recogimiento 
se avienen con esas horas así como el Ángelus 
con el morir del día. Esas horas de crepús- 
culo moral, conducen á los unos al templo, á 
los otros al suicidio, en busca de alivio para el 
alma atribulada, y todos le encuentran, ya sea 
en el lúgubre silencio de la muerte ó ya en la 
luz inefable que las meditaciones nos procura^ 
A manera de anticipaciones de cosas lejanas y 
soñadas. 



ILGO DE HITOl 



Para hablar de la pintura española contem- 
poránea, es preciso volver las miradas á la 
época de Goya, el iniciador, el más genial, el 
más caprichoso, el más extrañamente original 
entre los pintores españoles de la nueva era. 
Su temperamento poseía mucho de las violen- 
cias y de las audacias de Rivera, junto con la 
naturalidad graciosa de las comedias de don 
Ramón de la Cruz. Goya y don Ramón de la 
Cruz, aparecen ligados, sin saberlo, por las 
comunidades misteriosas del espíritu de una 
época. 

Seguramente ha sido Goya uno de los hijos 
más genuinos de su tiempo. No posee ni los 
refinamientos ni las delicadezas de los pinto- 
res franceses de antaño, enamorados de pas- 
tores y de pastoras, con las dulzuras y los 



258 LUIS ORREGO LUCO 

refinamientos de la Arcadia, antes bien, sal- 
tando por encima de las modas francesas, 
busca la realidad sobre todo, se empapa en la 
vida, se deleita en el pueblo y le estudia en 
sus instantes más pintorescos y más vivos. El 
célebre Mengs, establecido entonces en Ma- 
drid, no alcanzaba influencia alguna sobre el 
temperamento original y vigoroso de Goya. 
En tanto que los demás pintores imitaban, se 
amaneraban y vivían del soplo de inspiracio- 
nes ajenas, Goya buscaba su arte en la vida, 
en el pueblo, en los humilles, como había de 
hacerlo en Francia, causando una revolución 
en la pintura, el autor del Ángelus, Millet. 

Este amor á la naturaleza, al pueblo, á lo 
sencillo y primitivo es como el sello que ha 
conseguido imprimir Goya á su pintura, anti- 
cipándose de este modo al correr de los tiem- 
pos y señalando el camino que había de seguir 
más tarde la pintura. No tiene, sin embargo, 
esa nota de realidad sentimental, conmovida, 
algo amarga de los que han buscado posterior- 
mente en el pueblo, siguiendo á Courbet y á 
Millet, el sentimiento rústico y primitivo, la 
poesía sencilla y la musa pobre, sino, por ma- 
nera diversa, resalta en los cuadros de Goya 
un sentimiento humorístico, regocijado, que 



ALGO DE PINTURA 259 

busca en la humanidad, y especialmente en la 
plebeyo y humilde, las notas cómicas y sa- 
lientes. Sus arrieros, sus segadores, sus men- 
digos, nada tienen de las ansias afiebradas, ni 
de la amargura ansiosa y contraída de la pin- 
tura realista moderna: son alegres pobladores 
de un país meridional, que dejan correr la vida 
como Buckingham las perlas de su manto, 
lijeros y despreocupados, sin la idea previsora 
del mañana y sin la tristeza anticipada del 
futuro. Hay en los tipos de Goya la misma 
sangre y el mismo espíritu que se agita en las 
producciones de Cervantes y de Hurtado de 
Mendoza y en los saínetes de don Ramón de 
la Cruz, ese realismo sano y fuerte que vivifica 
y entona, apartado por completo de las ten- 
dencias pesimistas que en ciertos espíritus 
modernos tratan de convertir el arte en una 
empresa de pompas fúnebres y el artista en un 
cochero enlutado. Con sólo mirar de paso la 
Riña en la Venta Nueva^ tan llena de inten- 
ción y de vida con sus arrieros y caminantes 
que disputan y se pelean por discusiones de 
juego, que claramente descubre la baraja des- 
parramada por el suelo; la ventera da voces, 
el ventero pone en salvo el dinero materia de 
la disputa, en tanto que las puñadas llueven 



2Ó0 LUIS ORREGO LUCO 

y los asistentes se dan de golpes oficiosamente. 
Esos cuadros de pueblo, tan regocijados y tan 
naturales, con su oculta filosofía y su intención 
picaresca, traen involuntariamente á la me- 
moria las escenas del Quijote, y se admira la 
unidad, la naturalidad, la gracia y la energía 
del arte español cuando no se desvía de sus 
fuentes naturales, ni busca en la casa ajena el 
traje de las ideas y de los sentimientos pro- 
pios. No es menos original, ni menos caracte- 
rístico de Goya el Paseo en Andalucía. 

La leyenda concede, sin razón alguna, muy 
alto origen á ios personajes que figuran en la 
escena, dando á entender que se trata de la 
duquesa de Alba y del célebre torero Pepe- 
Hillo. Nada hay que autorice á creerlo, antes 
por el contrario, aparece demostrado que en 
la época del cuadro no tenía catorce años la 
duquesa. Pero aun cuando no sea verdadero el 
alto origen que á los personajes se atribuye, 
no por eso deja de ser menos interesante la 
escena, dominada por los celos de uno, el 
embozado, y el trato cariñoso y descuidado 
de los otros; en una escena sencilla se adivina 
la catástrofe, se comprenden las cóleras ocul- 
tas, el estallido próximo. Es un drama de na- 
turalidad y de intención. Admiramos involun- 



ALGO DE PINTURA 2ÓI 

tariamente la plasticidad con que el artista ha 
logrado transmitirnos los sentimientos que do- 
minan, de seguro, al embozado. 

Una de las faces de la pintura de Goya, la 
más genuinamente española, se halla expuesta 
en los cuadros que llenan una de las salas del 
Museo Real de Madrid. La Vendi?nia i los 
Naipes, el Agosto, el Paseo de Andalucía y 
muchos otros, con hermosísimo y delicado 
colorido, interpretan escenas varias de la vida 
española de aquel tiempo. Aquellas figuras 
tan naturales, tan vivas, de tan vigoroso re- 
lieve, aparecen envueltas en velo de poesía. 
Hay en la manera de interpretarlas y de sen- 
tirlas un sello pintoresco, gráfico, propio de 
los tiempos. No podemos concebirlas de ma- 
nera diversa de las concepciones del pintor. 
Hasta ciertas manchas de rosas muertas, de 
azules desmayados, tienen como un rumor de 
años que están lejos y que duermen, de mun- 
dos y de sociedades que se han ido. Era el 
siglo diez y ocho la época de la gracia refina- 
da, del exquisito buen tono, del Minuet con 
sus profundas y pausadas reverencias, de las 
pelucas empolvadas, el casaquín, el desenfa- 
dado ingenio y la galantería graciosa y lijera. 
En los salones volaban zaetas de los labios de 



2Ó2 LUIS ORREGO LUCO 

Rivarol, de Chamfort y de Beau marcháis, en 
aquella incomparable sociedad francesa que 
daba el tono y señalaba el camino á las socie- 
dades cultas y elegantes de la Europa. Al 
contemplar esas obras de Goya, se diría que 
tratan de expresar uno de los aspectos de 
aquella sociedad, el aspecto del pueblo, con- 
templado como para armonizar y completar su 
aspecto aristocrático. 

Los cuadros de Goya entonan y se concier- 
tan con las telas de oro viejo y de rosa desma- 
yada, que ha legado el siglo diez y ocho á 
nuestro siglo. Tienen una sonrisa que ha lo- 
grado escapar á la obra destructora de los 
tiempos, un tono desdeñosamente elegante 
que rara vez alcanzan las obras del arte mo- 
derno, cuando tratan de aliarse con las cru- 
dezas del realismo. Ningún otro pintor ha 
Conseguido evocar en mi espíritu las memo- 
rias muertas del siglo XVIII, con la vivacidad, 
con el movimiento, con el sentido íntimo de 
Goya, con la animación de sus escenas, con lo 
pintoresco de sus trajes. 

La pintura religiosa, en cambio, no le debe 
mucho: ni sus trabajos en el templo del Pilar, 
de Zaragoza, ni sus obras religiosas de Madrid, 



ALGO DE PINTURA 263 

nos muestran cosa alguna digna de tomarse en 
cuenta. La inspiración grandiosa y trájica de 
Zurbarán y las delicadezas ideales de Murillo, 
no cabían en aquel espíritu esencialmente mo- 
derno, producto de su tiempo, hijo legítimo de 
España en el siglo XVIII. Goya vivía para lo 
moderno, sentía palpitar en su alma el ins- 
tinto y las pasiones modernas, sus elegancias, 
sus refinamientos, sus depravaciones, y pudié- 
ramos decir de él, sin exageración alguna, que 
ha sido en el siglo XVIII el primero de los 
pintores españoles del siglo XIX. Sentir y 
empaparse hondamente en el medio que le 
rodeaba, pintando señoras y majas, chicos, 
hombres del pueblo, sayas cortas y mantillas, 
flores y ojos negros, con una explosión de co- 
lores y un desborde y un derroche ele vida que 
sorprenden, era el mérito principal y el valor 
característico de Goya en su obra de pintor. 
Lo más esencial en arte, así en poesía, como 
en música, en pintura como en arquitectura, 
consiste en sorprender y expresar con fidelidad 
lo propio de los tiempos, lo íntimo de la so- 
ciedad en que se vive, el aire, la manera de 
ser, los defectos y las virtudes, sin atenuacio- 
nes, con la sinceridad más absoluta, y si es 



264 LUIS ORREGO LUCO 

posible, tratando de anotar hasta las pausas y 
silencios que pasan desapercibidos á los ojos 
del vulgo. 

Goya poseía, como particulares condiciones 
de su manera de pintar, dos, que podríamos 
llamar las características de su propio espí- 
ritu: la exhuberancia de la imaginación y el 
concepto rápido, casi instantáneo, de los de- 
fectos y de los contrastes que se manifiesta en 
lo cómico y en la sátira. Su imaginación tiene 
mucho de la pesadilla trájica de Hoffmann, 
tan vigorosamente acentuada en sus extraños 
cuentos; no es el sentido de lo extravagante, 
de lo extraordinario unido á lo positivo, tal 
como se manifiesta en las brillantes concep- 
ciones de Edgardo Pué, sino lo extraordinario 
concebido con la magestad reposada, con la 
entonación romántica y soñadora de los escri- 
tores alemanes. Esta forma especialísima del 
espíritu, aparece unida en Goya al demonio 
picaresco de la sátira. Raras veces logran 
reunirse en la esfera del arte dos conceptos, 
como estos, que parecen encontrados é incom- 
patibles el uno con el otro. La fuente soña- 
dora de la imaginación ardiente aparece de 
ordinario reñida con el soplo de la sátira he- 
lado y frío de por sí. Los Caprichos y los 



ALGO DE PINTURA 265 

Proverbios, son las encarnaciones más felices 
de este ingenio que sabe reunir á las imagina- 
ciones exaltadas de Gustavo Doré, las actua- 
lidades picarescas y la intencionada malicia de 
Cham y de Gavarni. En esos grabados de 
Goya sobresale de un modo maestro el nrte de 
la plasticidad y del relieve, los efectos de cla- 
ros oscuros, los detalles sacrificados per las 
líneas características de un personaje ó de una 
situación, hasta darles, con procedimientos ru- 
dimentarios, intensidades y vibraciones de 
vida que sorprenden. No fueron superiores, 
como expresión sensible ni como efecto, los 
admirables grabados de Rembrandt, si bien 
le superan bajo aspectos diversos. 

Es de admirar la intención acerada en alga- 
nos Caprichos, hijos legítimos del siglo XVIII, 
como la célebre agua-fuerte Lo que puede un 
sastre. Varias mujeres se prosternan reveren- 
temente en presencia de un tronco de árbol 
cubierto con una manta que toman por fraile; 
diríase un Voltaire español que se burla de las 
preocupaciones de su siglo. El Conde de 
Aranda y su gobierno laico, despreocupado y 
emancipado de las conciencias han pasado por 
allí; toda una revolución social y moral ha 
debido efectuarse fatalmente, antes que la 



2Ó6 LUIS ORREGO LUCO 

sátira sea posible y ruede suavemente, sin 
cansar escándalo. 

En los períodos de transición de las socie- 
dades domina, así en pintura como en letras, 
la tendencia al estudio de costumbres; la sátira 
flagela, destruye, para dejar el campo en estado 
de hacer reconstrucciones. Así, naturalmente 
y como dándose la mano, surgen Goya primero 
y Larra en seguida. Ambos son observadores, 
ambos satíricos, aunque de muy diverso modo, 
y contemplan un estado social que se derrum- 
ba. La estampa titulada Hasta la muerte , 
representa una vieja sentada al tocador y cor- 
tejada por dos señores que adulan á esa ruina, 
mientras su doncella la compone. La otra 
Esto si que es leer, en la cual un viejo gran 
señor duerme sobre un libro mientras el pelu- 
quero le arregla, no es menos intencionarla. 
Hay mucho del ingenio picante de Beaumar- 
chais en esas burlas. Sus cuadros y sus estam- 
pas están llenos de alusiones, ya ocultas, ya 
vibrantes y claras, con chasquidos de látigo y 
rumor de cascabeles. Al mismo tiempo, es 
íntimamente español en su Cotrida de toros, 
en su Entierro de la sardina , en la Procesión 
de Viernes Santo, en la Casa de locos, sin dejar 
por esto de comprender ni de señalar los ex- 



ALGO DE PINTURA 267 

travíos y los errores de la sociedad que le 
rodea. Intencionado, agudo, efectista, preo- 
cupado de la impresión que habrá de producir 
antes que de la manera cómo llegue á produ- 
cirla, exhuberante de vida, esbozando, al pa- 
sar, ideas y locuras geniales, Goya se nos 
presenta en las penumbras del tiempo como 
una de las más extrañas y vigorosas personi- 
ficaciones del espíritu español de nuestra épo- 
ca. Es hijo de la enciclopedia y de Aranda, 
de Andalucía y del Norte, es un romántico y 
al mismo tiempo un modernista; diríase que, 
por capricho infantil, se hubiera montado á 
caballo en dos siglos á la vez. 

La influencia de la pintura de Goya sobre 
la atmósfera de su tiempo, no se manifiesta de 
esa manera dominante y sobrecogedora que 
todo lo arrastra y todo lo domina con su em- 
puje. Aparece, más bien, como un esfuerzo 
originalísimo y aislado que fascina á muchos, 
que admira á casi todos, pero que no con- 
vence á la masa de los artistas, incapaces dé 
comprenderlo y de apreciarlo, por hallarse, en 
fuerza de su originalidad misma, lejos del dia- 



2Ó8 LUIS ORREGO LUCO 

pasón á que estaban acostumbrados. Se mani- 
fiesta en claro, una vez más, en este caso, la 
influencia perturbadora que tiene á veces la 
acción del Estado sobre el arte. Carlos III, 
al llamar a España á Tiépolo y á Mengs, 
había impuesto, de una manera inconscien- 
te, á la enseñanza de la pintura española 
un rumbo que no era el suyo, que no entraba 
por completo en la índole nacional, olvi 
dando que la pintura, como todas las mani 
festaciones del arte y del espíritu, obedecen á 
leyes, son hijas de tradiciones que no es posi 
ble modificar sin perturbaciones considerables, 
Goya tuvo la grande y nobilísima audacia de 
romper de frente con las enseñanzas oficiales 
obedeciendo á su naturaleza propia, estudiando 
la índole de su pueblo, dejándose llevar del 
espíritu de su tierra. No podía luchar con los 
elementos de propaganda del Estado. Debe- 
mos advertir, en honor de la justicia, que la 
escuela de Mengs, si bien extraña á la índole 
española, no por eso carecía de méritos ni de 
considerable valor artístico. Había querido 
reformar la pintura española llevándola á már- 
moles paganos y á telas de maestros como á 
fuente de vida. Con esto, sin duda, alcanzó 
perfección y verdadera ciencia en los procedí- 



ALGO DE PINTURA 269 

mientos, ganó e.i la fuerza del dibujo, pero se 
alejó de la vida y destruyó sus gérmenes de 
inspiración, olvidándose de que los miembros 
atrofiados y desprovistos de ejercicio, decaen 
y mueren. Bayeu y Maella, sus discípulos, no 
acertaron á comprender las excelencias ni los 
primores de la pintura de Goya, que necesa- 
riamente debía parecerles incorrecta y cruda, 
con redundancia y exageraciones de vida para 
ellos que eran casi muertos. 

La atmósfera moral de la época no favo- 
recía el desarrollo del arte en el sentido de la 
naturaleza. Preocupaciones é influencias so- 
ciales de diverso género, esas mismas preocu- 
paciones que con la expulsión de los judíos y 
moriscos dieron golpe considerable á la indus- 
tria española, en menor grado perturbaron el 
desarrollo del arte en España. Bástenos seña- 
lar el hecho de que en tiempo del rey Car- 
los III, de ese mismo rey que siguió las inspi- 
raciones ultra-liberales de Aranda, no fué po- 
sible establecer una clase de dibujo al desnudo 
por las oposiciones que esta idea despertaba 
en el clero. 

No pasó, con Mengs, la época de las in- 
fluencias extranjeras; después de la suya se 
manifestó con grande y poderosa iniciativa la 



270 LUIS ORREGO LUCO 

escuela de David. El pintor francés, republi- 
cano ardiente, fué á buscar á la historia de 
Roma sus asuntos. Se entusiasmó fríamente 
con sucesos olvidados, acudió á la mitología, 
á lo rebuscado y á lo artificial. Con algunas 
excelentes condiciones, gran dibujante, muy 
correcto, no podía tener ni el sentimiento, ni 
el colorido que sólo en el estudio de la vida 
hubiera podido hallar. Su pintura sencilla y 
natural en sus actitudes y en sus líneas, pero 
sin calor ni entonaciones, no podía propiamen- 
te adaptarse á un pueblo en que predomina el 
sentimiento de la luz y del color. 

Su influencia se hizo especialmente sentir en 
Madrazo, Rivera, Aparicio y Tejeo. Los sim- 
ples asuntos de sus obras manifiestan el espí- 
ritu de la escuela. La muerte de Lucrecia, La 
?nuerte de Viriaío, Griegos y Troyanos dis- 
putándose el cuerpo de Patroclo, El amor di- 
vino y el amor profano, son los temas elegi- 
dos por don José de Madrazo para desarro- 
llar su inspiración. Le falta en absoluto el sen- 
timiento moderno, el espíritu de su época tal 
como Goya lo comprendía, y bien podría de- 
cirse de las obras de esa escuela como un 
crítico de ciertos dramas de Víctor Hugo: 
"son pasteles de hielo calentados al hornon. 



ALGO DE PINTURA 271 

Las revoluciones del arte francés repercu- 
tieron constantemente en la pintura española. 
Hubo clásicos, entre los cuales figuraron Vi- 
cente López, los dos Ferrant, Gomaron y 
Gómez; y también románticos, entre los cuales 
se distinguían Alenza, Gutiérrez de la Vega, 
Villamil y Espalter. 

Estas dos escuelas no produjeron nada so. 
bresaliente h.ista Federico de Madrazo, que 
vino á combinarlos en prudente eclecticismo. 

Las épocas de transición posteriores á Goya 
vienen á encontrar un término en la persona- 
lidad sobresaliente de Rosales. 

Con Eduardo Rosales entra la pintura en 
su segunda faz. Habíase inspirado en Morelli, 
de quien era grande admirador y con quien 
tiene mucho de parecido por la energía con 
que sabe sentir la realidad. Su célebre cuadro 
el Testamento de Isabel la Católica^ exhibido 
en la Exposición de 1864, ha sido uno de los 
acontecimientos memorables de la pintura 
española. La severa composición, la realidad 
noble del sentimiento, el color y la vida ge- 
nuinamente españoles resucitadas por Goya, 
revivían en el maestro, que rompía franca- 
mente con la gravedad helada de la escuela 
francesa. Entre las imitaciones amaneradas, 



272 LUIS ORREGO LUCO 

artificiales y extranjeras, renacía la pintura 
española. Rosales comprende el valor del 
sentimiento, de la idea expresada en un con- 
junto, del colorido y del dibujo en los límites 
íntimos de la realidad. Comprende las emo- 
ciones ocultas de la vida, el lenguaje mudo de 
las actitudes y de las co.-as. Don Juan de 
Austria presentado á Carlos Ven Yuste, Ham- 
let y Ofelia, Doña Blanca de Navarra y los 
Evangelistas ', vinieron á coronar la reputación 
tan brillantemente adquirida con el Testamento 
de Isabel la Católica, 

Es Mariano Fortuny el intérprete más fiel 
del espíritu que anima la pintura contempo- 
ránea de la España, con todas sus cualidades 
y defectos, sus bellezas y nimiedades, sus en- 
cantadores derroches de color y su desdén del 
concepto, de la abstracción y de la unidad. 
Nunca se vieron más cumplidamente retra- 
tadas las tendencias del arte en un país y en 
una época. Nadie, como él, hubiera merecido 
con más propiedad el calificativo de hombre 
representativo , tal como le aplicaba el filósofo 
Emerson. Mariano Fortuny era en la pintura 



ALGO DE PINTURA 273 

lo que Julián Gayarre fué en el canto, supo 
dar el do de pecho del color, interpretar el 
lenguaje mudo del mundo inanimado, decirnos 
el secreto de la naturaleza, expresar la vida de 
lo que aparentemente no la tiene, recoger la 
luz, sutilizarla, refinada ó desparramarla á 
chorros con la plenitud del medio día, en 
grandes oleadas de reverberaciones africanas, 
hasta ese momento nunca vistas. 

Mariano Fortuny vio la luz en la ciudad de 
Reus, en el seno de esa activa é industrial 
Cataluña que tantas glorias y tantas riquezas 
ha sabido regalar á España, hijo de la raza 
vigorosa, de grande é incomparable empuje 
material, unido á la constancia, á la firmeza 
de propósito, al orgullo bronceado, al anhelo 
de más allá que caracteriza á las razas desti- 
nadas á triunfar en el choque de los pueblos 
modernos, en el incesante esfuerzo de la lucha 
por la vida que hace caer y fracasar á los dé- 
biles, para la perpetuación de los más fuertes. 
Nació Fortuny en las clases más humildes y 
más pobres de su ciudad natal, y así como 
Gayarre de obrero de fábrica, él comenzó de 
carpintero. Su padre y su madre le dejaron 
huérfano en sus primeros años, quedando al 
cuidado de su abuelo, septuagenario, pobre y 



274 LUIS ORREGO LUCO 

desvalido. El viejo Fortuny, carpintero y ta- 
llista de oficio, gastaba sus horas muertas en 
la fábrica de figuras de cera, en ensayos de 
escultura expontánea y rudimentaria, que no 
por eso dejaba de levantar consigo la admi- 
ración de la gente de Reus. El niño, á su vez r 
comenzó trazando, por instinto, dibujos y 
figuras que llamaron la atención del viejo. 
Hízole ingresar en 1847 en la recién fundada 
escuela de dibujo, á los doce años. La lucha 
de la vida comenzaba temprano para él, vién- 
dose obligado á pintar ex-votos para subvenir 
á sus necesidades apremiantes. Luego, sin 
más recomendación que unos paisajes y boce- 
tos del niño, se presentaron en Barcelona el 
abuelo y el nieto, á casa de un escultor, que 
hizo todo género de esfuerzos hasta obtener 
su ingreso en la Escuela de Bellas Artes. 
Obtuvo para el niño Fortuny los réditos de 
una manda pía de fundador olvidado. Enton- 
ces principia la vida artística de Fortuny, con 
afiebradas horas de trabajo en que reproduce 
cuanto encuentra, pinta en la Academia y en 
la calle. En los días de huelga, ilumina foto- 
grafías y dibuja en piedra litográfica. 

Su primera obra de grandes proporcione* 
fué la pintura de una iglesia. Comenzaba con 



ALGO DE PINTURA 275 

los asuntos religiosos, que no había de conti- 
nuar más tarde. Esa fué la hora de sus pri- 
meros triunfos. Poco después, la Diputación 
de Barcelona creó, en Roma, una plaza de 
pensionado que Fortuny obtuvo. Se abría ante 
sus pasos una carrera brillante, nuevos hori- 
zontes; al contacto con los grandes maestros 
del pasado, el descubrimiento de sus tenden- 
cias propias y el despertar de su vigorosa ini- 
ciativa. En vano trataron sus maestros de 
llevarlo á la escuela académica y á la pintura, 
religiosa que renacía entre los pintores barce- 
loneses, subordinándolo todo á la unidad del 
conjunto y del concepto El temperamento 
de Fortuny, su rica fantasía, conseguían esca- 
parse entre las mallos de acero de las redes 
académicas, para acabar en estudios, en boce- 
tos, en apuntes, rápidamente cojidos al pasar,, 
con la riqueza de colores y el derroche de 
luces que constituyen el fondo mismo de su 
raza. 

Hecho curioso y digno de ser tomado en 
cuenta para apreciar la originalidad artística 
de su temperamento, es que á Fortuny, por lo 
general, le producía una impresión desilucio- 
nadora la pintura de Roma; en sus Museos 
admiraba principalmente el retrato de Ino- 



276 IUIS ORREGO LUCO 

cencío X, de Velásquez, por su colorido, por 
su factura. Abandonar su país y su medio 
propio, llegar al corazón de una grande es- 
cuela, y en medio de las riquezas de la pintura 
italiana, preferir una pintura de su raza y de 
su país, es algo que indica la acción poderosa 
de las fuerzas instintivas en la carrera de un 
artista. 

En 1860 se verificó un suceso que había de 
ser decisivo para la obra pictórica de Fortuny. 
La guerra de África, transportándolo á un 
medio apropiado á su temperamento, á su 
concepto del arte, á su ansia de lo pintoresco 
y de lo moderno, debía trazar en su espíritu 
el surco de las nuevas concepciones, los gér- 
menes de colorido vibrante, hundo, apasio- 
nado, tal como sólo aquellas regiones permi- 
ten concebirlo. La Diputación provincial de 
Barcelona tuvo la idea de llamarlo y de en- 
viarlo al teatro de la guerra. 

Los hombres de pensamiento, así como los 
hombres de arte, necesitan un accidente for- 
tuito que venga á indicarles su camino, un 
súbito choque moral, algo que se desvíe un 
tanto de lo normal y ordinario, para descubrir 
as tendencias verdaderas de su espíritu é in- 
clinarles al camino favorable y á su desarrollo 



ALGO DE PINTURA 277 

natural. Para el temperamento de Fortuny, 
el acontecimiento decisivo de su tendencia 
artística, el hecho que debía imprimir sello 
característico á su obra de pintor, fué su expe- 
dición al África. Es preciso contemplar esos 
paisajes africanos, las calles estrechas, la for- 
ma singular de las habitaciones, de los trajes 
y de las costumbres, los zocos, los mercados y 
bazares, la originalidad maravillosa de aque- 
llos tipos y de aquellas costumbres, la extraña 
palpitación de vida que arroja sobre todo eso 
la deslumbradora luz de un sol triunfante, 
omnipotente, digno de ser considerado como 
Dios por ciertos pueblos. El Oriente es la pa- 
tria de las combinaciones luminosas y de las 
maravillas del color. Recuerdo haber pasado 
tardes enteras, en Marruecos, extasiado, con- 
templando en un bazar las combinaciones 
primorosas de colores en seda, los bordados 
en que las manchas más fuertes se unen para 
formar las más exquisitas armonías. Colocad, 
en aquel mundo de la luz, los tipos sombríos 
del fanatismo islaminita, los guerreros de mi- 
rada ardiente, esas largas y flotantes vesti- 
duras árabes de elegancia incomparable, las 
fisonomías consumidas por el fuego intenso,, 
los arcos de herradura, los pozos, los carne- 



278 LUIS OKREGO LUCO 

líos, todo nuevo para los ojos europeos, todo 
tendente al desarrollo de las originalidades 
luminosas en espíritus artistas. Agregúese á 
^sto el movimiento de la guerra, la pasión de 
la lucha que anima los paisajes y los hombres 
y se comprenderá fácilmente que dejara todo 
eso estampado su sello indeleble en la pintura 
y en la vida de Fortuny. 

Iriarte le pinta de este modo: "Casi siempre 
silencioso, nada comunicativo, pero sin tris- 
teza ni mal humor, condescendiente, atento y 
benévolo. . . Fortuny vivía en medio de nos- 
otros absorvido en fecunda contemplación, y 
solicitado de todos lados y á la vez, por los 
mil episodios, brillantes, pintorescos, inespe- 
rados y dramáticos que se desenvolvían ante 
^1... Iba y venía por los campos con infati- 
gable actividad, provisto de una gran cartera 
de papeles ligeramente teñidos, y en los cuales, 
con facilidad extraordinaria, fijaba siempre de 
paso y en pie cuanto veía, realzando sus di- 
bujos con el lápiz blanco para obtener el re- 
lieve. En alguna de aquellas ocasiones, única 
en el mundo para un pintor, como el momen- 
to en que el Emperador de Marruecos se diri- 
gía hacia nosotros con suntuoso aparato para 
firmar la paz, el artista desplegaba actividad 



ALGO DE PINTURA 279 

silenciosa; todo lo interesaba, los caballos, los 
tipos, los trajes, las armas, las raras vesti- 
mentas de la guardia negra. . . O'Donell nos 
designó por morada, á Alarcón y á mí, des- 
pués de haber tomado á Tetuán, un palacio 
bello como la Alhambra. Ofrecimos hospita- 
lidad á Fortuny, más á él le eran necesarios 
los chirivitiles del barrio de los judíos, las ex- 
travantes y ennegrecidas cavernas donde se 
reunían los vencidos, la impresión de la calle, 
el espectáculo de la vida oriental, el episodio 
característico. Durante su permanencia en la 
ciudad vivió al aire libre, ocupado en colec- 
cionar los documentos que debían servirle para 
pintar los primeros cuadros importantes. tt Esta 
página de Iriarte, citada por otro de sus bió- 
grafos, le pinta de lleno, entregado á la acti- 
vidad devoradora de su nueva existencia, em- 
papándose en la luz y en los tipos acentuados 
<3el Oriente que tienen más la fisonomía de la 
acción, el lenguaje de los jestos, que los tipos 
^europeos. Las tendencias de la pintura de 
Fortuny quedaban señaladas desde aquel mo- 
mento; aun más que pintor europeo, debía ser 
un intérprete de costumbres europeas con sen- 
timientos orientales, un adorador apasionado 
de la luz, en todas sus partes, bajo todos sus 



280 LUIS 0RRRG0 LUCO 

aspectos, un contemplador del universo, á la 
manera de los derviches, arrobado y dominado 
por el aspecto exterior plástico y luminoso del 
paisaje, de la arquitectura y del tipo. Estaba 
condenado á ser pagano; las abstracciones y 
los simbolismos del Norte debían sr incom* 
prensibles á su espíritu é inconciliables con la 
inteligencia del arte desarrollada en su tempe- 
ramento por un medio excesivamente favora- 
ble. En su estado de alma, ni el pesimismo 
genial y doloroso de Ibsen, ni el humanita- 
rismo realista y elevado de Tolstoy, ni las 
concepciones amargas del genio colindante en 
locura de Dostoyiewsky, hubieran dejado la 
impresión más leve; su imaginación tenía e\ 
brillo, las pedrerías, los filigranas y las sedas 
de las Mil y una Noches. 

De vuelta de África, emprendió Fortuny un 
viaje por las principales ciudades de Europa* 
recorriendo museos, estudiando pinturas y 
tipos, relacionándose con artistas como Reg- 
nault, de temperamento parecido al suyo» 
Varias copias de Rafael, de Guido Gagnacci 
de Rivera, Rubens y otros grandes pintores 
fueron el fruto de los trabajos de esa época. 
En el año 1861 volvió nuevamente á Marrue- 
cos, á esa tierra de sol que tanto le había 



ALGO DE PINTURA 28l 

impresionado, se vistió de árabe, aprendió el 
idioma del país y se dio por entero á estudios 
de costumbres y de tipos. En su cuadro de la 
Odalisca, enviado á la diputación de Barce- 
lona, vino á lucir por vez primera las cuali- 
dades de color, de originalidad, de dactilidad 
de pincel, animación en las figuras, relieve y 
exactitud en el dibujo que tanto le distinguen. 
La observación continua de la naturaleza — de 
una originalísima naturaleza — había desper- 
tado sus facultades poderosas. La Corrida de 
lapólvora, fué la primera obra verdaderamente 
inspirada en aquel extraño medio de Marrue- 
cos, animada por el África, envuelta en la 
exhuberancia excesiva de pasión que se des- 
borda en esa raza. 

El año de 1866 emprende Fortuny un viaje 
á la Corte. Don Manuel del Palacio tuvo 
entonces la honrosa facultad de percibir, en 
el artista naciente, un gran maestro, dándole 
á conocer en la prensa madrileña. Los casos 
de adivinación artística son raros. La mayor 
parte de los grandes escritores, pintores y mú- 
sicos, han venido á cosechar muy tarde su 
parte de gloria; algunos han llegado á pronun- 
ciar la frase melancólica de Stendhal, muerto 
hace cuarenta años: "seré célebre en i8qOh. 



282 LUIS ORREGO LUCO 

Fortuny tuvo la dicha de que le comprendie- 
ran á la hora de sus primeros vuelos. 

Los dos cuadros que dieron á Fortuny su 
celebridad parisiense, la más acariciada, la 
más dulce de todas las celebridades para los 
pintores de todos los países, fueron su cuadro 
de la Vicaría y el de La elección de modelo. 
En ambos brilla, como nota dominante, una 
suprema distinción aristocrática, en los trajes, 
en las actitudes, en la arquitectura, en el mo- 
biliario, en los colores. Diñase el espíritu del 
siglo XVIII resucitado con sus marqueses y 
sus abates galantes, su elegancia exquisita, su 
refinamiento desdeñoso. De aquí, sin duda, 
la idea de Teófilo Gautier de compararlo con 
Goya. Toreros, escribanos, el clérigo de misa 
y olla, la tía, la gran dama, el clásico brasero, 
todo figura en ese cuadro de la Vicaría, tan 
digno de la época de la peluca empolvada y 
del minuet. Lo moderno es la vida, es el aire 
que circula, es la luz que difunde y se quiebra 
y se enseñorea de todo — esa visión de la luz 
aprendida en el África — junto con el senti- 
miento del colorido en refinado y amoroso 
consorcio. El lila pálido del traje del marido, 
el verde en la casaca de un testigo, el blanco 
de la novia, el grupo de toreros con sus lente- 



ALGO DE PINTURA 283 

juelas, la falda amarilla de la manóla; todo se 
funde, se armoniza y se liquida en suavidades 
encantadoras en que la pupila se complace. 
El movimiento, la naturalidad, la intensa no- 
vedad en lo añejo, el supremo realismo lumi- 
noso dentro de lo convencional y de lo arti- 
ficial, son cosas que soprenden y maravillan. 
No podía tener intérprete más brillante, en su 
gracia frivola, el siglo XVIII. 

El segundo gran éxito alcanzado por For- 
tuny fué debido á su cuadro la Elección de 
modelo , exhibido en 1874. Los viejos acadé- 
micos, en él, examinan un modelo, una mu- 
chacha hermosísima, desnuda sobre una mesa 
en mosaico sostenida por sátiros de metal. Las 
carnes descubiertas, los tonos rosas y las es- 
beltas líneas de la muchacha se destacan sobre 
un fondo magnífico de gran sala de palacio — 
la sala del palacio de la Embajada austríaca, 
en Roma, según se dice. Los viejos académi- 
cos, de calzón corto y casaquín, admiran al 
modelo; sus actitudes son elegantísimas, todas 
variadas, todas naturales. Sorprende la gracia 
de ellas, la verdad en las líneas, en el con- 
junto, la magnificencia de aquella sala, con 
sus grandes columnas en las cuales se quiebra 
la luz, resbalando sobre el mármol, debajo de 



284 LUIS ORREGO LUCO 

colgaduras primorosas. El colorido nunca ha 
dado nada más admirable, en una vasta gama 
de luces, en una orquesta de colores. Nunca 
los refinamientos exquisitos del siglo XVIII, 
del siglo elegante de Richelieu y de Luis XV,. 
han sido comprendidos más intensamente. El 
sensualismo de la vida, de la atmósfera, del 
espíritu; esa desdeñosa pereza de buen tonoj 
el sibaritismo refinado; el instinto del color; el 
dominio triunfante de la carne; todo esto apa- 
rece claramente expresado en la admirable 
tela. Sobre todo, la carne, el sensualismo, la 
secreta y elegantísima deformidad moral de 
aquellos siglos, es lo que se presenta con ma- 
yor relieve. Al ver aquellos viejos admirando 
la carne tibia del modelo, recordamos invo- 
luntariamente la frase de Sofía Arnould á un 
gran señor de su tiempo que le hacía la corte 
con apremio: — "¡Cuidado!... si yo me rin- 
diera... ¿qué haríais?. ..n 

En este cuadro, talvez en mayor grado que 
en la Vicaría, encontramos el derroche, el 
movimiento elegante y moderno del color, el 
sensualismo de la luz — de esa luz que resbala 
por las columnas de pórfido, por las ventanas, 
por el rosa claro de la tapicería, y por las se- 
derías de cortinajes, en forma de caricia suave. 



ALGO DE PINTURA 285 

En esta obra maravillosa de la luz, que re- 
fleja la escena y la imprime en el cerebro con 
fuerza poderosa de verdad, como si fuera un 
espejo; en esta obra maravillosa, quedamos 
sorprendidos de la fuerza del detalle, de la 
vida de lo nimio, de la grandeza de lo insig- 
nificante. Fortuny poseía, como ninguno, el 
don misterioso de dar lenguaje á las cosas 
muertas, á los paisajes, á los objetos. Cada 
objeto, cada casa, cada piedra, tiene su histo- 
ria que refiere en horas apropiadas de confi- 
dencia íntima, á los que saben sorprenderla y 
referirla al mundo. 

La imaginación y el colorido brillante de 
Fortuny, su elegancia desdeñosa, su desprecio 
de lo abstracto, de la tendencia que hace me- 
ditar y que hace soñar, su amor al sensualismo, 
su adoración al detalle, su persecución infati- 
gable y pagana de la luz, son condiciones que 
hallamos como típicas de la pintura española 
en nuestros días. Junto con dtfectos exage- 
rados por su escuela, Fortuny poseía cuali- 
dades sólidas, y debemos considerarle como 
un continuador de la obra de Rosales. "Si éste 
llevaba la realidad y la concisión plástica á la 
composición, dice un crítico, Fortuny llevaba 
la realidad al colorido, á la luz, á la morbidez 



286 LUIS ORREGO LUCO 

en las más ínfimas líneas; en las notas tenues, 
en las imperceptibles gradaciones n Rosales 
marca el valor del sentimiento, la idea expre- 
sada en el conjunto, por la subordinación á 
un todo dentro de los límites de la realidad;. 
Fortuny el verdadero valor del colorido. 

Al concluir esta charla sobre Fortuny, séame 
permitido recordar la inscripción puesta en su 
tumba por el poeta don Mariano Font: "Depó- 
sito del corazón de Fortuny; dio el alma al 
cielo, su fama al mundo; el corazón á su pa- 
tria. !t Ese corazón encerrado en urna de plata 
es su pintura, así como el canto de Gayarre 
es el ángel que pone el oído al suelo, como 
para escuchar por un momento el eco ya le- 
jano del Spirio ge?ttil i sobre el mármol de su 
tumba. 

♦^ 

Pradilla presenta condiciones de Fortuny 
unidas á dotes de Rosales. Es, en pintura, un 
romántico, por las exaltaciones del colorido,, 
brillante, emocionado, empapado en hondo 
sentimiento. La rendición de Granada, es un 
cuadro que hace meditar, que revive dentro 
de nosotros las horas tristes de una raza ven- 
cida, aniquilada, cuyo último instante ha reso- 



ALGO DE PINTURA 287 

nado en el reloj de la historia, y lns grandezas 
de un pueblo naciente. La atmó-fera medio- 
eval, la intensa poesía del pasado renace en 
nosotros por obra mágica del sentimiento de 
un pincel. El cuadro de Doña Juana la Loca 
tiene las mismas dotes de sentimiento, sugiere 
también imágenes de cosas ya perdidas, canta 
una leyenda con el acento sonoro y melodioso 
de Zorrilla, el autor de "Granadal,. El nombre 
del tradicional poeta de las glorias españolas 
acude involuntariamente á mis recuerdos cuan- 
do trato de las obras de Pradilla; ambos pare- 
cen hermanos en el concepto íntimo del arte, 
ambos pertenecen al pasado todavía más que 
al pre-ente. Las sonoridades armoniosas, mu- 
sicales y pictóricas antes que poéticas, de las 
obras de Zorrilla, me recuerdan asimismo las 
telas poéticas más que pictóricas del pintor de 
la Rendición. 

Sólo que en Pradilla se siente una inten- 
sidad de emoción dramática y romántica, un 
aire trágico propio de las inspiraciones de don 
José de Echegaray, que Zorrilla no tiene. 
Esto es lo que da carácter propio á las obras 
del pintor español de que tratamos. En sus 
telas se descubre el propósito de hacer sentir, 
de tocar los corazones, con varilla de virtud, 



288 LUIS ORREGO LUCO 

para despertar en ellos melodías, al pare- 
cer, dormidas. Se aparta en eso de Fortuny, 
el sensualista delicioso, que trata de maravi- 
llarnos y de sorprendernos antes que de hacer 
vibrar las cuerdas ocultas y las notas encan- 
tadas que yacen inmóviles, como las habitan- 
tes del Castillo del Bosque en los cuentos de 
Perrault. 

Los Comuneros de Gisbert; la Conversión 
de Recaredo de Muñoz Degrain; la sangre coa- 
gulada y los cuerpos del subterráneo del Rey 
Monje; las brillantísimas composiciones de 
Villegas, de Domínguez, Casto Placencia, 
Moreno Carbonero; los retratos de Raimundo 
de Madrazo; las Majaste Mélida; las escenas 
del siglo XVIII, de Jiménez Aranda; los 
paisajes luminosos y vibrantes de Martín Rico; 
todo en la pintura española lleva un sello 
marcado, especialísimo, ebrio de luz sensua- 
lista y pagana que nos recuerda á cada paso 
las concepciones artísticas de Goya. Sólo dos, 
entre los pintores jóvenes, manifiestan sus 
tendencias propias que les apartan un tanto 
de la corriente señalada: el pintor Luna y 
Zorolla. 

Luna, con su cuadro el S/roIiarium, hizo 
magníficas promesas que no se han realizado 



AI.GO DE PINTURA 



hasta el presente. Seniía la pintura de manera 
propia, era un impresionista, que protestaba 
con toda la fuerza de un temperamento vigoro- 
so en contra de los amaneramientos de la es- 
cuela de Furtuny. Su impresionismo es confu- 
so, tiene algo de pesadilla, no le sorrute á la 
unidad de idea poderosa y empapada en ver- 
dad. En cambio Joaquín Zorolla tiene rasgos 
de realismo que sobrecogen y sorprenden, ha» 
ciéndonos recordar la pintura española de la 
edad de oro; tiene músculos, relieves, delica» 
deza>, medias tintas maestramente concebidas 
y soberamente ejecutadas con la fuerza del 
gran pintor. 

No pretendemos, en esta simple reminiscen- 
cia de arte, ocuparnos en todas las obras ni de 
todos los pintores de la brillante escuela espa- 
ñola en nuestros días. Por eso no insistimos 
en las obras de Moreno Carbonero, de Jiménez 
Aranda, de Villegas y de otros no menos ilus- 
tres. Sólo diremos, que por lo general, junto 
con un sentimiento refinado y exquisito de las 
combinaciones de la luz y del color, superior 
al de los demás pintores europeos modernos 
tienen deficiencias graves en punto al estudio, 
á la composición, á la idea. Sienten más de 
lo que piensan. No se atreven á desdeñar el 

19 



2Q0 LUIS 0RREG0 LUCO 

gusto recibido, á bajar á la humanidad empa- 
pándose en los grandes problemas que agitan 
á la sociedad moderna, estudiando, como 
Courbet y Millet á los humildes, viviendo en- 
tre los miserables y los pobres, tocando las 
heridas de los menesterosos. El artista, como 
el gladiador antiguo, debe ir á la arena, sentir 
la vida, no limitarse á lo meramente bello 3 
fascinado por los primores del color. "Los 
artistas españoles — según expresa un crítico 
notable — no tienen educación estética é histó- 
rica, no saben distinguir entre lo que afecta al 
temperamento y loque hiere al espíritu, ni 
medir la distancia entre lo que se ve y lo que 
se adivina. » Necesitan humanizarse, ir al fondo 
mismo de las cosas, tocar los charcos y el lodo 
fétido de las grandes miserias y de los humil- 
des é ignorados sufrimientos, meditar en esos 
problemas de Tolstoy, Dowtoyebski, Enrik 
Ibsen. En el arte no sólo hay la corteza, lo 
que se ve y se palpa, sino la corriente subte- 
rránea, la ley oculta que rige con poderoso 
impulso así los grandes sucesos como la caída 
modesta de la hoja ^llevada por vientos oto- 
ñales. 



$* 






ÍNDICE 

— -ü* — 



PAGS. 

Carta dedicatoria 5 

Por la calle de Alcalá ...... 13 

Castelar 41 

En casa de Núñez de Arce 61 

Marcelino Menéndez y Pelayo ... 73 

Campoamor 105 

Don Manuel del Palacio 125 

Acuarela de Granada 165 

Sevilla 189 

En casa de don Juan Tenorio. . . . 227 

Algo de pintura 257 



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